• El Uniandino

Los rostros del regreso


La estación de transmilenio Universidades llena, estudiantes subiendo por la calle 22 frente al parqueadero del edificio Santo Domingo, gente comprando en los puestos de venta ambulante, una persona tocando la guitarra. Dos amigos paseando a sus perros dicen: "volvieron los estudiantes, esto le da alegría al parque".



Los Rincón crean un recuerdo


Un padre le toma fotos a su hijo frente a Banderas. José Alejandro Rincón, el hijo, vino de Ocaña para estudiar economía. Es de “tercer semestre, pero prácticamente primero”, pues es la primera vez que viene al campus a estudiar. Rolando Rincón, el padre, es odontólogo y está haciendo del primer día (efectivo) de su hijo una experiencia para recordar.



—Es raro porque ya conozco a la gente, lo que quiero es cuadrar para vernos. Mis amigos, que son de acá, ya han venido y dicen que es muy diferente a como estaban las cosas cuando empezó todo.


— ¿Qué esperas de este semestre?


— Quiero que se mantenga presencial y experimentar qué tal son las clases, entrar a un salón de Los Andes es algo que nunca he hecho. Siento emoción de empezar, es la primera vez que vengo.


Mientras esto sucede, el papá de José Alejandro nos toma fotos a la par que explica: “esta foto es para la historia, hay que tomar del pelo con todo esto”.


— ¿Está feliz de que su hijo empiece presencialmente?


— Sí, es lo mejor. Parte de la educación es poder intercambiar con la gente, es lo que te forma como un ser humano completo.



Alicia lleva un termo en la mano


Alicia es profesora del departamento de matemáticas y hoy tuvo que dejar a sus dos hijas pequeñas en casa para ir a trabajar presencialmente. Este semestre tendrá 36 estudiantes a su cargo en una clase de Cálculo Diferencial. Hace seis meses, en la virtualidad, fueron 12 presenciales. “Estoy feliz, la verdad, de volverlos a tener. Yo creo que van a ser mis consentidos”.



—Me siento emocionada, de hecho estaba ansiosa, se siente como el primer día, que uno como profesor lo siente: voy a conocer a mis estudiantes y todo. Espero que vayan bastantes a clase y estén juiciosos. La parte académica pasa un poco a segundo plano, empieza uno a buscar más el contacto, el vivir, el salir, el almorzar con el amigo.



Isabella, Juanita y María José se juntan


A las 8:30 de la mañana dos estudiantes corren la una hacia la otra para darse un abrazo caluroso, que contrasta con la mañana fría y el silencio de las pocas personas que a esa hora estaban entrando a la universidad. Son Juanita Ayala y María José Nuñez. Más tarde se encontrarían con Isabella Pulido, una tercera amiga, que es la única del grupo con clases presenciales en el día de hoy.




Isabella: Es raro porque hoy sí se siente como el primer día, antes era muy esporádico y venía muy poquita gente, pero hoy se siente de verdad.


Juanita: Es chévere estar de regreso, no sabemos dónde quedan la mitad de las cosas, pero no pasa nada, ahí lo averiguamos.


Las tres se ríen confirmando cada comentario que hace la otra.


— ¿Qué sienten hoy?


— Yo no vine a hacer nada – vuelven a reír las tres – el semestre pasado veníamos solo a ver clases virtuales y a conocer la universidad, pero es muy diferente hoy. Se ve el parqueadero con carros, la gente caminando y hablando, este ambiente universitario inspira mucho más que estar sola en la casa, lo hace sentir a uno más motivado. Es como, ahora sí, estar en la universidad.



Santiago tiene un balón


Santiago Gómez está sentado al frente del edificio Lleras, con un balón en sus pies. Entra a su primer semestre de derecho. Y este semestre hará algo inimaginable para muchos desde que empezó la pandemia: venir todos los días al campus.



“Me siento muy feliz y contento de estar aquí”. Tiene solo una clase virtual y verá fútbol este semestre. “No hay nada como estar con los compañeros, con los amigos. No hay nada como aprender en el aula. Ya era hora de volver después de tanto tiempo”.



Maritza Cuartas llega a las seis de la mañana


Y desde hace 17 años tiene un puesto de venta informal en el parque Espinosa. Tuvo que cerrar por la pandemia y “dedicarse a vender tintos puerta a puerta”. En su discurso se nota que está indignada por todos los meses en los que las instituciones han estado cerradas y los estudiantes no han ido al campus. “Sin la universidad, este es un sector que a mí no me sirve”, dice.



— Yo espero que todo se normalice porque esta situación lo perjudica a uno y a los estudiantes. Hoy en día si no se atiende presencial mucho menos virtual. Yo creo que la gente va a empezar a venir poco a poco, pero ya es diferente la sensación, esa reja antes ni la abrían —dice señalando hacia el Mario Laserna—. Hoy voy a esperar a ver cómo se mueve el día, dependiendo de eso me voy más temprano o más tarde, pero ha sido muy diferente ver a todas estas personas, yo creo que la soledad mata a todo el mundo.



Harold invita a pasar


Frente al Centro Cívico, un edificio recién terminado, los transeúntes se detienen a observar con curiosidad. De pronto Harold Ramírez, guarda de seguridad desde hace 11 años, hace una invitación: “Si quieren entren a conocer, monis”. A Harold hay que perseguirlo porque lleva afán: es su descanso para tomar algo.



—¿Cómo fue tu trabajo durante la pandemia?


—Ha sido difícil porque uno tiene cariño hacia los estudiantes. Su ausencia me impactó, la universidad no es la misma, es algo muy triste. El alma de la universidad se pierde.


En la tienda “Doña Blanca” Harold saluda a las vendedoras y entre risas dice: “Me están entrevistando, ya me volví famoso”.


—¿Qué le quisieras decir a los estudiantes?


—Que los queremos mucho, que Dios los acompañe, los guarde y los cuide. Y que vengan al campus, que es un sitio seguro, aquí se cumplen con todos los protocolos de bioseguridad. Aquí es un lugar perfecto para estar y estudiar. No tengan miedo, que le pierdan miedo al bicho. Que aquí nosotros siempre vamos a estar dispuestos a cuidarlos.




Por: Liliana Marcela Cuadrado Gonzalez, Santiago Amaya Barrantes




0 comentarios