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Y los de siempre salieron goleados

Actualizado: 16 oct

José María Silva Abusaid es estudiante de Derecho con opción en gestión, historia y economía. Aquí su columna "Y los de siempre salieron goleados". Para contestar la columna envíe su propuesta a periodicoeluniandino@gmail.com.



Flotan en la opinión pública feroces e irracionales ataques al nuevo gobierno que se materializan en frases como: a los del cambio les metieron gol, acusando que llegó al poder un continuismo disfrazado de cambio. Ante dicha acusación no queda sino una grave falencia lingüística o una falta de estudios, pues me cuestiono: ¿cuál continuismo? ¿Qué hay de continuismo en un cambio radical en la política de drogas? ¿Qué hay de continuismo en un gobierno que gobierna por primera vez desde las regiones y municipios de Colombia? ¿Qué hay de continuismo en buscar la representación de las mujeres y comunidades afro, en apostarle a cambiar de una política de guerra a una de paz y en reducir la burocracia del Estado? ¡No hay continuismo! Las críticas se caen por sí solas, son la expresión fehaciente de la desesperación de una corriente política que salió goleada en las elecciones del presente año con un candidato que no alcanzó ni la segunda vuelta; fue entonces que los de siempre salieron goleados. Estas críticas son un berrinche de la derecha colombiana a la que le quitaron por primera vez su adictivo dulce favorito: el poder.



No han transcurrido más de dos meses desde la posesión del nuevo gobierno, y, aun así, sus detractores les atribuyen los problemas de más de un siglo. ¡Vaya que abunda la hipocresía! Ahora, tampoco ha hecho falta la magia, pues fue de un momento a otro, como un conejo saliendo de un sombrero, que los opositores más radicales del país descubrieron por primera vez de la existencia de las masacres. También critican una incumplida promesa de Petro, el prometido gobierno de los jóvenes, pero ciegos en su ignorancia desconocen que en el Estado hay una política de juventud, y que pensar en la edad como único factor determinante para la competencia revela que los opositores no han encontrado más que criticar que un simple número. El Cambio exige una colaboración de todos sus actores y los partidos tradicionales han dejado de ser enemigos y son ahora contrincantes dispuestos a apostar por un mejor futuro sin importar su procedencia. El gobierno no lo mueven las cuotas ni los favores, sino la inclusión.


El cambio que clama Colombia necesita de grandes reformas y, para la aprobación de estas, son indispensables mayorías sólidas. Como todo en la vida hay un gran precio a pagar, en este caso será necesario que el precio por la gobernabilidad no sea alto; sin embargo, hasta el momento Petro ha sido un astuto ajedrecista para cumplirle a los casi 11 millones trescientos mil votos que tuvo, además de darle lo que merece a un país entero que cree en la esperanza. De esta manera, las adhesiones y alianzas tienen un motivo común, y no es el gobierno de Petro, sino el avance de un sueño que nos une: Colombia.


El desespero de la oposición ya es desmedido, nada les parece poco, hasta han llegado a hacer alarde hasta de la forma de vestir de una ministra. Las críticas comienzan con el ministro del Interior Alfonso Prada, no fue nada más que el derrotado aspirante a la alcaldía de Bogotá, Miguel Uribe quien lo acusó de chantaje luego de que el actual ministro convocara al pueblo a apoyar desde las calles la Reforma Tributaria. ¿Cuál chantaje? ¿No es acaso el pueblo libre de apoyar lo que le plazca? Y, de hecho, yo lo afirmó: ¡el pueblo es libre de apoyar lo que le plazca! Por esto mismo, fue el pueblo que no le entregó la alcaldía a Uribe Turbay y le dio la presidencia a Gustavo Petro. Además, no es la primera vez que una Reforma Tributaria causa revuelo y, sin entrar a discutir las tecnicidades financieras, es innegable que una reforma no es –y nunca será– una cuestión de sólo números, sino de comunicación; y, aunque fuera de números, podríamos resumir el fracaso del anterior gobierno con tan solo preguntarle al exministro Carrasquilla el precio de una docena de huevos…


El ministro Prada no ha sido el único blanco de una oposición que habla burradas, la ministra Irene Vélez también. Le critican sus formas, su manera de hablar, vestir y responder; pero descuidan sus resultados, dado que en ese aspecto hay poco que cuestionar. La ministra, víctima de un lapsus al hablar de la teoría del decrecimiento en el Congreso Nacional de Minería, fue la misma que anunció una rebaja de tarifas en la energía a partir de noviembre del presente año. Es decir, mientras sus opositores hablan y se burlan, la ministra Vélez nos entrega resultados. No obstante, me mantengo escéptico frente a la idoneidad de la ministra, pues es, a mí parecer, una funcionaría reemplazable.


Ahora bien, asumir un cargo en el Estado tiene una consecuencia inmediata: convertirse en una figura pública. La nueva época mediática ha hecho de los gobernantes celebridades, y como con todo lo de la farándula, hemos de ser precavidos con la información. Hoy en día los medios le venden el alma al diablo por el rating, y el precio de esta acción egoísta, es asumida colateralmente por aquellas figuras públicas que están en el gobierno para formar país trabajando en lugar de tomarse fotos con una chaqueta estrenada de policía.

Como la política en sí misma, las posiciones deben ser dinámicas y nuestro deber como ciudadanos es hacer de vigilantes severos a cada jugada del actual presidente. Por el momento, Petro va ganando el partido, gobierna el campo, pero ha jugado una estrategia riesgosa que le puede costar el campeonato. El precio a pagar por la gobernabilidad y su victoria puede ser muy alto, puesto que cuando el pueblo se percate de que el Cambio no es instantáneo buscará un culpable, y posteriormente perseguirá a sus secuaces en el gobierno y Congreso. Este artículo no pretende totalizar tan solo contrarrestar una inaudita retórica de la oposición que se ha rebajado en Colombia a unos políticos desesperados por poder.


Estos críticos no han encontrado contenido sustancial que criticar y sus débiles razonamientos carecen por completo de fundamento, en su lugar, recurren a un ataque personal exacerbado con una política ética del todo vale. Parte de estos ataques irracionales se materializa con frases como a los del cambio les metieron gol, acusando que llegó al poder un continuismo disfrazado de cambio. Ante dicha acusación no queda sino un una grave falencia lingüística o una falta de estudios pues me cuestiono: ¿cuál continuismo? ¿Qué hay de continuismo en un cambio radical en la política de drogas? ¿Qué hay de continuismo en un gobierno que gobierna por primera vez desde las regiones y municipios de Colombia? ¿Qué hay de continuismo en buscar la representación de las mujeres y comunidades afro, en apostarle a cambiar de una política de guerra a una de paz y en reducir la burocracia del Estado? ¡No hay continuismo! Las críticas se caen por sí solas; son la expresión fehaciente de la desesperación de una corriente política que salió goleada en las elecciones del presente año con un candidato que no alcanzó ni la segunda vuelta, fue entonces que los de siempre salieron goleados. Estas críticas son un berrinche de la derecha colombiana, a la que le quitaron por primera vez su adictivo dulce favorito: el poder.

 

Por: José María Silva Abusaid es estudiante de Derecho con opción en gestión, historia y economía. Apasionado escritor crítico motivado por la polémica y las controversias características de la política y la vida pública.


***Esta columna hace parte de la sección de Opinión y no representa necesariamente el sentir ni el pensar de El Uniandino.