• El Uniandino

¡Volvemos a Los Andes! La comunidad regresa a la presencialidad con retos importantes

El 24 de enero la universidad volvió a abrir sus puertas así como lo solía hacer antes de que iniciara la pandemia en marzo de 2020. Volvieron los estudiantes que pasaron la mayor parte de su vida universitaria dentro del campus; llegaron aquellos que ingresaron a la universidad virtual y vivieron por primera vez la experiencia de un campus por fuera de las pantallas; y los de primer semestre están cumpliendo el sueño de entrar a una universidad “normal” luego de haber recibido su diploma de bachiller virtualmente.



Un pie en el campus


Durante dos años los estudiantes se alejaron de los salones de clase y se resguardaron en sus casas. Uno de los aspectos que más cambió fue la interacción social. Esto hizo que el anuncio del regreso al campus estuviera lleno de nostalgia y esperanza.


Para María José García, estudiante de quinto semestre de música, reencontrarse con esos amigos que no veía hace mucho tiempo ha sido la mejor parte de volver a la universidad. “Es raro, pero es chévere. En la virtualidad uno estaba acostumbrado a estar solo”. De manera similar lo percibió un estudiante de cuarto semestre de ingeniería civil. Para Juan Pablo Zea, la presencialidad es “totalmente distinta. Antes uno no conocía gente, se perdía del ambiente universitario y, cuando venía a laboratorios, veía el campus vacío”.


Además, como dice García “siento que la virtualidad no solo afectó lo emocional y social, sino incluso en lo académico. Varios de los vacíos que tuve en términos de aprendizaje, personas de mi carrera me ayudaron a compensarlos”.


Catalina Borrero estudiante de primer semestre de ingeniería ambiental opina algo similar a García, y agrega que, sobre todo en sus clases, tener esa cercanía con sus compañeros y profesores le ha ayudado a tener un mejor proceso académico. “Siento que aprendo más cuando estoy con un profesor en el salón de clases que al frente de una pantalla, y en los trabajos de grupo con los compañeros uno conoce más gente y se siente mejor”.


Adicionalmente, como lo evidenció Daniela Patiño, estudiante de primer semestre, colegios como el suyo no tuvieron clases virtuales sincrónicas durante la pandemia. Únicamente había actividades remotas y guías de trabajo autónomo. Por ende, regresar a la universidad es darle un respiro a casi dos años de ausencia en la interacción pedagógica.


Sobrepoblación: ¿un problema de percepción?


Sin embargo, el retorno a la vida universitaria presencial no ha sido todo color de rosa. A lo largo del día, los estudiantes se han encontrado con largas filas para ingresar a los edificios y los ascensores, o para comprar su almuerzo. Incluso, ha llegado a suceder que “los almuerzos se acaban. Eso no pasaba antes”, dijo Mariana Botero, estudiante de noveno semestre de biología.


Aquellos entrevistados de semestres avanzados hacen énfasis en que “la universidad ha estado mucho más llena que antes de la pandemia. Es incómodo hacer filas por todo y que se acabe la comida”, mencionó José Diego Díaz, estudiante de séptimo semestre.


Pero en ese sentido debemos preguntarnos ¿está la universidad realmente sobrepoblada o es un asunto de percepción? Según el Boletín Estadístico de la Dirección de Planeación, desde 2016-1 hasta 2021-1 no hubo cambios sustanciales en el número de estudiantes inscritos en el pregrado (cuyo promedio gira alrededor de los 14,400). Incluso, por la crisis económica y factores relacionados, la disminución más grande de inscritos sucedió en 2020-2 y fue de “tan solo” 250 estudiantes. Si miramos únicamente el número de estudiantes, el haber cambiado el sistema de admisiones no tuvo efectos en el incremento de inscritos. Es decir, hasta la primera mitad del 2021, esta y otras políticas no fueron las causantes de la aparente sobrepoblación.


Sobre esto, Maurix Suárez, director de la División Administrativa de Gerencia del Campus en una entrevista con este periódico reafirmó esta idea: “los números que indican la cantidad de personas en el campus son muy parecidos a los de antes de la pandemia”. A pesar de esto, Suárez dió una explicación al porqué de la congestión en el campus durante las primeras semanas: “hay primíparos acumulados [refiriéndose a estudiantes de primer a cuarto semestre que no habían ingresado al campus]. Ellos tienen unas dinámicas sociales que hacen que las cosas se congestionen. Por ejemplo, los primíparos andan en grupos, hacen filas y, en general, no conocen la universidad por lo que están en un proceso”.


Suárez comenta que hay otras razones por las que la congestión es más alta durante los primeros días. Otro claro ejemplo de esta situación fueron las filas para activar el carnet en edificios como el W, ML, y el Centro Cívico, entre otros. “Llegaron muchísimos estudiantes que no habían necesitado un carnet. Además de las filas, si alguno no servía, tocaba llamar al monito, esperar que le abrieran y se congestionaron mucho las filas de ingreso”.


En este sentido, Suárez hace énfasis en que no existe una sobrepoblación, sino un choque en el sistema que posteriormente se normaliza. ”Después de unas semanas, los primíparos conocen el campus, los lugares y las horas para almorzar, van aprendiendo a movilizarse, entre otras cosas. Entonces, las primeras semanas la congestión está así, y como pueden ver estos días eso se va estabilizando”.


Ahora bien, si a la ecuación le sumamos administradores y profesores, pareciera que la sobrepoblación no es completamente un problema de percepción. En el semestre 2021-1 éramos 22,716 los miembros de la comunidad uniandina. Según datos revelados por Alejandro Segura (director de Servicios de Información y Tecnología) a este periódico, durante estas semanas de clase del 2022 la demanda por red inalámbrica dentro del campus subió a más de 25,000 usuarios — que es diferente al número de dispositivos conectados.


Esta cifra indica que la demanda de la red inalámbrica pudo haber aumentado en 2,300 personas, en comparación con las cifras del primer semestre del año pasado. Esto puede significar que hubo un aumento de aproximadamente el 10% del número de estudiantes, profesores, administrativos y funcionarios en la universidad.


Por otro lado, el incremento en la población y las dinámicas sociales, como dicen los entrevistados, tienen injerencia sobre diferentes espacios de la universidad. Primero están los lugares de descanso y restaurantes. Como se terminaron algunas concesiones comerciales dentro de la universidad, como en el caso de Dunkin Donuts, no solo se dejó de utilizar este espacio en el Bloque H, sino que ello obligó a los estudiantes a buscar nuevos espacios. No obstante, bajo la percepción de Suárez, “los estudiantes suelen ser muy territoriales alrededor de sus facultades… Hay lugares como el Bloque Au (con terrazas y hornos) que los estudiantes no utilizan”.


Segundo, existe una preocupación por los salones de clase y sus aforos —que es de lo que más ha llegado a preocupar a algunos miembros de la comunidad uniandina. Es el caso de Mariana Botero, quien es monitora de la clase Ecología para Ingenieros. La clase magistral se da en los salones del octavo piso del edificio Santo Domingo y, según su testimonio, hay ocasiones en las que los estudiantes deben sentarse en el piso.


Asimismo, una persona del equipo de seguridad del mismo edificio (quien prefirió no revelar su nombre), expresó que “la fila para los ascensores ha subido y dado la vuelta por las escaleras. También nos ha tocado bajar los torniquetes durante el cambio de clases para agilizar el movimiento de estudiantes”.


Todas estas presiones se han convertido en motivo de preocupación para toda la comunidad que pasó de las “cómodas” dinámicas de cuarentena a lo que es hoy la presencialidad en Los Andes. “Encontrar todo tan lleno ha sido abrumador. A la hora del almuerzo a veces tengo poco tiempo y en todo lado hay fila. Ahora debo decidir qué día sí puedo almorzar o a qué sitios puedo ir” explicó García.


¿Y si me enfermo de Covid?


Adicional a este panorama, de manera simultánea los casos de Covid se han mantenido activos, y quienes contraen la enfermedad han tenido que adaptarse a los lineamientos de la universidad. El lineamiento base es que si un estudiante se contagia deberá aislarse durante una semana. Germán Otálora, jefe del Departamento Médico, dijo que esta norma ha funcionado bien y no ha habido muchos conflictos cuándo estudiantes enfermos faltan a clases.


García cree que si bien esta medida tiene sus ventajas y desventajas es consecuente que se realice esto dado que se ha vuelto a una normalidad similar a la que había antes de la pandemia. “Honestamente, a mí me parece bien. Inicialmente la educación era presencial, y así funciona, antes no quedaba grabada la clase. Puede que ahorita sea complicado porque son aislamientos de 7 días, pero siento que es necesario. La presencialidad no es cómoda y siento que eso es lo que ahorita nos choca”.


Por su parte, Díaz, estudiante de la universidad, considera que el proceso para quienes pueden haber contraído el virus o tienen síntomas no ha sido muy claro, lo que ha generado que no haya un funcionamiento eficiente en todos los casos. “Siento que todavía el proceso para obtener una excusa no está resuelto. Espero que eso mejore porque da miedo la cantidad de gente que hay con síntomas y no les dan excusa”.


Con respecto a la propagación del virus, Otálora nos cuenta que han venido trabajando desde inicios de la pandemia en un plan de retorno seguro a la presencialidad. “Tenemos dentro del protocolo el sistema de vigilancia epidemiológica específico para COVID-19. Aquí seguimos haciendo pruebas porque en una población tan grande, que está diariamente moviéndose, tenemos la gran responsabilidad de que la universidad no se vuelva un foco de contagio”.


En cuanto a esto último, según las cifras del reporte de COVID-19 del Departamento Médico de la universidad, durante la segunda mitad del mes de enero la comunidad uniandina tuvo 1.388 casos positivos y aislados de coronavirus. En lo que va del mes de febrero los casos se redujeron a 835.


Se le preguntó al director del Departamento Médico cómo estaban manejando este muestreo. Nos aclaró que únicamente hay cinco médicos generales atendiendo las necesidades de toda la comunidad. Esas cinco personas trataron, entre el 11 y el 31 de enero, 1.683 consultas por síntomas asociados a COVID-19. “No podemos aumentar el personal porque estamos restringidos a operar con los cinco consultorios y porque la regulación no permite expandirnos”, dijo.


Le preguntamos a Suárez sobre los planes de contingencia que tenga Los Andes en caso de un brote exponencial de la enfermedad. “El Protocolo de Bioseguridad fue diseñado basado en un modelo de acordeón de acuerdo con cómo se comporte la emergencia. Si es pertinente, se contrae la operación”, dijo. “Además, dependemos siempre de las normas que dicten la Alcaldía o el Gobierno Nacional”, concluyó.


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Volver a la presencialidad ha sido un reto tanto para la universidad como para los estudiantes. Ante esta coyuntura la comunidad uniandina se expone a ciertos riesgos, pero a su vez retoma la vida universitaria que por dos años se anheló. “Así como hay buenas medidas de bioseguridad, los riesgos son bastantes. Pero me parece que no valía la pena alargar más tiempo la virtualidad. Eso ya estaba dejando vacíos en todos los sentidos. Es difícil volver, pero siento que es muy importante hacerlo y mantenerlo”, comenta García.


Será cuestión de tiempo saber si los lineamientos con respecto a los contagios por Covid-19 se mantienen, y si la teoría del gerente del campus, de que en las próximas semanas no habrá tanta gente en restaurantes, filas de acceso y lugares de descanso, se cumple.



 

Por: Juan Manuel Guerrero y María Paula Agudelo Carrasquilla