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Con la amenaza del COVID-19 presente, Los Andes transita a una presencialidad completa

En medio de la variante ómicron, el paso a una reapertura completa del campus trajo algunas críticas sobre la falta de transmisión de las clases y confusión en torno a los protocolos. La universidad, que insiste en la presencialidad, tuvo que esforzarse para comunicar mejor la información y ser flexible.



En las primeras dos semanas de clase, los mensajes anónimos publicados en cuentas de instagram como @cur.uniandes, con críticas sobre cómo la universidad estaba gestionando la presencialidad, inundaron las redes de todos los uniandinos. “La gente está viniendo enferma solo porque no van a transmitir una clase. Están las cámaras, los micrófonos: ¿por qué no usarlos?”, se leía en una publicación del 1 de febrero de este año. Otras quejas se daban por la congestión de estudiantes en los salones, por confusiones en el procedimiento que utilizaría la universidad cuando se presentara un caso de COVID; unas más por estudiantes o profesores que incumplían los protocolos de bioseguridad y, sobre todo, por que la universidad no transmitiera las clases para los estudiantes que debían quedarse aislados en su casa.


El debate fue tan álgido, que hasta la misma cuenta de instagram de la rectoría le respondió las críticas y dudas a un estudiante, y luego fueron publicados los pantallazos en la página de “confesiones”. En la respuesta, la universidad decía que “las grabaciones de las clases fueron una medida excepcional para un momento que así lo ameritaba” y que era “difícil asegurar la calidad de las clases que se imparten en una modalidad en la que haya estudiantes presenciales y otros conectados”. Pero reiteraba que los estudiantes disponían de otros recursos y de la posibilidad de hablar con los profesores para acordar medidas flexibles en cada caso.

Luego de casi dos años de pandemia, la universidad tiene el reto de adaptarse al regreso de las clases presenciales mientras los contagios siguen presentándose. Los Andes sigue apostando por regresar a la universidad que conocíamos antes de la pandemia, pero algunas medidas parecen no ser bienvenidas por todos. Para conocer cómo se está viviendo el regreso a la presencialidad, El Uniandino habló con estudiantes, con la rectoría y con profesionales de la salud. Lea a continuación cómo ha sido el proceso de transición y cómo afecta a los estudiantes.


El regreso completo estaba cantado


La mejora en la situación epidemiológica, debido a la vacunación, ayudó a que la presencialidad al 100% fuera una realidad. El 21 de diciembre de 2021, el Ministerio de Salud y el Ministerio de Educación eliminaron las restricciones de aforos y de distanciamiento en todo el sistema educativo. Y aunque días después hubo preocupación —principalmente en el caso de los colegios— por el aumento en los casos por la contagiosa variante ómicron, esta demostró tener una menor severidad, de nuevo, gracias a la vacunación.


Por eso, el gobierno reiteró que era fundamental el regreso a las clases: “La recomendación enfática del Comité Asesor y del Consenso de Expertos es que no se debe parar la presencialidad de la educación”, dijo en su momento el ministro de salud Fernando Ruiz.


Por su parte, Los Andes anunció desde octubre que este año 2022 tendría “tanta presencialidad como sea posible”, porque “si bien toda la comunidad uniandina se adaptó exitosamente a la virtualidad, nuestra vida universitaria está diseñada para la presencialidad”. A inicios de enero, la rectora encargada, Raquel Bernal, recalcó que la propagación de la variante ómicron no interrumpía los planes de regreso al campus gracias a la vacunación y a la inmunidad colectiva por la infección por COVID. Días después, Bernal dio entrevistas a La República, a El Tiempo y a Portafolio, donde reafirmó la necesidad de la presencialidad para mejorar la salud mental y superar los rezagos en el aprendizaje que dejó la pandemia.


Parte de esos rezagos, como ha contado El Uniandino, se pudieron haber dado por las dificultades en el acceso a internet de los estudiantes, en especial de aquellos que vivían por fuera de Bogotá. Pero no fue hasta el primer semestre de 2021 que la universidad logró algo de presencialidad en el campus: cinco semanas con un pico de 2 mil estudiantes en un día. Para el segundo semestre del año pasado, la situación epidemiológica y las intenciones de reactivación lograron aumentar la presencialidad a un 50% de la capacidad del campus, con un pico de 5,3 mil estudiantes en un día. Con todo, muchos estudiantes optaron por no regresar.


Para este semestre, los números crecieron significativamente: según nos respondió la rectora Raquel Bernal, a la universidad han asistido cerca de 11 mil estudiantes al día en la franja pico. “Esto coincide con el aforo que solíamos tener antes de la pandemia en las mismas franjas”, se lee en el correo que Bernal le respondió a El Uniandino. Además, según cifras compartidas por la rectora en el Consejo Académico del 20 de enero, “la cartelera de pregrado del 2022-10 tiene un 89% de cursos en modalidad presencial y 11% en modalidad virtual”.


Con este escenario de presencialidad completa luego de casi dos años, era inevitable que se empezaran a presentar los primeros problemas.


La confusión, las críticas y los problemas iniciales


“Entiendo que algunos profesores no saben qué hacer ni cómo manejar la situación, pero otros sí siento que han sido negligentes”, nos dijo Valentina Castilla, estudiante de economía con opción en derecho, quien dio positivo para COVID-19 a inicios de este mes y le ordenaron aislamiento hasta el 6 de febrero.


Un martes Castilla empezó a tener tos y dolor de garganta, entonces acudió directamente al Centro Médico en el edificio Franco: “intenté pedir cita, pero había lista de espera, entonces solo fui y esperé entre 40 minutos y una hora, me pasaron, y me atendieron”.

Como le dieron dos días de incapacidad, y aproximadamente una semana de aislamiento, ella decidió comunicarse con todo el equipo pedagógico que aparecía en el programa de sus clases para dar a conocer su situación, pero no todos respondieron: “con mis materias de derecho me ha pasado que dos de mis profesores no contestaron mis correos, yo no sé qué pasó en esas clases, no tengo ni idea”, le contó Castilla a El Uniandino.


Es por este miedo a atrasarse que en redes sociales se abrió la discusión sobre la falta de transmisión de las clases para las personas que debían mantenerse aisladas. “Nos asignaron parejas para un trabajo en grupo, y cuando me acerqué a la chica fuera del salón para cuadrar el trabajo, me dijo que no me acercara tanto porque tenía COVID, pero que no quería fallar a las clases y atrasarse”, se leía en uno de los mensajes anónimos en instagram de la página @confesandes.


En otro mensaje, una persona preguntaba si podía ir a la universidad con COVID porque no quería perder sus clases: “ando preocupada porque tengo dos materias filtros de carrera que apenas les sigo el hilo y no conozco a nadie”. En esa medida, en las confesiones anónimas era frecuente la pregunta de porqué la universidad no transmitía las clases: “No comprendo la razón de la universidad de no grabar las clases teniendo ya toda la infraestructura para hacerlo”, señaló otra publicación.


Mientras tanto, otros comentarios se centraban en lo preocupante que era que personas contagiadas o con síntomas sintieran la necesidad de asistir a la universidad: “por perderse una semana de clases no van a perder el semestre, menos cuando apenas estamos empezando. Piensen en los demás y no se expongan si tienen síntomas de verdad”, comentó alguien más de manera anónima.

Según la rectora encargada Raquel Bernal, “entre el 11 de enero y el 31 de enero se emitieron 1.388 certificados de aislamiento por contagio de COVID de 1.683 personas que consultaron con el Centro Médico”. Las cifras incluyen a toda la comunidad, no solo a estudiantes, y “corresponde aproximadamente al 7% de la población uniandina”, se lee en el correo enviado por Bernal.


“Yo sí me tomo muy enserio lo del virus porque tengo amigos que perdieron a sus padres por esta enfermedad”, nos contó por videollamada Laura Romero, estudiante de economía, mientras estaba en aislamiento por contagiarse de COVID. Romero fue un lunes a Los Andes con dolor de garganta, ese mismo día fue al Centro Médico y allí le dijeron que tenía que aislarse. A los dos días se tomó la prueba y al día siguiente le llegó el resultado positivo. “Siento que la universidad ha sido súper eficiente con todo, han tomado todas las medidas preventivas”, dice la estudiante, quien también recuerda que tenía muy presente el correo que había enviado la universidad con el protocolo a seguir en caso de presentar síntomas.


A diferencia de la “negligencia” de algunos profesores de los que habló la estudiante Castilla, Romero dice que sus profesores han sido muy comprensivos: “algunos me han mandado las presentaciones de la clase, y una profesora me ha mandado la grabación”. Aún así, para ella, queda la sensación de que “el hecho de que no transmitan las clases le podría generar un incentivo a las personas para asistir cuando podrían tener COVID” y que podría ir a la par de los demás si pudiera ver sus clases desde casa durante esta semana de aislamiento.


¿Por qué no transmiten las clases?


Luego de la avalancha de confesiones en las primeras semanas de clase, la Universidad desplegó distintas estrategias para calmar los ánimos. La rectoría envió correos recordando los protocolos de bioseguridad y los pasos a seguir en caso de tener síntomas de COVID.

También hubo distintas reuniones con el Consejo Estudiantil Uniandino (CEU) y un equipo de expertos, que derivaron en la publicación de diversos comunicados en la página web de la universidad, en las redes sociales y en vídeos, para resolver las dudas de los estudiantes. Por ejemplo, la cuenta de la rectoría subió en sus historias de instagram información con la frase: “Los uniandinos tomamos decisiones inteligentes”, y hasta respondió por mensaje directo en instagram dudas a un estudiante.


“No estamos transmitiendo las clases este semestre porque es difícil asegurar la calidad de las clases en una modalidad en la que haya estudiantes presenciales y otros conectados a las pantallas”, se leía en los mensajes enviados por la cuenta de la rectoría. “A pesar de que tenemos la infraestructura por las medidas que se tomaron anteriormente, lo cierto es que no estamos preparados para este tipo de clases”, decía la rectoría sobre mensajes que afirmaban que la universidad podía usar los equipos para grabar fácilmente. Además, en esta respuesta se insiste en que las grabaciones y transmisiones fueron una medida excepcional, una metodología que debieron implementar los profesores dadas las condiciones globales, pero que “en el momento existen las condiciones de presencialidad suficiente para volver a respetar la libertad de cátedra”.


El presidente del CEU, Daniel Garcia, nos dijo que luego de los mensajes con las dudas de los estudiantes, hicieron “una logística bastante grande” con la universidad para buscar soluciones. En la primera semana, el CEU también circuló una encuesta para recolectar información sobre el supuesto hacinamiento en los salones. Días después, se publicó un comunicado “en el que se mencionaba que los estudiantes que daban positivo podían acceder a las grabaciones de las clases, y este fue un comunicado que se les envió a los decanos de cada facultad”, dijo Garcia. En el grupo de Facebook “CBUs que deberían meter”, el CEU publicó que una persona contagiada podía “solicitar a sus profesores o monitores que se grabe la clase para que no se atrasen por las faltas”.

Al final, la responsabilidad recayó en los profesores, quienes, desde su autonomía, podían decidir qué hacer en cada caso, según sus estrategias pedagógicas y objetivos académicos. “A discreción de los profesores se podrían utilizar grabaciones para apoyar a los estudiantes en aislamiento”, nos dijo Raquel Bernal, rectora encargada. Y frente a los casos específicos, Bernal recalcó que es importante que los estudiantes se acerquen y se comuniquen con las instancias pertinentes.

Para Martha Vives, profesora titular del departamento de Ciencia Biológicas, la situación no debería ser tan compleja: “uno ha tenido incapacidades como estudiante desde siempre, y siempre se ha podido solucionar, no creo que tengamos que depender de una transmisión o de una grabación”. De acuerdo con Vives, a ella misma le han escrito estudiantes en aislamiento y han podido encontrar una solución sin mayor dificultad.


Esto pone en el foco los hábitos de estudio de los estudiantes, puesto que la Universidad ve la situación como una oportunidad para fomentar el aprendizaje autónomo: “El estudiante debe ser siempre el centro de su proceso de aprendizaje y esta es una coyuntura en la que podemos potenciar eso de manera muy significativa”, señaló la rectora.


Además, para Andrea Ramírez, epidemióloga y profesora de la facultad de medicina de la Universidad de los Andes, y quien trabajó junto al equipo de rectoría, la Universidad está haciendo todo lo posible para mantener un ambiente bioseguro: “no es culpa de la Universidad los contagios, todas las actividades se reactivaron”. Según Ramírez, vamos a tener el COVID presente durante este tercer año: “estamos lejos de estar en el fin de la pandemia, la aparición de nuevas variantes hace que persista”. Por eso, la epidemióloga deja como mensaje fundamental la importancia de la vacunación y las dosis de refuerzo para asegurar una enfermedad con síntomas leves.


Para las expertas, desacatar la medida de aislamiento es irresponsable y perpetúa el ciclo de contagios. “Tenemos que aprender a vivir con el virus, pero eso no quiere decir que le demos vía libre a que contagiemos a toda la comunidad uniandina”, nos dijo Ramírez. Después de todo, el aislamiento sólo será necesario durante 7 días, si persisten muchos síntomas después de este periodo, se puede pedir asistir al Centro Médico para saber si es necesario que se extienda el aislamiento, pero en general “ya después del día 14, así se tenga una pequeña tos, ya no se contagia”, nos informó la médica y epidemióloga Ramírez.


Lo que se viene


Por el momento el mensaje que recalcan tanto las expertas, como la universidad, es el de mantener los protocolos de bioseguridad, aislarse cuando sea necesario y comunicarse con los profesores o con las instancias pertinentes. Según la profesora Ramírez: “No es necesario venir enfermo a la universidad, los mecanismos para no atrasarse se están estableciendo”. Según ella, los contagios están lejos de acabarse, pero mientras Colombia sale del cuarto pico, “si se cumplen los protocolos, se puede mantener la situación epidemiológica muy controlada”.


Por su parte, la situación epidemiológica del país es favorable: se han reducido los números de contagios y en días recientes se anunció que, para municipios que cumplan con el 70% del esquema de vacunación, el uso de tapabocas en espacios abiertos ya no será obligatorio.


En el caso particular de Bogotá, según anunció la alcaldía de Bogotá, el cuarto pico de la pandemia se ha superado, el 94% de los ciudadanos cuentan con el esquema completo de vacunación y los contagios siguen en descenso. Por eso, desde el primero de marzo en Bogotá ya no es necesario usar tapabocas en los espacios abiertos.


Hasta el momento en la universidad siguen “comprometidos con la educación presencial de calidad”, por lo que las medidas a tomar para que los estudiantes aislados reciban el contenido de sus cursos sigue quedando bajo la decisión y metodología de los profesores. Por su parte, Los Andes ha lanzado una campaña: “para promover buenas prácticas de autocuidado y cuidado del otro”, en la que se enfatizan protocolos y recomendaciones con “el objetivo de lograr que los miembros de la comunidad tomen decisiones conscientes, pensando en el bienestar individual y colectivo”.



 

Por: Liliana Cuadrado y Santiago Amaya Barrantes