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El poder del perro: lo que nos cuenta el silencio de la pantalla

El poder del perro se estrenó el año pasado y salió pisando duro. Tras múltiples premios y nominaciones, ha dejado en alto el nombre de su directora, Jane Campion, y ha deslumbrado al amplísimo público de Netflix ―porque eso sí, la película no tocó la gran pantalla sino que saltó directamente al público de sofá y pijama― con la interpretaciones de un reparto de grandes ligas; Benedict Cumberbatch, Kristen Dunst y Jesse Plemons.

El filme sitúa al espectador, al comenzar, en un espacio agreste que, con imágenes dinámicas y estridentes, hace saber que lo que nos espera es un Western. Todo transcurre en el oeste de los Estados Unidos en 1925, los estertores de aquella era dorada de pistoleros. Ahora bien, es difícil señalar con exactitud la trama de la película. Como espectadores se nos lanza en medio del ruido del pastoreo de ganado vacuno, de las cuerdas de los vaqueros luchando contra las salvajes voluntades de las reses, del olor de aquellos hombres harapientos y su mirada intimidante que da cuenta de la vida sobre un caballo. Comienzan a desarrollarse, entonces, las relaciones y vínculos entre los personajes; por un lado, dos hermanos y su negocio del cuero, el matrimonio de uno de los hermanos con una viuda, por otro, y una tensión constante que parece venir de los fantasmas del pasado e inunda las escenas pero que el espectador no conoce. En pocas palabras ―sin la posibilidad de decir mucho más―, la película trata sobre la deteriorada hermandad de los protagonistas, donde uno constantemente es mezquino hacia la esposa del otro y, pareciera, porque nunca se manifiesta abiertamente, que reprocha su estilo de vida blando, de poco carácter. Este hermano busca mantenerse superior moralmente, pero lentamente se revelan sus propias perversiones. Después, todo acaba con un sabor amargo de crueldad y vileza.


Creo que es importante resaltar el papel de la tensión pues es, de hecho, el sentimiento que predomina dentro del filme; una sensación intranquila, semejante a estar donde no se pertenece ni se quiere, o a constantemente presentir que algo está punto de brotar de lugares oscuros de las personas que nos rodean, en este caso, en la pantalla. Es crucial, creo, porque define un ritmo dentro de la película. El filme ocurre y se manifiesta con poca piedad hacia el espectador; es algo que está sucediendo, no que se está narrando, el espectador es más un testigo que un consumidor de contenido. El espectador no sabe cómo actuar. Yo no supe cómo responder, pues me sentía parte –con total impotencia– de un conflicto abstracto entre terceros que no terminaba de entender bien, pero que, sin duda, me afectaba e incluía pues yo, como espectador, también hacía parte de esa tensión. La compartía y experimentaba en tiempo real.


Analizando lo que acababa de ver, tras la entrada de los créditos, me pareció encontrar la razón de ese “cambio” en el papel del espectador. El hecho de no comprender al cien por ciento la trama y de sentir un conflicto ambiguo que crece pero ni idea hacia dónde surge del empleo fiel de la estrategia narrativa del show, don’t tell (muestre, no cuente). Radicalmente, la directora decidió que todo yaciera frente a la cámara en su exclusiva manifestación para, así, exigirle su significado al espectador; los objetos, las tomas, el diálogo, las relaciones y los sucesos se hacen presentes, se muestran, pero no van junto a una explicación lógica ni ligadas a su relación de contigüidad de las una con las otras. Es una propuesta narrativa que decide ocurrir, no en la trama, sino en el espectador y su respuesta psicológica. Los sucesos de la película se vuelven hipótesis que debe hacer quien la ve, de esa manera, se llama a la interpretación y al cuestionamiento de lo que se presenta; a leer las imágenes y entender los sentimientos. Es una manifestación de lo visual, es una búsqueda por un cine que pueda hablar sólo desde sus elementos más esenciales. Se trata de escuchar lo que narra el silencio de la pantalla.


La película es un Western en donde vaqueros cabalgan el polvoriento desierto de la mente del espectador y atan sus ideas, imágenes y sentimientos como vacas. Eso exige un nivel de dirección altísimo. Es muy meritorio lograr una película como El poder del perro, pues depende totalmente del cómo se muestran las cosas, no sólo del qué se muestra. Recomiendo ver la película si disfruta de películas experimentales que tienden hacia un cuestionamiento artístico y estético, acompañado de una cinematografía audaz y poderosa. Si su estilo de películas es mucho más light, ameno o risible, puede prescindir fácilmente de este filme. Ahora, a pesar de todo, por favor no dejemos de ver películas.



 

Por: Emilio Rodríguez Blackburn