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Más allá del clasismo: las heridas ocultas de la diversidad

Desde los criterios de admisión que perpetuarían las desigualdades, hasta reformas y programas prodiversidad, las acciones para mitigar las divergencias sociales del país implementadas por la Universidad de los Andes calificada frecuentemente como elitista han sido objeto de debate constante. Más allá de eso, en la universidad surge otro problema. Alrededor del encuentro entre personas de contextos disímiles, potenciado por programas como Ser Pilo Paga (SPP), han persistido las dificultades. En junio de 2020 a partir de unos mensajes de racismo y clasismo en la comunidad, varios testimonios de estudiantes becados en redes sociales destaparon los costos de la adaptación y la integración.


Pero como es usual, el problema está lleno de grises. Según varios estudiantes, su experiencia universitaria siempre ha sido positiva. Los Andes ha hecho ajustes, existen grupos estudiantiles de apoyo, y la decanatura ha hecho acompañamiento a pesar de que guarda silencio. Con todo, este periódico encontró que, aunque la discriminación explícita o generalizada es casi inexistente, sí se presentan actos preocupantes, sutiles y escondidos.


Abajo el reportaje completo.




La magnitud del problema

“Me sentía un mosco en leche porque era becada, era de otra región y era de un colegio público”

“Me sentía un mosco en leche porque era becada, era de otra región y era de un colegio público”, nos contó Natalia Moreno. Ella, beneficiaria del segundo corte de SPP, ingresó a una universidad que antes estaba reservada para las clases altas colombianas. Su lugar de aprendizaje pasó de una escuela pública, la Normal de Piedecuesta, en Santander, de rostros conocidos y espacios limitados, a la Universidad de los Andes, en Bogotá. En esa época no tenía celular, y solo cuando llamaron a su papá se enteró de la noticia que cambiaría su vida. Pero Natalia no dimensionó lo que le costaría pasar de un hogar cómodo, cálido y abierto, a un lugar distante, frío y renuente al diferente.



Ser Pilo Paga fue disruptivo educativa y socialmente y, en consecuencia, el programa no ha estado exento de críticas. La más conocida cuestiona que dineros públicos se vayan a instituciones privadas. Sin embargo, otro asunto que no se ha tocado con profundidad son las dificultades de integración y adaptación de los becados en universidades de élite.


[Lea la entrevista de El Uniandino al creador de Ser Pilo Paga]


Durante los años del programa, se publicaron noticias y columnas en varios medios que exponían ataques discriminatorios y excluyentes a los becarios de diferentes universidades. En una página de Facebook de la Universidad de la Sabana un estudiante becado hizo una publicación anónima donde expresaba rechazo a que los cataloguen como “ladrones o hampones” y en el portal Las2Orillas se publicó un testimonio de un estudiante becado que sufrió presunta discriminación en la Universidad Javeriana de Cali.


En la Universidad de los Andes, específicamente, hubo gran ruido mediático en 2016 por los comentarios y memes excluyentes, acosadores y discriminatorios del grupo ‘Chompos y cursos ásperos Uniandes’ contra becados, la exprofesora Carolina Sanín y la entonces estudiante Sol Fonseca, que alimentaron la percepción de la opinión pública de un matoneo generalizado en la universidad.


En 2019, y aunque la universidad aclaró lo sucedido, la noticia de que a 46 beneficiarios de Generación E les cancelaron el cupo luego de haber sido admitidos generó más dudas.

Por su lado, diversificar la universidad fue una de las prioridades que el rector Alejandro Gaviria planteó en su momento: “la universidad debe mitigar las diferencias sociales, no amplificarlas. Debe ser un instrumento de movilidad social, no de perpetuación de los privilegios”, dijo el 26 de julio de 2019 en su discurso de posesión.


Casi un año después, a inicios de junio del 2020, a través de redes sociales se generó otra controversia por presuntos mensajes discriminatorios y violentos que recibió un estudiante y que aludían a su condición de becado. La publicación de estos mensajes inició una reacción en cadena que ganó fuerza cuando María Alejandra Gutiérrez, estudiante de octavo semestre de ciencia política y gobierno y asuntos públicos, publicó un hilo en Twitter sobre su experiencia como becada en la universidad. “Salí de un colegio del sur de Bogotá y me mamé de responder las pendejas preguntas de: «ay, de qué colegio saliste»”, se leía en uno de los tuits.


Gutiérrez, becaria de Quiero Estudiar - Escala (QEE), le explicó a este periódico que publicó el hilo pues consideraba importante “la discusión de cuál es el papel de los becados”, pues para ella “es una discusión que está muy normalizada y que no se ha pensado de manera adecuada [...] sobre esa falsa idea de igualdad que también es muy violenta y muy dañina”. El tuit generó eco entre la comunidad uniandina pues motivó testimonios, tanto positivos como negativos, de estudiantes y egresados que tuvieron becas.


Por su parte, Valentina Ibarra, entonces presidente del Consejo Estudiantil Uniandino (CEU), también medió en la polémica con un tuit que empezaba así: “Yo entiendo que la Universidad no quiere hacernos sentir ‘distintos’ a los [no] becados, pero eso ya pasa y debemos tener espacios para hablar de esto”. Ibarra decidió formar un grupo de estudiantes con objeto de compartir experiencias y pensar en medidas de mitigación. Días más tarde, el 6 de junio, el periódico Sin Corbata publicó en sus redes sociales todavía más relatos de estudiantes becados.


Por otro lado, de acuerdo con una investigación en desarrollo de Juliana Londoño, quien es profesora asistente de la UCLA y economista de Los Andes, SPP ha fomentado la diversidad en las instituciones así como ha logrado efectos positivos en las percepciones y actitudes prosociales de los estudiantes no becados. También ha cerrado brechas en términos de acceso, según otra publicación reciente de Londoño: la probabilidad de entrar a la educación superior aumentó del 43,5% al 63,7% para estudiantes destacados de estrato uno solo en el primer año de SPP.


Todo esto indica que el problema es pronunciado y persiste a través de los años. Sin embargo, aunque el ángulo que ha dominado la discusión al respecto se centra casi que exclusivamente en las diversas formas de discriminación que los becados han experimentado, el tema tiene muchos más matices.



Pertenecer o no pertenecer, esa es la cuestión


A Natalia, admitida en la universidad, solo le faltaba llegar y empezar a aprender. Pero esos pasos tenían su complejidad. Llegaba sola a una ciudad más fría, más grande y ruidosa. También a un lugar bastante competitivo: “me sentí bastante retada”. Y un reto grande sería la integración porque “había muchas restricciones para que el medio estuviera abierto, no tanto por parte de la universidad, sino por los estudiantes”.



Los testimonios revelan que existen varios obstáculos a fin de lograr una verdadera integración entre personas diversas. Entrar a Los Andes, para muchos, no siempre es una posibilidad, pero cuando se presenta las expectativas son grandes. La mayoría de los estudiantes que entrevistamos sabían a qué se enfrentaban: un lugar con gente distinta. Aun así, en la práctica, no tener personas cercanas a su contexto que estuvieran en la universidad o que entraran al mismo tiempo puede complicarlo todo.


“Eso fue creando ideas malucas en mi cabeza que solo me hacían sentir como el bicho raro de la universidad”, cuenta Camila Tavera, estudiante de noveno semestre de ingeniería biomédica y beneficiaria de QEE. Notar que algunos de los sitios “normales” donde almorzaban ciertos estudiantes para ella eran una excepción la hicieron aislarse mucho al principio, cuenta la hoy presidente de Andar, una red de ayuda a estudiantes con apoyo financiero.


A Diego Salamanca, becario de Quiero Estudiar (QE) y politólogo graduado en 2012, le pasó lo mismo cuando tuvo que ir a hacer un trabajo de grupo en un barrio de estrato alto de Bogotá: “por esos mismos días yo tenía el temor de que me preguntaran si era becado. Estaba muy prevenido: de pronto esta gente es de plata y uno becado… Tenía muchas prevenciones”, explica el hoy magíster en Políticas Públicas.


“[...] el primer día, mal contadas, me preguntaron unas 20 [veces] de qué colegio venía [...] la gente foránea, como yo, se siente muy fuera de sitio porque no conocemos a nadie”

Para algunos de los estudiantes que entrevistamos, como Salamanca, las primeras semanas fueron más llevaderas pues conocían personas al entrar a la universidad. Sin embargo, esta no es la suerte de todos. “La mayoría de personas se conocían porque habían estudiado en el mismo colegio en Bogotá [...] el primer día, mal contadas, me preguntaron unas 20 [veces] de qué colegio venía [...] la gente foránea, como yo, se siente muy fuera de sitio porque no conocemos a nadie”, nos contó Natalia Mendivil, estudiante de quinto semestre de ciencia política y becaria de QEE. La pregunta sobre el colegio, que puede parecer inofensiva, a veces la hacen también algunos profesores, como nos contaron varias personas de forma independiente.


María José Álvarez, directora de la maestría en sociología de la Universidad de los Andes, quien ha investigado las interacciones entre clases sociales que se dieron a raíz de programas como Ser Pilo Paga, nos explicó que con objeto de mitigar el fenómeno de aislamiento social, uno de los predictores de deserción, los profesores deben “tratar de mezclar estudiantes, de fomentar redes heterogéneas [...] las redes de estudiantes que son iguales a mí son claves para sentirme seguro, pero las redes diversas me dan información no redundante, me integran de otro modo”. Para Álvarez, iniciativas como Andar, “de estudiantes más avanzados mentores de primíparos y formados en temas de diversidad”, son claves y han probado su eficacia inclusive en otros escenarios.


Sergio Velásquez, una de las personas que participó en la creación de este grupo, nos dijo que la idea nació en 2013 luego de que varios estudiantes sintieran que la universidad carecía de los apoyos suficientes destinados a las personas con financiamiento: “con los Ser Pilo Paga se hizo evidente para muchas facultades lo que llevábamos diciendo un año antes. Se hizo evidente que se necesitaba apoyo, se necesitaba nivelar. Ya no era una persona pidiéndolo sino que eran 100”.


A pesar de estas iniciativas, lograr una verdadera integración puede tomar tiempo, en parte por las diferencias en las actividades por fuera de la academia. En este aspecto los testimonios son diversos. Aunque para muchos, como Valentina Molina, estudiante de economía y beneficiaria de QE, las interacciones por fuera de la universidad no han sido un obstáculo, otros han visto en ello un reto grande. “Siempre armamos un plan en el que todos podamos ir [...] he visto casos de personas que dicen: vamos, yo te invito”, comenta Molina. Al contrario, Jorge Lozano, quien estudia economía y es beneficiario de SPP, nos contó que “sí es cierto que los no becados tienen planes diferentes a los que yo tengo, y que por cuestiones de dinero o de tiempo no puedes coincidir con ellos”.


“Yo digo: aquel día sonaron tiros y al siguiente día hubo un muerto, entonces mis amigos de estrato alto, que están en lugares más seguros de Bogotá, preguntan: ¿pero eso pasa en tu casa? Y yo: sí, eso es normal”

Mientras algunos confirman sus prejuicios, para otros desaparecen. “Nunca creí que el determinante social fuera a ser importante [...] soy una persona que poco le ha importado lo que diga la gente al respecto”, nos dijo Daniela Lombana, médica y beneficiaria de QE. Por su parte, cuando Diego Salamanca empezó a decir que era becario con más naturalidad, derribó sus prevenciones: “incluso me felicitaban, me respetaban [...] nunca me sentí excluido por el hecho de ser becario, es más, me sentí respetado”.


De hecho, como las investigaciones de Álvarez arrojan, la llegada de becados a universidades de élite ha fomentado interacciones enriquecedoras entre clases sociales distintas. “Yo digo: aquel día sonaron tiros y al siguiente día hubo un muerto, entonces mis amigos de estrato alto, que están en lugares más seguros de Bogotá, preguntan: ¿pero eso pasa en tu casa? Y yo: sí, eso es normal”, cuenta Yuly Calderón, estudiante de sexto semestre de psicología, que vive en la localidad de Usme, al sur de Bogotá. Calderón, becaria de SPP, cree que estas interacciones les han permitido aprender los unos de los otros: “son ese tipo de experiencias las que nos muestran que, aunque uno vive en la misma ciudad, pareciera que son mundos distintos”.



Uni-diversidad


“Yo sentía que no pertenecía a este lugar justamente por esas preguntas que me hacían algunos compañeros: ¿de qué colegio te graduaste?”. Las primeras semanas de Natalia Moreno fueron difíciles, y cuando hablaba sobre esto sus compañeros le decían “son cosas tuyas” o “tienes que adaptarte”. Pero en junio, navegando por Twitter descubrió que no estaba sola y que no estuvo sola todos estos años: “este debate fue muy importante para mí porque me di cuenta de que no eran cosas mías, mucha gente se estaba sintiendo como yo me sentí en esos primeros semestres”.



No hay duda de que Los Andes se diversificó con la llegada de programas como Ser Pilo Paga. No solo la universidad disminuyó la concentración de estudiantes bogotanos, sino que recibió más estudiantes con un nivel bajo de ingresos.



Solo entre 2014 y 2016, según una investigación publicada en el Centro de Estudios de Desarrollo Económico (CEDE), el número de aplicantes a Los Andes aumentó un 80%, siendo la mayoría personas de estratos más bajos.


“hasta 2017 en promedio entraron 600 estudiantes de SPP por cohorte, lo que representaría cerca del 39% del total de estudiantes nuevos durante los primeros tres años del programa”

De acuerdo con un reportaje de La Silla Vacía, en el primer cohorte de SPP (2015-1) entraron 607 pilos, mientras que antes la universidad solo tenía 12 estudiantes de Sisbén uno. Según el mismo medio, hasta 2017 en promedio entraron 600 estudiantes de SPP por cohorte, lo que representaría cerca del 39% del total de estudiantes nuevos durante los primeros tres años del programa —contando solo el primer periodo de cada año—.





De 2014 al 2015 cuando entró SPP el aumento de la participación del Icetex sobre las fuentes de apoyo financiero fue de 23 puntos porcentuales. El valor del apoyo financiero tampoco había tenido saltos importantes: mientras en el 2014 ese valor para estudiantes de pregrado fue algo más 70 mil millones, en 2017 casi se había duplicado y hacia 2019 fueron más de 173 mil millones.


Una investigación de Juliana Londoño-Vélez, economista de Los Andes y profesora asistente de la UCLA, muestra que la exposición de estudiantes de bajos recursos en universidades privadas como sucedió con SPP aumentó la preocupación de los estudiantes no becados por la desigualdad de ingresos y oportunidades, así como fortaleció su apoyo a la redistribución.


“la diversidad puede mejorar el ambiente en la universidad, hacernos más conscientes de los privilegios [...] y reconocer las oportunidades diferenciales que hemos tenido a lo largo de la vida”

Sin embargo, aunque la universidad se beneficie con una mayor diversidad, a los becados parece costarles el proceso. Como nos dijo la profesora Álvarez, “la diversidad puede mejorar el ambiente en la universidad, hacernos más conscientes de los privilegios, [...] creernos menos el cuento de la meritocracia y reconocer las oportunidades diferenciales que hemos tenido a lo largo de la vida”. No obstante, aunque pueda resultar exitosa, la integración y la adaptación dejan cicatrices: “[...] esto ocurre a un costo emocional alto: ponerse al día con el capital cultural exigido que no se trae de casa, hacer amigos cuando se llega sin conocer a nadie y sintiendo que no se pertenece a este lugar”.


La profesora valora el debate que se dio en redes sociales pues era necesario con el propósito de dar a conocer la experiencia de muchos estudiantes becados. “En general, cuando uno quiere pertenecer y se siente diferente, solo asume los costos. Pero emocionalmente es una carga demasiado pesada para muchos, de la que hablamos poco. El debate en redes lo hizo explícito”.


En la discusión de junio también hubo debate sobre si algunos hechos de discriminación o exclusión eran significativos sobre la experiencia en general de los becados. En las entrevistas que hicimos la mayoría nos contó que no se había sentido excluido o discriminado explícitamente, lo cual concuerda con las investigaciones de las profesoras Álvarez y Londoño. Sin embargo, sí encontramos situaciones que no dejan de ser por lo menos preocupantes.


Andrea Gómez, estudiante de música cuyo nombre verdadero nos pidió no compartir, nos dijo: “me sentí alguna vez discriminada por el trabajo de mi mamá. Ella trabajaba haciendo aseo en la casa de alguien de la universidad, eso se supo y me señalaban y se burlaban de mí a mis espaldas”.


En algunos comportamientos o charlas cotidianas se puede distinguir que se presenta una discriminación y estigmatización más indirecta. Yuly Calderón, beneficiaria de SPP, nos contó: “he escuchado algunos chistes clasistas, pero no lo siento como discriminación y no me afecta”. Felipe Ortega, estudiante de ciencia política y economía, nos relató que en una conversación un estudiante no becado dijo sobre una compañera: “esta vieja es muy vulgar [...] tiene una pinta... Tiene un modo de hablar... Tiene una actitud… [...] se le nota que es becada”.


Con todo, en la universidad predominan las buenas relaciones, según la mayoría de los entrevistados. Gómez aseguró: “yo di con malas personas pero no representan nada de lo buenos que son los demás”. Para muchos, sentirse cómodo y adaptarse viene dado mientras se reconozca que, como en cualquier lugar, van a existir pocas personas con mala actitud, y no solo hacia los becados, sino hacia todos: “hay una minoría de grupos muy cerrados”, nos dijo la estudiante Valentina Molina, becaria de QE.


Otros coinciden en que el problema no es general, pero eso no le quita validez: “que no lo vivas o que sientas que la mayoría de la universidad no lo vive, no significa que no sea importante”, concluye Valentina Ibarra, presidente del CEU durante el 2020.



La presión de las diferencias


“Yo llegué muy perdida de un colegio público, entonces mi esfuerzo era casi el triple para poder rendir en las clases. Mis compañeros venían de colegios privados muy buenos, eran bilingües y hasta trilingües”, cuenta Natalia Moreno. “Nunca sentí que tuviera un trato especial por ser estudiante becada, y tampoco digo que eso debería pasar porque de eso se trata: de que todos tengamos el mismo trato. Pero sí siento que hace falta reconocer ese esfuerzo adicional que nos toca hacer [...] si no, entonces uno se desmotiva porque piensa que todo lo que se esforzó no sirvió para nada”.



Aunque las experiencias varían, los becados lidian con diferencias económicas, de capital cultural y académicas que pueden dificultar más su adaptación. Incluso dentro de la universidad para los becados puede ser más difícil hacer doble programa, pedir semestres adicionales, hacer intersemestrales o intercambios. “Pasé de ser la mejor alumna de mi colegio y la que se ganó una beca, a perder química en primer semestre, fue terrible” nos contó la médica uniandina Daniela Lombana. Además, a veces los giros de sostenimiento presentan largos retrasos.


[Lea la investigación de El Uniandino Cuando Ser Pilo Paga NO Paga]


Todo esto genera presión. Como lo contamos en este reportaje, las condiciones de cumplimiento de la beca generan dificultades y más cuando no encuentran soluciones efectivas a sus problemas de adaptación. Incluso Valentina Ibarra pensó alguna vez en salirse de la universidad porque no se sentía suficientemente buena: “llegamos los mejores de nuestros colegios y llegamos a un entorno más competitivo, lo que puede ser hostil: el miedo a pedir ayuda a tus compañeros, admitir que no te está yendo bien, sentirte mal porque otros se están sacando más de 4.5 y tú un 3.0”.


“Siempre nos recuerdan que por la beca debemos aprobar”, señaló Andrea Gómez, estudiante de música. Pero aprobar un curso puede ser difícil cuando el nivel de inglés, de matemáticas o de lectura y escritura con que se llega no son los que la universidad asume. “Mucho del material de diferentes materias, incluyendo los CBUs, solo eran en inglés. Entonces no tengo dudas de que yo me podía demorar el triple que mis compañeros tratando de leer eso e igual iba a entender casi la mitad” nos contó Lombana. Ella es egresada, pero al igual que Yara Gutiérrez, que está en tercer semestre de psicología, nos dijo que la universidad no tiene estrategias tan contundentes para contrarrestar esto: “pienso que los profesores deben ser conscientes de que no todos tienen el mismo nivel y no a todos les va a quedar fácil leer en inglés”, puntualizó Gutiérrez.


Estas quejas las conoció en su momento Valentina Ibarra, quien le contó a El Uniandino que se ha pensado incluso que la universidad traduzca los textos, pero que surgen problemas de derechos de autor. Según Ibarra, con la universidad están trabajando en que los cursos de inglés sean más flexibles y que se enfoquen desde el inicio en las herramientas necesarias dentro de la carrera, como la lectura. “Quedamos de reunirnos con la dirección de inglés [...] para realizar una encuesta de los estudiantes que hayan visto o que estén viendo inglés sobre cómo creen que deberían mejorar los cursos”.


Lo cierto es que detrás de todo esto surge un dilema entre la igualdad de trato o la discriminación positiva. Según varios estudiantes, lo primero logra que en la universidad se valore el conocimiento sin poner etiquetas. Para la profesora Álvarez, aunque tratar con equidad a los estudiantes tiene una buena intención, “tratar igual a los desiguales no genera necesariamente igualdad de resultados [...] a veces la discriminación positiva es clave para equilibrar lo que está desequilibrado”.


De acuerdo a un artículo de 2019 de la revista Semana, los datos del Ministerio de Educación muestran que un 4.9% (1962 beneficiarios) de estudiantes abandonaron Ser Pilo Paga, lo cual sería alentador ante un 46% de deserción nacional. La investigación del CEDE citada antes, muestra que es cierto que los estudiantes becados tienen menos probabilidad de abandonar la universidad que sus compañeros, pero tienen dos puntos porcentuales más de probabilidad de perder un curso durante su primer año.


En otra investigación de 2017 elaborada por varios profesores, entre ellos María José Álvarez, se encontró que entre las personas admitidas a la educación superior, los elegibles para el programa Ser Pilo Paga tienen mayores niveles de depresión, menor apoyo social y autoeficacia, que reúne aspectos como “organizar el horario, tomar notas y obtener buenos resultados en los exámenes”.


Gómez, becaria de Quiero Estudiar - Escala, nos confesó que tomó la decisión de hacer una pausa en su carrera porque no se sentía cómoda: “hasta estos días no pude más. Son muchos problemas: que debo comprar un nuevo [instrumento], que me es difícil pagar sola la [universidad] y vivir sola, la suma de todo esto, y que [mi instrumento] ya no me gusta, me tienen en un hueco terrible”.



¿Y entonces, qué hace la universidad?


Natalia, acudió a la Decanatura cuando tuvo problemas personales. Dijo que hacían muchos eventos de integración, pero que asistían pocas personas. “Me ayudó un poco a desahogarme, en ese momento hablar con otros que están en la misma situación es liberador”.


“[los estudiantes] tenían muchos problemas en su casa que a la universidad nunca se le habían ocurrido porque nunca habían tenido ese tipo de estudiantes”

Aunque tenía cierta experiencia con QE, la llegada de SPP puso a la Universidad de los Andes a diseñar medidas encaminadas a que todos los estudiantes tuvieran las mismas oportunidades y alcanzaran el éxito en sus carreras. Sergio Velásquez, quien vio nacer a Andar en 2013, cuenta que en ese momento todo era muy distinto: “no había mucha conciencia en general para trabajar en acompañamiento a estudiantes [...] [los estudiantes] tenían muchos problemas en su casa que a la universidad nunca se le habían ocurrido porque nunca habían tenido ese tipo de estudiantes”.


En 2015, a la par que subió el número de estudiantes de pregrado, también lo hicieron las consejerías de Decanatura: en 2014 se hicieron un poco más de 2.1 mil y hacia el 2015 se acercaron a las 5 mil. Para 2016 bajaron hasta casi 4.3 mil, pero luego subieron y en 2019 se ubicaron en cerca de 6.1 mil. Esto mientras el número de estudiantes de pregrado disminuyó en los últimos tres años.


Si se compara el número de talleres de 2014 con el de 2019 se observa que aumentaron más del doble y se empezaron a trabajar temas de género y de estereotipos, cosa que, de acuerdo con los boletines estadísticos de la universidad, antes no se hacía. También se creó el curso destinado a facilitar la adaptación “Herramientas para la vida universitaria” y en 2019 la división de la Decanatura “Centro de diversidad”, que se enfoca en apoyo a estudiantes becados, en situación de discapacidad y con identidades de género u orientaciones sexuales diversas.


En Los Andes también existe la figura del Ombdusperson, creada en 2013 a fin de funcionar como un canal efectivo de comunicación y de resolución de conflictos, y el protocolo MAAD, para atender y acompañar a los estudiantes que estén pasando por una situación de maltrato, amenaza, acoso, discriminación, violencia sexual o de género.


Según algunos estudiantes, la ayuda que reciben de decanatura y de otras dependencias ha sido fundamental. Yara Gutiérrez, beneficiaria de Pa’Lante Pacífico, resalta el acompañamiento que ha recibido: “cuando empecé en el primer semestre, literal en la primera semana, cada día me abordaban tres personas diferentes para preguntarme [cómo estaba]”. En cambio, según otros estudiantes becados, todavía hace falta mejorar los procesos: “pedir una cita es una odisea, porque está lleno, porque no te cuadran los horarios, porque generaste un vínculo con cierta psicóloga, pero esa psicóloga no te puede atender y terminas como foráneo llevando el proceso de adaptación solo”, expresó Natalia Mendivil.


En temas académicos y económicos dentro de la universidad figuran apoyos que varios estudiantes reconocen: grupos estudiantiles de tutorías, el Centro de Español, el préstamo de computadores, y también préstamos de batas, fotocopias, libros o calculadoras ofrecidas por Andar. Aunque se siguen dejando lecturas en inglés en el primer semestre, hay más apoyos que antes. Por ejemplo, según la última entrevista que hicimos al exrector Navas, se ampliaron las secciones de inglés de 90 a 230, y está el servicio de tutorías en temas de inglés, Coffee Time.


También existe la línea de crédito Credipilo que financia semestres vacacionales a estudiantes de SPP y los apoyos en efectivo Fopre. Yuly Calderón, beneficiaria de SPP, tuvo problemas al inicio para cubrir algunos gastos hasta que lo descubrió: “hasta el día de hoy ha sido una ayuda gigante para el tema de transporte y alimentación”.


Otros estudiantes, como Andrés Galeano, hace poco elegido presidente del CEU, opinan que no existen las suficientes ayudas o las que hay no son constantes: “en primer semestre la única reunión que nos hicieron a los de Generación E fue para decirnos: si no te gradúas en ocho semestres vas a tener que entregarle toda la plata al Icetex. […] me parece grave que no hayan esos mismos espacios para hablar sobre bienestar, sobre cómo están los que vienen de otras ciudades [...] eso genera que no se hablen de los problemas y se asuma que no [existen]”.


El Uniandino encontró en los boletines estadísticos publicados por la universidad que en 2014 muchos de los talleres impartidos por Decanatura iban dirigidos a población de Quiero Estudiar (37 talleres, 466 asistentes), mientras que en 2019 solo se destinó una reunión a los estudiantes de Generación E y dos para aquellos de Quiero Estudiar (71 asistentes). Puede que esto tenga una explicación, pero ante las preguntas, y a pesar de la insistencia, María Rengifo, jefe del centro de diversidad de la Decanatura, nos dijo: “realmente no veo posible responderte (sic)”.



Las conclusiones, la comunidad y el silencio


Cuando Natalia llegó a Los Andes cumplió su sueño de pequeña: estudiar economía. Cuando llegó a la universidad admiraba a sus profesores. Hoy también cumplió eso: es profesora complementaria de Macroeconomía II, estudiante de la maestría en economía y asistente de investigación en el CEDE. Como nos contó, su camino ha sido fruto del esfuerzo, de tomar riesgos y de su mérito. “La Natalia de primer semestre jamás se imaginó que estuviera en esta situación […] [a ella] le diría que siga esforzándose y que nunca pierda la motivación para aprender, y que independientemente de los rezagos con los que llegó, se esfuerce por darla toda porque esos esfuerzos van a valer la pena”. Aunque alguna vez por su acento unos compañeros menospreciaron sus argumentos, o sintió que no pertenecía a la universidad, hoy sigue siendo dos cosas: santandereana y uniandina.



La experiencia en Los Andes puede ser difícil al comienzo, pero con el tiempo, aseguró la mayoría, todo mejora. Según la historia de Jorge Lozano, estudiante de economía, “al principio sentía nervios de intentar relacionarme con los demás”. “Natalia de 2018 era muy introvertida y le tenía miedo a muchísimos espacios, Natalia 2020-2 es un poco más segura sobre lo que le puede dar la universidad [...] y sobre todo ha sido capaz de generar amistades” nos explicó Mendivil.


Programas de apoyo financiero educativo como SPP, Quiero Estudiar o Pa’Lante Pacífico, dan un paso para cerrar brechas de acceso a la educación superior, pero su influencia a largo plazo en problemas más estructurales del país como la desigualdad o la movilidad social, todavía están por verse. Yara Gutiérrez, quien se graduó de un colegio público en Buenaventura, nos dijo: “llegué pensando que yo ni siquiera podía estar en esta universidad [...] ahora pienso en intercambios, en universidades muy buenas afuera, y eso antes lo veía lejos, ahora no”.


Según la investigación de Londoño, para estudiantes destacados de estrato uno la probabilidad de entrar a una universidad de alta calidad pasó de menos del 20% a casi el 50% en el primer año de SPP. Con esto, prácticamente su probabilidad de acceso se igualó con la de jóvenes de estratos cinco y seis.


Su estudio también muestra que SPP tuvo incidencia en la mejora de puntajes Saber 11 de estudiantes con bajos recursos y en el acceso a la educación superior, incluso, de estudiantes que por su desempeño no recibirían la beca. De acuerdo con María José Álvarez, estos resultados son positivos, pero “no cambia radicalmente el hecho de que en Colombia una de las correlaciones más fuertes es entre estrato y resultados educativos. Un programa tan pequeño no alcanza para eso”.


“Con el fin de Ser Pilo Paga en 2018, a Los Andes le quedará difícil igualar el aumento en la diversidad que este programa trajo. Su discurso ambiguo, por otro lado, también deja dudas”

Con el fin de Ser Pilo Paga en 2018, a Los Andes le quedará difícil igualar el aumento en la diversidad que este programa trajo. Su discurso ambiguo, por otro lado, también deja dudas. Por un lado, reformas prodiversidad en los criterios de admisión y promoción de apoyos económicos como Pa’Lante Pacífico o Pa’Lante Caribe. Y en contraste, la admisión automática para colegios exclusivos en el 2020-2, donde se incluyeron instituciones que no cumplían con el criterio publicado por la universidad —al final la universidad reconoció que “también se tuvo en cuenta la relación histórica de algunos colegios con la Universidad (sic)”—.


[Lea la investigación de El Uniandino Estrato seis: los 310 puntos son negociables ]


Las heridas que se evidenciaron en redes, así sanen, podrían repetirse. En 2008 Diego Salamanca, tuvo miedo de decir que era becado. Como “el bicho raro” se sintió Camila Tavera en 2017. Natalia Mendivil, en 2018, creyó que no se podía ajustar a los estándares uniandinos.


La investigadora Álvarez menciona que, aunque la universidad tiene muchos recursos disponibles destinados a mejorar las prácticas y ajustarse a la diversidad de estudiantes, hace falta ser más explícitos con el fin de lograr consciencia “del elefante en el aula: las desigualdades de la cuna, las desigualdades de clase social” y del rol de los profesores para nivelarlas. Para la profesora, si bien el silencio sobre la desigualdad en el salón de clase puede ser beneficioso pues no pone etiquetas, en realidad esto perjudica a “los que les da pena hablar en clase, preguntar algo que no entendieron, decir que no leen en inglés a tanta velocidad, que se endeudan para poder comprar la ropa que creen que se ve bien en su nuevo contexto”.

Varios estudiantes entrevistados nos dijeron que la comunidad uniandina debería hablar del tema transversalmente, escuchar las múltiples voces y cuestionar las propias prácticas y crear una cultura más solidaria e integrada.


Álvarez explica que algo que los profesores pueden hacer es hablar con los estudiantes sobre sus experiencias de movilidad social: “hablemos de cómo nuestros papás no nos leían de noche, no fuimos al mejor colegio, no nos llevaban a museos, estaban endeudados, etc. [...] cuando cuento que mis papás eran campesinos, migrantes [...] muchos estudiantes se sienten más cómodos y empoderados para compartir sus propias historias”.


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Por: Santiago Amaya





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