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Old Disney, una hermosa nostalgia

A mis 7 años tenía esta particular costumbre de madrugar los domingos a las 6 de la mañana para bajar al primer piso de mi casa. Me sentaba en el tapete de la sala y prendía el televisor con el volumen bajito para ver las caricaturas que pasaban en Canal Caracol mientras mi familia todavía dormía. Una mañana, se transmitía una película acerca de cómo un niño escuálido y rubio sacaba una espada de una piedra, mientras una tenue luz desde el cielo acompañaba su proeza y todo el pueblo de Londres miraba sorprendido cómo se cumplía la leyenda del rey Arturo.



The Sword in the Stone es una película de 1963 del Canon Animado de Disney, producido en su mayoría por Walt Disney Animation Studios –responsables de clásicos que van desde Blanca nieves y los 7 enanitos (1937) hasta Raya y el último dragón (2021)–. Todas las películas que nos educaron y vieron crecer, esos clásicos animados que se gestaron en una época dorada para Walt Disney Company durante la década de los noventa y principios de los 2000.


Antes de que Disney se dedicara a hacer remakes live-action de sus propios clásicos y previamente a la compra de franquicias como Marvel Entertainment y Pixar Animation Studios, esta empresa se ocupaba en producir, en primer lugar, grandiosas películas animadas. Al mismo tiempo, en la segunda mitad de la década de los ochenta, con la creación de Touchstone Pictures, dejó callados a todos sus críticos, quienes creían que únicamente podía crear películas “infantiles” o aptas para cualquier público. Es aquí donde les pregunto: ustedes son old… pero ¿así de old?


Porque después de la muerte de Walt Disney en 1966, la empresa perdió a sus principales creadores de animaciones. Para finales de los setenta la gran corporación empezaba a poner en duda su estirpe con algunos fracasos en el mundo de la animación y el cine. No obstante, después de algunos líos familiares, dos cambios de director ejecutivo y el nacimiento de Touchstone Pictures, casi diez años después se empezaba a gestar su renacimiento con cintas como La Sirenita (1989) –realizada por Walt Disney Pictures– y ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) –hecha en el marco de Touchstone Pictures–. Y vaya renacimiento. A La Sirenita le siguieron La bella y la bestia (1991), Aladdin (1992), El rey león (1994), Pocahontas (1995), El Jorobado de Notre Dame (1996), Hércules (1997), Mulán (1998), Tarzán (1999), Las locuras del emperador (2000), Atlantis: El imperio perdido (2001), El planeta del tesoro (2002), Lilo & Stich (2002), entre otras que salieron simultáneamente pero no tuvieron tanta fama. Prácticamente se estrenó una película por año y, en algunos casos, hasta más de una.


Deténganse un minuto a leer de nuevo los nombres de estas películas para recordar cómo marcaron nuestra infancia, porque más allá de la maquinaria que sacó Disney en los noventa, hay dos caras de una misma moneda: el monopolio detrás de la nostalgia y el dinero a costa de las risas –al mejor estilo de Monsters Inc–.


En contraparte, Touchstone Pictures, a pesar de no tener un ritmo de estreno tan impresionante como Walt Disney Pictures, es el responsable de obras como La sociedad de los poetas muertos (1989), Good morning Vietnam (1987), Pretty Woman (1990), Armageddon (1998), Pearl Harbor (2001), Señales (2002), entre otras. Entonces sí, Disney está detrás de Steven Tyler cantando “I Dont Want to Miss a Thing” antes de que un asteroide gigante acabe con la raza humana –y eso es un extraordinario dato coctelero para una conversación entre amigos–.


Volviendo al tema de la nostalgia que destila Disney, cuando pensamos en un pasado mejor, en sus películas realmente reside una magia que logra encontrar sentimientos que posiblemente no conocíamos cuando infantes, y en algunos casos se abrieron a partir del desarrollo de sus personajes. Más allá de la empatía, crecíamos al mismo tiempo que sus protagonistas, resilientes en sus aventuras, en su desconsuelo, con sus nudos y desenlaces mientras las canciones tradicionales de cada película se marcaban como la banda sonora de nuestra infancia, creando una música que nos alimentaba y al mismo tiempo nos hacía crecer.


Con el tiempo la identidad de Disney mutó, en primer lugar, a una franquicia también muy digna de admiración y cariño como lo es Piratas del Caribe (2003 - 2017). Luego, con la llegada de Pixar a las filiales de Disney en 2006, las animaciones originales clásicas pasaron a segundo plano y se delegó esta tarea a los expertos. De Pixar nació otra gran época que aún nos sigue sorprendiendo en el mundo de la animación.


El tiempo siguió pasando y esta gran corporación en 2010 se hizo con la propiedad de Marvel Entertainment y posteriormente en 2012 con LucasFilm. Monopolizando, de esta manera, gran parte del universo geek del que todos los que crecimos con Disney nos enamoramos con sagas como Star Wars y el ineludible Marvel Cinematic Universe.


Es una gran historia esta de Walt Disney Company, que se sigue escribiendo con la exprimida crónica de Los Vengadores. Sin embargo, para nosotros a lo mejor empezó con un chico escuálido y rubio sacando una espada enterrada en una roca, un genio azul sacado de una lámpara, Eros Ramazzotti ambientando las aventuras de un niño en la selva, o la que puede ser la mejor canción de terapia contra el estrés interpretada por un jabalí y un carismático suricato.


Más allá del monopolio detrás de una empresa como Disney, su posicionamiento en el mundo del entretenimiento ha sido el resultado de una visión cumplida a través de los años. Desde Blancanieves y los 7 enanitos hasta Avengers: Endgame, la firma de Walt Disney ha garantizado siempre una historia que recordar y eso es una gran receta para el éxito.


Al final, Disney es una de esas canciones que te llevan a tu infancia, que te hacen cantar, tener las escenas en tu mente y hasta imitar los tonos en tu cabeza todo el día, de vez en cuando queremos repetir uno que otro clásico y, ¿por qué no?, hacer una maratón del Canon de Disney un domingo en la tarde reviviendo a ese niño o niña interior, creativo y arriesgado en una hermosa nostalgia.

Por: Iván García Laverde



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