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A propósito de Ralph, ¿por qué los zoológicos son malos?

Stephanie Pedrozo es estudiante de Ingeniería Mecánica en la Universidad de los Andes. Aquí la primera segunda parte de su columna "A propósito de Ralph, ¿por qué los zoológicos son malos? Parte 2: Amenaza para animales salvajes y personas". Para contestar la columna envíe su propuesta a periodicoeluniandino@gmail.com.



Parte 2: Amenaza para animales salvajes y personas


Los zoológicos, lugares visitados por innumerables turistas, excursiones escolares y amantes de animales, esconden bajo la alfombra el martirio que enfrentan día a día sus residentes. Por esta razón, a continuación, se busca exponer brevemente la realidad a la que se enfrentan muchos animales salvajes en estos lugares. Al igual que como sucedió con Ralph, la motivación es la de sensibilizar a las personas para que se enteren sobre los maltratos que los animales salvajes también sufren y, de esta forma, reducir el número de visitantes en los zoológicos.


Además de afectar la conservación de las especies en peligro de extinción, los zoológicos maltratan a los animales que alojan. Esto no siempre es de manera directa, pero la negligencia y las condiciones en las que se mantienen propician una desmejora en su salud. Por ejemplo, cuando los zoológicos no permiten que los animales realicen la mayoría de los comportamientos que para ellos son innatos, como correr, volar, escalar o estar con otros compañeros de especie. Igualmente, cuando a los pájaros se les cortan sus alas para que no puedan volar dentro de los zoológicos, o cuando los animales acuáticos a menudo carecen de agua suficiente, e incluso cuando muchos otros que viven naturalmente en grandes manadas o grupos familiares están solos, o como máximo, de dos en dos. Como afirma Animanaturalis, la caza natural y los rituales de apareamiento son prácticamente eliminados por su alimentación y las técnicas con que regulan la reproducción natural. Estas condiciones suelen dar lugar a un comportamiento destructivo y anormal conocido como “zoocósis” o psicosis de zoológico, que no se presenta en los animales libres y pone en evidencia que los animales de zoológico sí están sufriendo. Los síntomas más comunes de este comportamiento son caminar de un lado a otro, caminar en círculos cerrados, mecerse, balancearse o automutilarse. A veces, para evitar estos comportamientos, los cuidadores les dan antidepresivos, tranquilizantes o medicamentos antipsicóticos para tratar de ocultar su estrés y depresión.



Además de estas conductas anormales, el encierro les puede causar otros problemas de salud debilitantes y disminuye su expectativa de vida. Por ejemplo, un estudio presentado por Animanaturalis y que fue realizado en 4.500 elefantes, tanto en el medio silvestre como en cautiverio, descubrió que la vida media de un elefante africano en un zoológico es de 16,9 años. Mientras que los elefantes africanos en una reserva natural, que mueren por causas naturales llegan a vivir una media de 56 años. De igual manera, otro estudio encontró que había una preocupación por el bienestar de todos los elefantes en el Reino Unido. Ya que, según Freedom for Animals, el 75% de los elefantes tenían sobrepeso y solo el 16% podía caminar normalmente, el resto tenía varios grados de cojera. Menos del 20% estaban totalmente libres de problemas en los pies.


Aunque casos de este tipo son lamentables, lo que sucede con los animales “excedentes” lo es aún más. De acuerdo con la organización de periodismo sin fines de lucro llamada Sentient Media, un animal excedente es: “aquel que ha hecho su contribución genética a una población determinada y no es esencial para futuros estudios científicos o para mantener la estabilidad o las tradiciones del grupo social”. Como los zoológicos por lo general consideran que los animales que mantienen son simple mercancía, estos animales excedentes son con frecuencia comprados, vendidos, prestados, almacenados en bodegas y negociados con otros zoológicos, coleccionistas privados o circos. Todo lo hacen sin la más mínima consideración con los vínculos que han formado los animales y el posible trauma que pueda causar la separación. Igualmente, otra manera de deshacerse de estos animales, que sobran y gastan recursos, es matándolos o vendiéndolos a comerciantes de animales exóticos poco éticos. Un ejemplo que indignó al mundo, es el de la jirafa completamente saludable Marius. Esta jirafa fue asesinada por el zoológico de Copenhague y entregada a los leones como alimento, porque su genética era muy parecida a la del resto de jirafas y, por ende, no servía para los programas de cría en cautividad.


Los zoológicos además de maltratar animales y encerrarlos sin ninguna necesidad como se mencionó en la parte uno, son la causa de accidentes en donde los perjudicados pueden ser los animales o los humanos. Estos son algunos incidentes que sucedieron en zoológicos según la organización sin ánimo de lucro Animanaturalis:


En el año 2007 asesinaron a tiros a una tigresa siberiana después de haber matado a una persona y herir a otros. Un año antes, la misma tigresa había mutilado a uno de los cuidadores del zoológico.


El 9 de mayo de 1999 en España, tres tigres del Safari Park de El Verger atacaron a dos ciudadanos alemanes, matándolos en el momento del ataque.


En 2007, dos tigres del zoológico de Guwahati, al norte de la India, atraparon a un visitante del zoológico que intentaba tomarles una foto. La víctima falleció a causa de la gravedad de las heridas provocadas por los dos tigres.


El mismo año, un elefante del zoológico de la ciudad de Pereira mató al veterinario enterrando uno de sus colmillos en su tórax y abdomen.


En 2008, un joven de 30 años fue engullido por una serpiente pitón de 3 metros, en el zoológico Francisco de Miranda de Caracas. El occiso, experto en serpientes y estudiante de biología de la Universidad de Los Andes, llevaba 9 años trabajando en el terrario donde fue atacado por la serpiente.


En conclusión, la proximidad entre humanos y especies salvajes que existe gracias a los zoológicos puede ser bastante peligrosa. Para los animales porque sufren constantemente de maltratos, y hasta asesinatos, a tal punto que se comportan de manera extraña. Mientras que los humanos arriesgan sus vidas de manera eludible. Si esto se toma en cuenta, es evidente que no vale la pena ir a los zoológicos sólo por entretenimiento.


Por: Stephanie Pedrozo. Estudiante de Ingeniería Mecánica en la Universidad de los Andes.


*** Esta columna hace parte de la sección de Opinión y no representa necesariamente el sentir ni el pensar de El Uniandino.


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