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Mucho más que cadenas de WhatsApp

En esta entrada, Jessica Blanco, estudiante de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana, habla sobre el impacto de las redes sociales en las dinámicas sociales y políticas, la creación de burbujas de opinión y de cómo generan radicalismo.


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Sin duda desde que las redes sociales entraron en auge hubo una paradoja personal que no pude ignorar de ninguna forma, pues pese a que fueron mis padres los que me inculcaron en todo momento la importancia de la privacidad y de la información, ahora eran ellos los que sin más aceptaban los términos y condiciones de páginas como Facebook, cuyas bases de datos almacenan nuestros gustos, intereses, búsquedas recientes, e inclusive cuentan con un algoritmo lo suficientemente avanzado como para determinar qué publicaciones disfrutamos más según el tiempo que demoramos observando ciertos contenidos. Y aunque a primera vista esto puede parecer objetivamente bueno, pues contribuye, por ejemplo, a que nuevos compradores puedan acceder a productos de su preferencia con más facilidad, en realidad esto tangencialmente no parece tan importante si simultáneamente analizamos que dicha información también ha sido usada para manipular elecciones o incitar a personas a tomar el capitolio en Estados Unidos. Y precisamente por ello es que, por más irónico y desgastante que parezca ahora, soy yo la que todo el tiempo, no importa cuantas veces al día pasé, les explico por qué las cadenas de WhatsApp de sus compañeros o amigos cercanos no deben ser divulgadas como si se tratara de un juego de niños, donde todos somos periodistas sin fuentes de información o algún tipo de conspiracionistas como aquellos que asumen que el sistema es tan perfecto como para poder controlarlo todo.


Los resultados de mi labor han minimizado la divulgación por parte de mis padres, del sin fin de contenido que, si bien en ocasiones puede ser chistoso como las famosas imágenes de Piolín de mis tías, cada vez representan un reto mayor a la hora de ser confrontadas, no solo para mi, sino también para la democracia y los pactos comunes que tanto tiempo nos han costado conciliar. Porque mucha de esta información que se divulga suele reproducirse de manera estratégica, dados los propios códigos de las plataformas que en miras de garantizar un mayor tiempo de consumo por parte de sus usuarios para ganar más dinero, muestran contenido que disfrutan y refuerzan lo que piensan, ¿o acaso usted invertiría el mismo tiempo a sus redes sociales si constantemente lo refutaran y retaran?



Esto arraiga con gran fuerza las ideologías de las personas, pues en todas sus redes sociales se reproducen las mismas visiones del mundo, evadiendo el debate público, y propiciando un auge exponencial de extremistas de todas las alas políticas y sociales. Las ideas más absurdas encuentran grandes canales de difusión, que son en ocasiones ampliamente aplaudidas, por lo que se convierten para muchos en verdades irreconciliables, impulsando a su vez que estos espacios poco a poco sean cajas de eco; lo que se piensa y se dice, simplemente se amplifica pero nunca se cuestiona a profundidad.


Bajo ese panorama es que se han creado una cantidad inimaginable de teorías conspiracioncitas, grupos políticos, religiosos, etc. En donde sigilosamente se han interiorizado ideas que trascienden las barreras de lo individual y se escabullen de manera peligrosa en lo colectivo. El mejor ejemplo de esto es Cambridge Analytica, una empresa que, a través de bases de datos masivas de Facebook, logró encontrar patrones en los gustos de los posibles votantes de elecciones en todo el mundo, generando de manera estratégica campañas de publicidad personalizadas que respondieran activamente a los intereses de sus agentes objetivo manipulando con información falsa o tergiversada su afinidad hacia ciertos candidatos. Propiciando una cadena de mentiras casi infinita donde las personas interiorizaron sin más las posibles amenazas que vendían estas campañas, permitieron que el miedo sesgara su criticidad y generando perjuicios no solo hacia ellos sino también a las personas cuya decisión podía determinar un cambio importante en su cotidianidad. Lamentablemente, cuando de democracia se trata, el que un grupo importante de personas asuma una posición infundada que apunta contra los derechos de ciertas comunidades, puede desembocar en el triunfo de un actor que canalice esos intereses y genere políticas discriminatorias desde el mismo Estado, como ha pasado en los últimos años con los migrantes y población negra en países como Estados Unidos o Brasil.


No es menor el riesgo que actualmente existe, donde sin ningún tipo de control importante, las plataformas tecnologías que han sido insignias de este siglo han llegado a ocupar un papel prioritario no solo en la comunicación, sino en general en la política mundial, teniendo el poder inclusive de silenciar a uno de los presidentes más importantes en términos de geopolítica hasta hace pocos días. Sin embargo, este tipo de perjuicios pueden ser ampliamente confrontados por las audiencias que día a día hacemos parte de este sistema que en el fondo oculta uno de los grandes retos que tenemos en términos de regulación. Con acciones simples, que comienzan comprendiendo la responsabilidad que tenemos con la información que se divulga y se asume como verdadera, se pueden empezar a pensar alternativas desde abajo donde ocupemos un papel como agentes activos ante estos dilemas que cada vez tienen repercusiones más notorias y que sin duda van más allá de una simple cadena de Whatsapp. Por lo tanto, es prioritario que se asuman los espacios virtuales como lugares donde también se construye sociedad, y donde los riesgos pueden ser igual o peores que en la cotidianidad.


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Por: Jessica Blanco, estudiante de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana


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