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El ruido de la historia

Juan Camilo Millán Echeverri es estudiante de Ingeniería Civil con opción en Historia y Economía, un lector y conversador de incertidumbres y mentes irresueltas. Aquí su columna "El ruido de la historia". Para contestar la columna envíe su propuesta a periodicoeluniandino@gmail.com.



Los seres humanos se han tomado el atrevimiento de creerse amos del tiempo, quizás por el afán de sentirse dueños del instante de conciencia que viven o de su porvenir. El pasado y la historia gritan frenéticamente, casi sofocados por los vestigios del presente, las lecciones que han dejado con el paso de los siglos.


La historia ha enseñado que algunas civilizaciones no solo se han regido por una agobiante inmediatez, sino por una constante presencia de comparación y apropiación, ocasionadas a menudo por fuertes forcejeos culturales de inconformismo con el contexto en que se vive, además de la creencia de haber sido arrojados a este mundo en el tiempo equivocado, un sentimiento de insuficiencia e impotencia reiterativo por cada siglo que pasa. Asimismo, advierte sobre la paradoja de la construcción social e histórica generada en el mito y la leyenda, en lo intangible e incluso, en fantasmas.



Respecto a la apropiación, se entenderá como la acción o resultado de que una civilización extraiga elementos de otra sociedad acomodándolos a su cultura o reconfigurando su organización social en torno a ellos. Un ejemplo evidente puede encontrarse en la reconfiguración de la sociedad romana a partir del “heroico” mito griego, donde se llevarían a escala imperial los recursos artísticos, arquitectónicos, religiosos y literarios de las islas del Egeo. Esto se puede considerar como un deseo interno o caprichoso del romano de buscar la virtud en los estándares de belleza occidentales aparecidos en la Grecia Clásica, hasta el punto de acrecentarlos y convertirlos en referentes del desarrollo y de una supuesta unidad continental. No obstante, en el proceso de apropiación se asume, en muchas ocasiones, una unanimidad inexistente en la acción de ceder lo propio y, como indica la palabra, apropiarse de lo otro. Miles de pueblos a lo largo del trasegar difuso que pintan las plumas, mientras los siglos pasan han sufrido más que una apropiación, una contaminación forzada de culturas exógenas controladas por el albedrío de unos grupos dominantes. Esa costumbre distorsionada de denominar “bárbaro” a aquel que no adopta su única y omnipresente moda es una “tradición” que la humanidad ha normalizado y una denominación que comparten, por ejemplificar, los místicos galos europeos con el misterioso indígena americano. Se llama misterioso a este último pues fue precisamente la contaminación externa la que indujo su figura dentro de un desconocimiento histórico o lo sumió en la condena de “bárbaro” si no adquiría un Dios ajeno y admitía “acuerdos unánimes”, costumbres chocantes o trabajaba por servir a los mitos del Dorado y la riqueza americana. En este punto se entrelazan la apropiación con la construcción mítica del instante. El mito convive y se nutre de un mutualismo casi inevitable con la historia, sin uno no existe el otro, solo que la historia advierte del riesgo de convertir en hechos a los fantasmas y a las glorias pasadas en actualidades.


Por muchísimos motivos, tanto políticos, como económicos, culturales y sociales, se ha buscado dejar el destino humano y su futuro en manos intangibles, en los extranjeros, en los dioses y en los mitos que han generado discutibles acontecimientos. Así se puede entender las expediciones propiciadas por los conquistadores españoles en las Américas, estos pretendían casi que otorgar un significado fantástico y mítico a lo que se volvería historia. La llegada a tierras más allá del espumoso e incierto mar, que prometía ríos de oro y bestias incomparables a las de cualquier colonia europea, trajo varios desafíos. Uno de ellos fue la necesidad de generar interés de parte de la Corona española para continuar con la financiación de estos recorridos. Para esto, los cronistas tuvieron que recurrir al misticismo y a la magnificación de lo encontrado en América que quizás, más allá del fundamento económico, advertía de un motivo de preocupación, de un delirio causado por la incomprensión que pudo alimentar el miedo de los conquistadores a que el destino prometedor no fuera tan atractivo (, ni tan prometedor para la causa ocupacionista) para los peninsulares y que se tirara por la borda la causa ocupacionista. Por ello, en la narración de los hallazgos, se comentaba sobre grandes animales similares y a veces superiores, aunque más mansos, a los de África, leones e incluso elefantes aparecieron junto a los animales descritos en el denominado Bestiario de Indias. Esto muestra cómo la figura del cronista sustrajo elementos de otras colonias y necesitó de una comparación de lo que se consideraba “glorioso” para así enaltecer el mito de las Indias Occidentales, y desde ahí construir relaciones e intereses de poder sobre leyendas y comparaciones grandilocuentes difíciles de corroborar hasta ya muy avanzada la colonia.


Así pasó el tiempo y los españoles se quedaron, algunos mitos cayeron y otros se apropiaron, se naturalizó la religión foránea, la organización estatal, el olvido, la aparición de clases sociales inexistentes, hasta la formación de estados independientes. El impacto cultural fue tan fuerte que las estructuras estatales que se impusieron en esa época lograron fundamentarse, muchas en esos 300 años de invasión, hasta hoy en día. Hoy, muchos de los elementos son prestados, las religiones propias y naturales de estas tierras son minorías en su casa, los estados han buscado formarse por un estilo occidental reconfigurando y apropiando ideas a los contextos locales (no en todos los casos) con algunas conversaciones entre lo aplicado y lo aplicable. Pero esto es el ruido de la historia tratando de decir que el territorio que entendemos como Colombia es una construcción basada, en muchos casos, en préstamos, en una sociedad reconfigurada, víctima de una apropiación naturalizada después de un choque cultural agresivo. No debe señalarse como un mal infranqueable, más bien, debe tomarse como un punto de partida para comenzar a retomar lo propio, a abrir los espacios de diálogo y de inclusión, abrirle las puertas a las voces que interrumpieron su historia. Una invitación a no perder la narrativa propia.

Por: Juan Camilo Millán Echeverri. Estudiante de Ingeniería Civil con opción en Historia y Economía. Lector y conversador de incertidumbres y mentes irresueltas.


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