• El Uniandino

Reflejarse en Euphoria

Esta reseña cubre los primeros cuatro capítulos de la serie, por lo cual lo ocurrido en los episodios sucesivos no está comprendido en la nota.

Estoy en mi cuarto en medio de la noche. La oscuridad se ilumina por la pantalla de mi computador. Las historias que se desarrollan en ella no solo suceden ahí y no solo las estoy mirando. Pasan en este espacio íntimo y personal. Las veo en soledad y, aunque en ese momento no lo sé, me pongo en una posición vulnerable. Siento intriga por ver una serie de la que se ha hablado mucho en los últimos meses, pero también me llena una sensación de estar haciendo algo que no debería. Me pasan escalofríos tan solo con el inicio de Euphoria y pronto me encuentro reflejada en Rue, no tanto por el parecido con el personaje, sino por lo vívidos que son sus retratos de la ansiedad. Mucho de lo que se muestra yo lo podía sentir y lo había vivido ya en esa misma habitación. Cada vez más, la serie se adueñaba de las sombras de mi cuarto y, antes de hacer de eso un agujero negro, tuve que cerrar el computador.


Muchos de los temas de los que se habla en Euphoria los encuentro muy sensibles y después de esa noche no puedo evitar sorprenderme de la cantidad de personas que han visto la serie completa. Sobre todo, por el momento de mi vida en que la vi, para mí fue claro que, por mi salud mental, lo mejor era no terminarla e incluso así lo poco que vi logró dejarme despierta el resto de la noche. Las dimensiones de lo que puede desencadenar revivir experiencias personales a través del reflejo, así sea de solo detalles presentados en pantalla, me parece, desde entonces, muy delicado y más por lo incontrolable que es, a pesar del cuidado que puedan tener los directores, actores y demás participantes. Al ver el lanzamiento de una segunda temporada, el comunicado de Zendaya confirmaba lo que yo pensaba. Hacía una advertencia de lo difícil que puede ser ver la serie y hacía un llamado al cuidado de la salud mental.


Hace pocos días me encontré en Instagram con una escena de Euphoria que conectaba con algo que venía pensando las últimas semanas. Despertó en mí curiosidad al tener un mensaje que me parece tan importante para reflexionar y me sorprendió encontrarme dándole vueltas a la idea de si retomarla o no.


Kat está tumbada en el sillón, sumergida en internet, y de pronto empiezan a aparecer los influencers de la pantalla en su cuarto. Está deprimida y se ve enfrentada a los comentarios sobre amor propio que circulan hoy en día en Internet, a lo que la voz en off de Rue llama “self-help cult”. La escena culmina con las influencers gritándole a Kat “ámate”, “busca ayuda”, “es culpa del patriarcado” al mismo tiempo que ella. Cuando llega el corte me encuentro paralizada por lo cercana que es la escena, no solo para mí, sino para cada persona de esta generación que está consumida por el Internet, en donde la intimidad se encuentra a flor de piel. Compartimos todo lo que hacemos siempre que sea “aesthetic” y todo lo que sentimos siempre que parezca sacado de un libro de crecimiento personal. Es un mundo que nos dice “fake it till you make it” y lo cierto es que es desgastante. Los procesos emocionales son largos y difíciles, no se reducen a videos de 15 o 3 minutos de personas blancas y privilegiadas. Es necesaria una visión más amplia, diversa y realista, que es a donde Euphoria parece apuntar.


Definitivamente no soy la misma persona de hace 3 años y medio, he madurado, he pasado cuarentenas en soledad y he aprendido a lidiar conmigo misma. Quería ahora abrirme a escuchar y ver más de lo que trae Euphoria porque parecía tener algo por decir.


¿Qué me quería decir Euphoria?


Me encontré maravillada y decepcionada muchas veces y al mismo tiempo. La respuesta a esa pregunta es ambigua porque hay momentos donde parece que sí pero, quizá, los consume el intento de ser una serie adolescente. Por ejemplo, el tiempo en pantalla que tiene la relación cliché de Maddie y Nate –la típica chica popular y el típico chico malo– de las que está saturado el mundo del entretenimiento. El momento más significativo fue el mismo que me motivó a ver la serie y, quizá, el que me toca más profundamente es la escena de Rue en la iglesia.


Pinturas, películas y animaciones recrearon las escenas más reconocidas del amor en el arte. “No creo que entiendan cuánto amo a Jules”, dice Rue y, a continuación, Jules se convierte en Venus, Rose y Blanca Nieves. Este experimento visual es maravilloso y una forma conmovedora de representar lo que siente Rue sin necesidad de más palabras. Eso es lo que hace Euphoria con sus imágenes, toda la estética habla de lo que hay entre líneas y en lo profundo de cada personaje. Esta segunda temporada se trata del amor. Cassie hace todo por el amor de Nate, Maddy se da cuenta de que realmente ama a Nate, los problemas de amor propio de Kat, y Jules quien cree que Rue no ha recaído, a pesar de ser claro, porque la ama. Se propone una reflexión de lo que trae consigo la cuestión de querer amar y ser amado, pero se ve opacada por la narrativa de las historias de los personajes, en dónde quienes tienen una propuesta más interesante como Kat se ven ensombrecidos por los demás. Hay una potencia que, hasta el cuarto capítulo, no se ha alcanzado pero que espero que en los restantes se encuentre.


En contraste con Kat está Rue, el personaje que ha sido retratado de forma más franca. La actuación de Zendaya, y su capacidad de mostrar de forma cada vez más desgarradora su adicción a las drogas, es increíble. Euphoria se encuentra en medio de romantizar y mostrar de forma cruda las vivencias de los personajes muy de cerca. El uso del maquillaje, el color y un encanto cinematográfico en cada cuadro de pronto desaparecen y nos encontramos a Rue en el piso del baño. La serie es una hipérbole constante que conduce a un final que a mí me parece inevitable y la solución más sensata y contundente a como han retratado la recaída de Rue, que ella muera. Esta visión amplia, diversa y realista tiene un enfoque profundamente negativo al abarcar traumas sin darles solución alguna. Por esto no me refiero a que sea malo, simplemente es otro enfoque; es un encanto agrio de la serie, su sinceridad. Es por eso por lo que me resulta una serie muy fuerte para ver, además de solo el contenido explícito, y más para cierto tipo de audiencias menores o con problemas de adicción. La escena de Rue abrazando a su papá me llenó los ojos de lágrimas, me rompió el corazón y sembró en mí alguna esperanza.


La razón por la que ver la serie fue mucho más fácil esta vez es la misma que me deja con una sensación de que hay algo que no vi. Me hace pensar que el propósito de la serie sí debe estar ligado de una u otra forma con alterar al espectador. Eso es lo que hace que este se cuestione el porqué hay cierto personaje o situación que le afecta tanto. La pregunta sobre hasta qué punto se debe exponer la salud mental de cada uno para cumplir con ese propósito es algo que sigo sin saber responder. Pero sí marca la diferencia encontrarse en la pantalla con algo que revuelva el estómago que va más allá de las imágenes explícitas o psicodélicas. Si bien hay situaciones más fuertes, la profundidad en los personajes me deja deseando que el final de la serie cambie mi opinión.



 

Por: María Fernanda León Ayala