• El Uniandino

La pandemia no ayudó a la naturaleza

Lorena Neira Ramírez es bióloga Uniandina enamorada de los ecosistemas marinos. Escribo en mi tiempo libre. Creo que la opinión pública rige el mundo. Aquí su columna "La pandemia no ayudó a la naturaleza". Para contestar la columna envíe su propuesta a periodicoeluniandino@gmail.com.


La ciencia y la naturaleza misma nos vienen alertando con fuerza sobre la creciente amenaza que representan para la humanidad el surgimiento de pandemias y desastres naturales principalmente originados por el afán de generar riqueza económica, ya que han deformado los entornos naturales y deteriorado la posibilidad de supervivencia de la diversidad biológica del planeta. La pérdida de biodiversidad que observamos y de los espacios que esta biodiversidad ocupa, son los factores que aumentan el riesgo de aparición de enfermedades infecciosas. Por ejemplo, los eventos zoonóticos (donde enfermedades infecciosas saltan de animales silvestres a comunidades humanas por algún efecto de modificación de hábitat), fue la posible causa de la pandemia del COVID-19.


Ahora, lejos de ver la pandemia como un producto de las industrias extractivistas absolutamente desreguladas y del desastre ecosistémico que representa la forma en la que nos relacionamos con el mundo natural (de la destrucción del hábitat y el tráfico de la fauna silvestre), el mundo se emocionó compartiendo noticias sobre cómo el planeta estaba enverdeciéndose mientras nos ausentábamos de la naturaleza encerrados en casa. Jaguares caminando por centros comerciales en México, pumas en barrios icónicos de Santiago de Chile, venados en Japón y delfines en la bahía ahora azul turquesa en Cartagena son las imágenes que se me vinieron a la cabeza mientras recordaba como muchos trataron de encontrar lo positivo de la pandemia casi que señalándola como un boleto de paz y salvo del impacto humano sobre lo natural una vez volviéramos a la normalidad. “La naturaleza está respirando”.


El cambio climático es real y es raíz y consecuencia de todos los males modernos. Pocas veces quiénes nos dedicamos a investigar y estudiar sus impactos desde ecosistemas marinos, acuáticos y terrestres y/o desde sus distintas dimensiones humanas encontramos formas precisas e impactantes de traerlo a la realidad del público. El cambio climático, al igual que los mecanismos a través de los cuales sucede la evolución, es complejo de entender y de explicar. Distinto al fenómeno de la gravedad, la estabilidad de los ecosistemas naturales, por ejemplo, depende de un sinfín de dinámicas macro y microscópicas que suceden en un constante continuo y que direccionan juntas hacia el equilibrio o el desequilibrio, y en esa medida es frustrante no poderlo explicar con la analogía de una manzana que cae de un árbol.


Es frustrante porque la acción es urgente. Vuelve a mi mente una noticia protagonista de la pandemia. El COVID fue creado en un laboratorio. Para no pagarle a pensionados. Para reducir la población mundial. Inserte aquí todas las conspiraciones que haya escuchado, porque para la conspiración no hay límites lógicos y precisamente en esa ausencia de verdad corroborable se alimenta y crece. Mi teoría de conspiración particular y personal, y si en mi mente algún día cupiese una, sería relacionada con lo siguiente. Los grandes explotadores de recursos no querrían ni en sus peores pesadillas que se relacionara algo que nos afectó tanto, esta vez sí a la inmensa mayoría, con sus prácticas de explotación no reglamentadas para servir al bienestar común, y por tanto insostenibles. Al contrario de muchos otros estragos del cambio climático como huracanes, mareas altas que se devoran islas enteras, sequías e inundaciones de cultivos que parecieran afectar de manera desproporcionada siempre a los más vulnerables, la pandemia encerró, quebró y les quitó seres queridos a aquellos a quienes (espero) de manera ahora cada vez menos inconsciente participan como consumidores y voces apáticas de las dinámicas que nos hacen los incendiarios de lo que estuvo y funcionó antes de nosotros: los sistemas naturales.


Qué importante oportunidad de aprendizaje seguimos perdiendo hoy con la pandemia para discutir la manera en la que la forma en la que nos relacionamos con la naturaleza nos hace y la hace nuestra enemiga. Como efecto contrario, hemos observado gran parte de la atención de los medios alejarse de los problemas ambientales. La sensación de bienestar ambiental general que la pandemia evocó, sigue siendo temporal y casi imaginaria. Invito a la persona que lee esta columna en este momento a que piense en la pandemia vivida como un recordatorio de la relación irresoluta y frívola que tiene nuestra percepción de la riqueza y la naturaleza como antónimos, y el poder que puede tener el más pequeño de los microorganismos para deteriorar todos aquellos espacios en los que vivimos la vida.



Si alguna vez hubo un momento para redefinir los objetivos públicos y caminos hacia el desarrollo, es ahora. Las alternativas a los modos actuales de desarrollo tienen que empezar por cuestionar qué es lo que nos urge lograr en el ámbito social con el menor daño a los sistemas ecológicos. Necesitamos preguntarnos porqué un bosque sólo posee valor económico talado y no respirando, por qué las variedades vegetales de las ciudades son ornamentales y no árboles frutales locales, por qué las nuevas generaciones de agricultores y campesinos cada vez tienen menos oportunidades de permanecer en el campo y finalmente por qué a pesar de que constantemente hacemos uso de servicios ecosistémicos, del valor económico de la naturaleza aún se habla tan poco. Es fácil olvidar que somos también parte de la naturaleza, pero es imperativo recordar que la biodiversidad no es sólo bonita sino fundamental para nuestra supervivencia y para una economía más resiliente, y esto va a depender única y exclusivamente de que los comportamientos de consumo y producción sean más compatibles con la diversidad biológica. La pandemia no ayudó a la naturaleza, pero nos abre una ventana de oportunidad para que, a través de las decisiones tomadas por la industria y los gobiernos, moldeados por la opinión pública, podamos definir el capital natural y el bienestar social como el verdadero camino del progreso.

Por: Lorena Neira Ramírez. Bióloga Uniandina enamorada de los ecosistemas marinos. Escribo en mi tiempo libre. Creo que la opinión pública rige el mundo.


*** Esta columna hace parte de la sección de Opinión y no representa necesariamente el sentir ni el pensar de El Uniandino


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