• El Uniandino

Radio Savia o escuchar la voz propia en la boca ajena

Actualizado: 20 ago

“Yo soy una repetidora de cantos antiguos, para que no se pierdan. Si llegan en otra lengua y me dicen ‘téngalo, compártalo, llévelo’ entonces lo aprendo, me hago del canto en ese sentido y lo comparto. Yo no voy a buscarlos, no ando con una grabadora recopilando”, le dice Beatriz Pichi Malen al micrófono que tiene delante, que hace justamente lo contrario.


Se trata del quinto episodio de la primera temporada de Radio Savia, y mientras lo escucho me imagino a una señora indígena, con un acento argentino grueso, que le habla a un computador sobre la tierra y sus sonidos, sobre todo lo que no es el computador. Si la mirara desde lejos, pienso, mientras la entrevistan para ese episodio, diría que está loca. En cambio la escucho desde lejos, y entonces solo soy capaz de encontrar ironías baratas.



Este no es el primer episodio que pongo a reproducir en mi computador. Durante la semana he tomado notas de otro par, preparando una entrevista que tengo con las creadoras del podcast. Cargo en una libreta las citas con potencial, frasecitas de las que podría pegarme para escribir una historia de rigor, para contar algo y publicarlo. Para este punto, por ejemplo, diría que Radio Savia es un podcast latinoamericano; que cuenta, en sus propias palabras, “historias de la defensa, el cuidado y la sanación del cuerpo-territorio”; que es el primer proyecto sonoro que apoya la oenegé Doc Society y su Climate Story Fund; y que lleva dos temporadas y media (o tres, según la generosidad del lector) haciendo lo que hace.


A veces, hacer periodismo es convertir fichas técnicas en parrafitos digeribles.


Todo esto tengo en la cabeza mientras escucho a Beatriz Pichi Malen. Naturalmente, no le pongo mucha atención. Solo la suficiente para notar que su voz, que ahora habla de la “sociedad no originaria” y su desmesura y su irrespeto y su afán por alterarlo todo, fue digitalizada, editada y subida al internet. “Con todo respeto lo digo”, dice, pero no sé si creerle.


Dejo el audio recién empezado, tengo otras cosas por hacer. En mi libreta anoto el episodio, para después terminarlo y poder escribir sobre él. Escuchar el canto de la tierra, Radio Savia, primera temporada. Después me olvido, tengo otras cosas por hacer.


“En el centro de nuestro trabajo está el cuidado del vínculo, con seres humanos pero también con otros seres. Y con el territorio”, dice Maytik Avirama (31, colombiana), una de las dos directoras de Radio Savia. “Lo monolítico simplifica las maneras de abordar la realidad, y en esa complejidad está la riqueza”, añade Daniela Fontaine (32, mexicana), colega de Avirama.


Responden a mis preguntas desde Yucatán, México. Fontaine y Avirama me explican que están a punto de empezar una gira. En el último año han grabado mujeres, la mayoría indígenas, y han convertido pequeños pedazos de sus experiencias y conocimientos en episodios de un podcast. Vaporizaciones vaginales con hojas de Salvia, Artemisa, Caléndula, Orégano; lecciones de feminismo comunitario, de feminismo anticolonial, de feminismo antipatriarcal; recetas para fermentos artesanales, guías para sembrados, reflexiones sobre el activismo y el agotamiento. Esa es la savia de Radio Savia. Y ahora sus directoras, Avirama y Fontaine, visitan a las mujeres que entrevistaron durante el último año para que ellas y los suyos se escuchen a sí mismas y escuchen a otras. Quiero decir, para que escuchen el podcast. Y mientras tanto conversan, o tejen, o siembran pimentones y se toman alguna agüita caliente a la sazón del lugar donde se encuentren: un tintico, un matecito, un champurrado. En el podcast lo llaman “círculos de escucha”, y los hacen para devolver lo que salió de esos lugares, lo que ahora vive afuera. Lo más parecido a un espejo para el sonido. Esto también es Radio Savia.


“Empecé a buscar, no sabía por dónde, tampoco sabía qué era lo que buscaba. Hoy ya sé. Era esa identidad negada, perdida, ultrajada, pretendidamente oculta”, dice la voz de Beatriz Pichi Malen unos días después, cuando abro un espacio en mi agenda para escucharla. “Mucha gente me decía. Aquí no hay indios, están todos muertos. Y yo miraba mi sombra. Aquí estamos nosotros. Mi madre está, mis tíos están, mi hermana está. No estamos muertos, dónde estará el resto”. Entonces la pauso y me siento violento, avergonzado, ¿dónde estará el resto?


Me digo que a lo mejor debería escucharla, parar las cosas que tengo por hacer y no solo abrirle un hueco. Pero cometo el error de entregarle toda mi atención. Me pongo los audífonos y me recuesto en el sofá. Cierro los ojos. Visualizo cada palabra que dice, intento seguir sus opiniones, los insertos de las narradoras que hablan de ballenas y fonemas. Me parece todo muy extraño. Beatriz Pichi Malen simula el viento con la boca, habla de una conversación que tuvo con un río, me canta en una lengua que no entiendo. Y yo, que le ofrezco mi atención indivisa, lo encuentro todo muy extraño. Media hora más tarde ruedan los créditos. Una flauta de pan. Feliz menguante, llena de canto y agradecimiento a la tierra y hasta muy pronto. Este programa cuenta con el apoyo de la Open Society Foundation.



—¿Existen pueblos originarios? —le pregunto a una amiga arqueóloga por WhatsApp— Es decir, antes de ellos, ¿no hubo también otros? Y, ¿no llegaron esos asimilando a los que había antes? Y así hasta el inicio del primer mamífero que pisó la primera piedra, ¿no?


Mi amiga, la arqueóloga, me responde con cuatro fotos, cuatro fragmentos de vasijas sostenidas en una mano con tierra oscura de fondo. La tierra se ve recién trabajada. Los tiestos tienen algún relieve, un patroncito geométrico, alguna ranura por la que se pueda colar la imaginación y la ciencia de los arqueólogos. Uno de los fragmentos parece una serpiente de ojos hinchados, un pene enfermo, un dedo índice que hizo algún artesano aprendiz. Lo anoto para que no se me olvide.


—Ando trabajando por los lados de Zambrano, Bolívar —me responde al fin la arqueóloga, mi amiga—. Cuando regrese al campamento te contesto. Ella también tiene cosas por hacer, ahora no me puede escuchar.


¿Dónde estará el resto?, pregunta Beatriz Pichi Malen.



¿Por qué sonido y no otra cosa?, le pregunto a las directoras de Radio Savia. Ellas me hablan de lo práctico (poder compartirlo por chat, poder escucharlo sin mucha parafernalia, evitar la banda ancha que no existe en muchas partes) y lo conceptual (la reversión de la jerarquía mediática, la politización de la escucha, la comunidad que se forma en la tradición oral). Todas son buenas respuestas, de mujeres que saben de lo que hablan. Yo las escucho y anoto en mi libreta. Subrayo una frase, a la que no le pongo atención. El sonido se conecta con la memoria del que escucha, te fuerza a evocar. No solo escuchas a otros. Cuando los escuchas, te escuchas a ti mismo y eso es importante para nosotras.


Cuando los escuchas te escuchas a ti mismo.


En medio de este ejercicio me llegan noticias de una muerte: debo atender mensajes. De familiares, de amigos, de conocidos. Mimásentidopésamermano. De repente, lo que tengo que hacer desaparece, no existe más. Solo existe silencio. Silencio en el cuerpo y en las voces. Silencio que me persigue en los sueños.


“A veces los silencios es cuando se habla más, porque uno tiene la capacidad de observación y de oír”, dice por tercera vez Beatriz Pichi Malen. “Uno existe porque existe lo otro. Donde mirarse, el espejo, en donde mirarse la propia sombra de uno”, agrega.


El sonido se conecta

con la memoria del que escucha.

Escuchas a otros,

te escuchas a ti mismo.


Al fin lo entiendo: no hay nada para entender. No eran mis muchas tareas, ni mi atención devota. Mi propósito era mi sordera: escribir, y con mi escrito, darle a entender algo al que leyera, contarle algo, ¿y qué pretendía contar? ¿A quién se le ocurrió que había algo para contar? A mí, ciertamente.


¿Dónde estará el resto?


Salgo a caminar por ahí, y un campo de lechugas se mueve con el viento. Me susurra que lo mire. Como el río de Beatriz, como el viento que sale de su boca. Me quedo al fin en silencio. Dejo de pensar en mi libreta, en la historia, en las cosas que debo hacer. Y con el silencio mi boca se hace la boca de Beatriz Pichi, su memoria se hace mi memoria. No anoto, no presto atención, no me distraigo. Hago silencio. Lo demás me da pudor escribirlo. Por primera vez escucho la voz de Beatriz Pichi Malen, entiéndase, tenemos una conversación.


 

Por: Alejandro Lozada