• El Uniandino

Encuentros y reencuentros del retorno al campus

Al que se le varó el bus


“Voy varado”, nos dijo el conductor del bus a los pasajeros en el barrio La Macarena, a cinco minutos de llegar a la estación Universidades.


De pronto, una voz pregunta:


— ¿Para llegar a la Universidad de los Andes?


El conductor hace un manoteo que indica la ruta. Yo me atrevo a decirle al que preguntó que soy de Los Andes, que nos vayamos juntos. Mientras caminamos en medio del ruidajo de la carrera quinta me dice que se llama Juan Diego, y que está en su primer semestre de geociencias.



Usa mucho los diminutivos y se queja porque ya perdió su clase presencial.


— Curiosamente antes de salir mi tío me dijo: no salga tan apretado de tiempo que uno nunca sabe. ¿Y qué probabilidad había de vararnos?


Juan Diego viene de Cali y dice que le hace falta el “verdecito” en la ciudad. “La partida ha sido dura, soy el primer hijo que se va lejos, me tuve que ir rápido para que no me hicieran llorar”, dice al referirse a la reacción de su familia cuando viajó.


— ¿Y cómo vas con las amistades?


— Pues hasta el momento tú eres la primera



Regresar entre risas: Juliana, Isabella y Juan Sebastián


En el camino de cemento que nace del Franco y cae en la emblemática Plaza de la Pola, se encontraban Juliana, Isabella y Juan Sebastián hablando y compartiendo un café. Los tres son estudiantes de matemáticas, y esta es de las primeras veces en casi cuatro semestres de virtualidad que pueden volver a estar juntos en el campus. Esta vez, sin la presión de las cuarentenas o con el vacío de ver la universidad cerrada.

— ¿Cuál es el mayor cambio que sienten en el campus después de estos meses?

Isabella: Se siente muy raro, me siento triste porque siento que perdí mucho tiempo virtual. Ya me voy a graduar y no tengo recuerdos de hace un año.

Para el grupo de amigos, el estar sentados un día normal hablando y riendo es algo tan simple, pero a la vez tan poderoso, que es imposible reemplazarlo de otra manera. “Conocernos no hubiese sido posible en la virtualidad”, afirman Juliana e Isabella.


Isabella: Nos conocimos porque yo le regalé un esfero a Juliana en la clase introductoria de matemáticas. Eso no hubiese pasado si nos hubiésemos conocido virtual. Ella me dijo: qué esferos tan lindos. Y yo le regalé uno. Cuatro años y medio después, aquí estamos.


Para Juan Sebastián, el encierro de la cuarentena fue necesario para darse un respiro de su larga vida académica: “Llevo mucho tiempo en la universidad, duré cerca de ocho años en total en graduarme de pregrado y de maestría”.

A diferencia de sus compañeras, para él venir al campus es una despedida, pues próximamente viajará a Francia para poder continuar con sus estudios. “Vendré a la universidad hasta que me vaya, viendo amigos, asistiendo a unas clases que me interesan también”, dice.

— ¿Cuál ha sido el lugar que más han extrañado del campus?

Juliana: El H, el departamento de matemáticas.

Isabella: Yo también tengo la misma respuesta. La razón por la que estudio matemáticas es porque aprendí a hacerla en equipo y quiero volver a hacer eso.



La profesora Ana: una inyección de optimismo


A las tres de la tarde el sol baña cálidamente los recién estrenados pisos del Centro Cívico mientras el ambiente se inunda con los sonidos de la construcción y el murmullo de los estudiantes al pasar. Allí estaba Ana Prata, profesora del departamento de Literatura, quien a las 12 pm había dictado la primera sesión presencial del CBU “Poéticas de la casa”, en el edificio Santo Domingo.

— ¿Qué sientes al volver después de tanto tiempo?

— La verdad, fue muy emocionante. Ha sido un día muy diferente a lo que hemos vivido últimamente. La primera clase presencial fue una dicha porque la energía no se puede comparar, uno se da cuenta cuando llega acá.

La profesora habla con optimismo de cómo se siente el nuevo ambiente del regreso.

— La gente está tomando todo con mucho cuidado. Hay un ambiente muy tranquilo, de confianza, de seguridad. Hay espacios nuevos para descubrir. La acogida es fantástica, la gente ha estado muy simpática también. Hay ganas de volver y la gente está animada.




— ¿Qué tiene la presencialidad que no se puede reemplazar?

— Estar presencialmente le añade el contexto espacial, la misma noción del tiempo cambia en un salón. La discusión y el aprendizaje se vuelven mucho más comprometidos. Hoy en el salón los estudiantes estaban muy motivados, muy pendientes, estaban contentos por estar allá y con ganas de ver a sus compañeros, de discutir, hablar de los temas. Eso no se hace de la misma manera en la virtualidad porque uno no es convocado desde la mirada y el entorno a interactuar de una forma más directa. Esta energía vital que se siente presencial no es tan evidente en las plataformas y eso cambia mucho la experiencia, los recuerdos definitivamente van a ser otros.


Por: Natalia Chavarro y Maria Fernanda Alarcón


Fotografías por: Salomé Rubio




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