• El Uniandino

Pensando en ir y volver



Desde bien arriba, a más de tres mil pies, los meses que iba a pasar lejos de casa se veían igual de pequeños que todo lo que estaba abajo. Estaba dormitando, casi que empezando a soñar, algo relacionado con el color plata, con las canas y con mi papá que le estaban empezando a salir lo suficiente como para hacerme sentir viejo también. Algo me estaba dando golpecitos en el brazo intentando despertarme. Abrí los ojos, era una azafata que sin esperar a que terminase de despegar las pestañas me pregunta, chimichurri or veggie?, con todo y eres enredadas entre la lengua y el paladar. No le entendí nada. Luego me señaló el carrito de comidas y ahí sí entendí de lo que me estaban hablando. Veggie, dije, sin pensarlo mucho. Fue curiosa la elección de la tripulación de vuelo al elegir decir "chimichurri" en vez de simplemente "sándwich de carne".



Estaba inmerso en mis audífonos y mi música, tenía el asiento de la ventana, todo negro, tan solo parpadeaba la bombilla en el borde del ala del avión que se balanceaba de arriba abajo. Las alas de los aviones son más flexibles que todas mis extremidades juntas, pensé. A mi lado, en el asiento del medio, había una mujer joven. De unos treinta años quizá. Era simpática y tenía un lindo cabello rizado a pesar de llevar siete horas sentada en el mismo sitio. Se le veía un poco confundida y estaba buscando mi mirada. No hablaba inglés y estábamos pleno vuelo hacia Dallas.


-Que si quieres sandwich de carne o vegetariano, le dije.


-Ay, dile que de carne, por favor.


-She'll get chimichurri.


Decir chimichurri imitando su acento se sintió algo... poderoso. Como si esa erre mal pronunciada me hubieran dado alguna especie de privilegio. La mirada de la azafata cambió, o al menos cuando me miraba a mí por esos treinta segundos antes de extender mi mano, recibir, pedir bebida, recibir, y comer. Empezó a tratarme con más respeto. No era un, "oiga, tome, esto se lo tiene que comer, cuál va a querer", sino un "querido pasajero, presentamos una nueva y exclusiva receta de sandwich para avión, dos deliciosos sabores listos para su elección, ¿cuál desea escoger?", añadiéndole una mirada servicial y una sonrisa ensayada pero que parecía sincera; en comparación a la boca cerrada y recta y la mirada impaciente. Pasó de ser una vendedora de seguros en algún barrio adinerado a alguien intentando vender un dulce en un bus.


No volví a cruzar palabra con la muchacha de cabello rizado.


Cuando la azafata continuó por el pasillo y guardé el sandwich en mi maleta, me abrazó el presentimiento de que me dejé algo en casa. Probablemente sea la nevera, pensé. Quizá la dejé abierta y mi madre la cerrará con el corazoncito en la mano por las ganas de darme un ligero regaño y a la vez al recordar que estoy zampado en este avión atiborrado de gente; o me haya dejado el ventilador de la habitación prendido y que nadie encuentre la cama fresca para cuando quiera descansar. O más bien fueron un par de medias que me dejé en Bogotá o una camisa abrigadora para lo que quedaba del invierno, quizá se me quedó un libro. Algo hacía falta, algo. El sentimiento se hizo más fuerte cuando aterrizamos e hice la segunda y última escala hacia Indianápolis.


Indianápolis la veía sin propósito alguno más allá de conocer por conocer, como si escogiera en un restaurante el plato con el nombre más raro en el menú. Y a pesar de que esa filosofía de vida me haya servido muchas veces para encontrarme con un bueno por conocer, al hablar de aquel viaje es probable que me hubiera quedado con el malo conocido.


La cabeza me estaba matando, la iluminación dentro de los aviones nunca ha sido buena y menos para leer. A los ojos a veces se les olvida que cuando tiemblan las letras no es mareo sino porque el suelo, literalmente, se está moviendo. El vuelo de Dallas a Indianápolis duró solo cuatro horas a pesar de que hubo un retraso de dos horas antes de despegar; lo cual era lo único en lo que podía pensar mientras estaba en el aire. Saqué mi libretica azul, intenté escribir, no pude. Estaba algo dolido ese día y la melancolía superó mi voluntad, pero al parecer el avión con sus sube y bajas prefirió que no pensara en cosas que no estarían cuando regresase.


-Queridos pasajeros -sonó la megafonía del aeropuerto-, poseemos un ligero problema en uno de nuestros computadores y en el motor. Esto no afectará su experiencia del vuelo, agradecemos su paciencia. Qué irresponsabilidad decirle eso a un pasajero antes de viajar, pensé.


Segundos antes de terminar el mensaje de la megafonía, un hombre alto con un casco amarillo y una cinta americana pasó por el túnel por dónde minutos después a los pasajeros nos tendríamos que abordar. Un escalofrío bajó por mi espalda y supe también que no había sido el único que había visto el equipo de reparación que llevaba en sus manos. Se sintió como si los mecánicos y los responsables del mantenimiento de ese avión se hubieran resignado, y nos dejaran a la suerte del pegamento de la cinta.


Llegué a Indiana, el avión no se cayó. Me perdí en el aeropuerto y me costó quince minutos salir. Tomé un taxi, cincuenta y cinco dólares hasta el sitio que llamaría casa por los siguientes cuatro meses, que no se sintieron como tal. Abrí la puerta, subí a mi habitación después de hacer un poco de trabajo de reconocimiento y me dormí hasta que llegaron los dueños de casa. Ahí, arropado, con la ropa del viaje aún puesta, con el clima más ideal para poder descansar, entre frío y fresco, el presentimiento seguía ahí. Sentía que algo hacía falta o que algo se me había quedado.


El lado Este de Indianápolis se diferencia del resto de la ciudad por estar lleno de latinos, en su mayoría inmigrantes ilegales y afrodescendientes. A pesar de que había un parque a menos de diez minutos de cualquier sitio y que hubiesen árboles altos y frondosos a lado y lado de la carretera, todo me abocaba al gris. Se veía todo muy insípido. En las típicas intersecciones entre avenidas secundarias y calles había casi siempre un McDonalds o una farmacia CVS, una pizzería o una tienda de abarrotes. Si no fuera por los detalles que habían en las casas, como una bandera federalista o del Make America Great Again o de los Indiana Pacers o unas flores recién plantadas en la entrada, celebrando el abandono del frío, cada calle se sentiría como una copia y pega de la anterior. Pasé cuatro meses allí y sólo me sentí a gusto cuando tenía el lujo de caminar de un sitio a otro sin que el frío restante del invierno me pegara en los huesos, y que el polen que caía por toneladas al inicio de la primavera me hiciera estornudar y asustase a los que se me acercaban pensando que tenía el virus por tanta estornudadera; o cuando después de que cerraran todos los restaurantes y mi empleo de mesero y mis ganas de practicar el inglés con nativos se fueran por el drenaje. Hablaba con Hélder, un guatemalteco que me enseñó a pintar casas contra reloj y que tenía muy buenas historias y cuando llovía me dejaba recoger las cosas casi que por mi cuenta porque sabía que me gustaba correr bajo la lluvia de un lado al otro como una hormiga. El último día que trabajé para Hélder realizamos una reparación en el techo de una casa por el lado norte de la ciudad. Había un perro de lo más amigable con todos, excepto con él, puesto que al acercarse casi lo muerde. No he sabido de Hélder desde entonces, pero lo que pasó en ese viaje sólo son detalles.


De regreso, el aire se sintió muy distinto. Regresé el 6 de junio, en pleno pico de pandemia y con todos los establecimientos abiertos, exceptuando restaurantes, bares, y gimnasios y sin cuarentenas más allá de las que hicieron en las noches en las que el Black Lives Matter se tomó el país y a los gobernantes les dio miedo dejar a la gente salir. Por su propia seguridad y la de los negocios, naturalmente, no la seguridad del resto.


Todos los aeropuertos estaban cerrados, exceptuando vuelos humanitarios y, por un golpe de suerte, además de la ayuda de un amigo que estuvo unos días antes en las mismas, conseguí un cupo en uno de ellos. Me tocó viajar de Indianápolis a Chicago, que son cuatro horas de viaje. No pude disfrutar nada de la Ciudad del Viento más allá de ver de lejos el estadio de los White Sox, el metro que va por todo el medio de la interestatal y el frijolito plateado y reflectante que estaba en medio de una plaza llena a reventar de gente. Unas con mascarilla, unas no, no podía ser menos. En todo el tiempo en el que estuve allá solo vi un establecimiento que tomaba la temperatura de la gente al entrar, y no vi ninguno en el cual se reservaran el derecho de admisión con la gente que se oponía a utilizar una mascarilla.


Estuvimos en fila una de más de 170 personas en el aeropuerto, las cuales todas se iban a montar en el mismo avión. Mientras tanto, se ponían en orden los papeles, las misiones diplomáticas y esperábamos a que que las embajadas dejasen de jugar al póquer con los pasaportes. Algo que se me hizo muy curioso es que después de haber entrado en la sala de espera, en esa donde se compartiría espacio con los pasajeros de los demás vuelos, no había un solo negocio cerrado. Al parecer no fuimos los únicos que salieron en un vuelo humanitario ese día puesto que las embajadas de Corea del Sur, Brasil y Alemania estaban también presentes, y a diferencia de nosotros ellos sí consumieron con gusto los lujos del Duty-Free.


En la sala de espera me acosté en el suelo a escuchar música y a intentar no pensar de las cosas que serían diferentes o no cuando llegase a casa, hasta que una chica llamó mi atención. Iba en pijama, junto con otras dos muchachas de más o menos 19 años paseándose y tomándose fotos y no dudaba que en el fondo estaban disfrutando de la experiencia. Estaban sonrientes, una estaba grabando lo que estaba seguro que era un baile de Tik-Tok, la otra se estaba maquillando y retocando la pestañina y la tercera estaba igual que yo, en el piso, con la cremallera de la sudadera entreabierta, con una camiseta debajo y unos joggers, sin zapatos y un gorro de lana. Se dió cuenta que la estaba mirando y me saludó, me hizo un hola con la mano y sus ojos se achicaron en lo que imaginé que era una sonrisa, yo hice lo mismo, y los dos seguimos acostados en el piso cada uno mirando a su respectiva porción de techo.


En el avión había colombianos de todo tipo. Mamás que habían ido a pasar tiempo con los hijos de los cuales estaban orgullosísimas porque eran los únicos de su linaje que habían podido salir "de este platanal", gente que iba a estudiar, gente de intercambio, empresarios, hijos, esposas, etc.; el único que estaba allí porque no tenía nada más que hacer era yo. El vuelo se me hizo increíblemente incómodo porque iba en medio de dos hombres el doble de altos que yo, apretado por el cinturón y porque mi cuerpo me estaba matando por estar inmóvil en las anteriores cuatro horas de vuelo. Las azafatas nos estaban tratando como ganado, incluso peor que en el vuelo de ida. Las tres llevaban un traje blanco de pies a cabeza solo con una careta y mascarilla incluso dentro de ese traje de astronauta. Tuvimos que hacer una parada en Miami para recargar el combustible y, después de que la jefa de auxiliares pidiera tres veces que cada quien se quedara en sentado en su asiento, la gente se paró y empezó la feria de la conversación, de quitarse el tapabocas y compartir lo poco de humanidad que deja el regresar al país en esas condiciones y con deudas hasta el cuello. Hubo un momento en el viaje en el que estaba cansado del ruido y del mismo dolor que tenía en el cuerpo, que le pedí a una azafata un acetaminofén porque me dolía la cabeza. Todos los que estaban a diez asientos a mi alrededor se callaron y me miraron con temor.


Llegué a Bogotá en la noche, nos dieron una charla de cuidados de Covid y que necesitábamos catorce días de aislamiento. Mi papá fue a recogerme al aeropuerto, yo vivo en Bucaramanga. Fue terrible verlo y ponerle una mano de alto en el momento en que me quería abrazar. Lo del aislamiento iba todo en serio. A mí también me dolió no poder darle ese abrazo. Pasamos la noche, y regresamos a Bucaramanga en un viaje de siete horas sin parar más que una sola vez para ir al baño en una gasolinera y comprar agua.


Llegué a casa, me recibieron con los brazos abiertos. Almorcé algo que realmente sabía a comida y no a procesado y dormí como un niño pequeño los siguientes catorce días. Siento que desde entonces he seguido dormido y que el tiempo ha estado en pausa.


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Por: Andrés Felipe Araque



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