• El Uniandino

Crónica de una estatua: pintura, calor y caos

En el puente que conecta las dos caras de Cañaveral se encuentra un señor que desde hace cuatro años mira todos los días siempre al mismo sitio sin mover un solo músculo. Llega todos los días, sagradamente, a las seis en punto, con un morral al hombro y un escabel. Dependiendo del día anterior se cubre el rostro de dorado, negro o gris -porque el dorado es el más costoso pero el que más gusta a la gente-; con un sombrero de copa, chaleco y pantalones anchos. Cuenta que desde ahí mismo ha visto choques, robos, gente peleando en la entrada de la estación del bus, animales aplastados debajo de las llantas de un auto; e igual proporción entre enamorados y corazones rotos.


Se encuentra perpetuamente inmóvil, excepto cuando escucha las monedas cayendo, o cuando las lacrimógenas le estallan a menos de diez metros.

El 3 de mayo una concentración estudiantil se plantó debajo de su puente peatonal. Marcharon desde la Puerta del Sol, por toda la autopista, atravesando media área metropolitana hasta el ombligo de todo el territorio. A las cuatro y media de la tarde hacía un sol de mil demonios, pero la estatua ya lo sabía y estaba acostumbrada a ello. El maquillaje y el sombrero le servían de protección. Los buses dejaron de pasar media hora antes, pero la estatua se quedó allí por un buen presentimiento. Hace dos años, en aquel masivo y caótico 21 de noviembre, la estatua se hizo en el día lo suficiente para el arriendo. Con los estudiantes iba encaminado a lo mismo, hasta que sonó un cristal romperse a lo lejos.

Fue en la ventanilla de pago en la estación. Una piedra se desvió y perforó el cristal sin llegar a romperlo. Fue la excusa perfecta para que el uso indiscriminado de las piedritas de decoración en el jardín del centro comercial de al frente empezaran a bautizarse como proyectiles. El problema vino cuando algunas piedras eran lo suficientemente grandes, los cristales muy débiles, y la manifestación llamó aún más la atención.

Hasta el momento la estatua seguía en lo mismo, mirando a lo lejos, y aunque no molesto, asediado por el calor. Tuvo la fortuna de que nadie fumara nada fuerte alrededor suyo -porque el humo era lo único que lo obligaba a moverse. Un grupo de muchachas dejaron tres botellas de agua de un litro a sus pies. El sabor lo hizo caer en cuenta que el agua estaba mezclada con bicarbonato, y que confundió un momento de generosidad con una ventaja defensiva.

El ESMAD llegó y con ellos llegó la confrontación, cumpliendo la regla que para pelear se necesitan dos. Entre piedra yendo y viniendo, alguien aprovechó para romper, de lleno y de un solo golpe, con un mazo de cemento, las puertas de la estación. Los cristales salieron volando y cortaron a un muchacho en el brazo. La herida bien no pudo haber sido severa, pero la sangre fue más que suficiente para que la culpa la tuvieran todos menos ellos mismos.

Se le fueron con toda al ESMAD, y naturalmente, el ESMAD se les fue con toda de vuelta. Se demoraron, de hecho, en lanzar la primera lacrimógena. Al principio fue considerado como un golpe de suerte que chocara contra la valla de la estación y rebotase en el piso cayendo en el inicio del puente. Pero desde esa distancia el estallido fue suficiente para que pasara a conmoción y que por unos segundos quien estaba montado en aquel taburete se convirtiera en parte ocular y sangrante de Nuestra Señora de Akita.




Ver a una estatua viviente antes del maquillaje es igual de pecado que ver a una monja sin su hábito. La transformación entre lo sacro a lo obsceno sucede en menos de unos segundos. Y ambos, tanto la estatua como la monja, prefieren que los vean con el velo puesto y conservar así la característica que define su existencia. Aunque para la estatua lo que se coloca encima antes de subirse a su taburete le carga el peso de dejar en la maleta todo lo que lo hace humano.

El maquillaje no es buen amigo de las lágrimas. Las lágrimas hacen que se corra la pintura y que arda aún más. Fue el desierto y el sol en los ojos para que la estatua ya no pudiera ver y se acurrucara en el suelo.

Pasaron diez segundos. Veinte. Treinta.

Abrió los ojos. Ya no había nadie ni en la autopista ni en el puente.

Decidió correr.

Empezó a hacerlo cuando el espíritu y la sangre le regresaban al cuerpo y la adrenalina le pegó un rodillazo en el hígado. Habían sido muchas horas bajo el sol mirando a un mismo punto como para encontrarse cómodo con los ojos tan inquietos y con tanto miedo. No tuvo tiempo siquiera de pensar en cerrar bien la maleta y cayeron las pinturas manchando el puente. La lluvia de dos noches después las borró casi por completo. Ya nadie sabría que casi se le va la vida en el susto.

Se hizo paso por la Pera, luego por la clínica, y llegó al anillo vial. Los policías en el CAI lo volteaban a mirar con una mezcla de asco, sorpresa, y burla. En su rostro ya tenía señas de piel. Se acurrucó en un aspersor, se lavó el rostro y volvió a ser persona.

Las piernas le temblaban y ya no sentía el corazón. Todo se encontraba sellado bajo una manta de plástico que bloqueaba el ruido, el dolor y sus sentimientos. Pensó de nuevo en los días normales, en los menos caóticos, en cómo la gente sonríe cuando se mueve bajo su comando, y en la poca familia que le queda esperándolo de regreso a casa. Se quitó los zapatos y caminó sobre el asfalto por unos kilómetros antes de tomar un colectivo y en silencio empezó a llorar.

Cuando iba a pagar recordó que en la carrera se dejó el pote de las monedas en el puente.

Por: Andrés Felipe Araque


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