• El Uniandino

El hechizo de las pantallas

Volver a la universidad es toparse con un abrazo, un encuentro, una conversación. Pero después de habitar unos primeros semestres de silencio en lo digital, buscar en el paisaje de lo cotidiano las imágenes que hemos consumido insaciablemente es algo inevitable. Las ropas, sus materiales, colores y texturas se roban miradas, despistes, elogios. Algo en ese monólogo que vemos pasar, efímero, nos atrae; y es la razón por la que, después de meses tan traumáticos, volvemos al internet, a lo virtual. Visitamos perfiles de amigos con los que ya podemos hablar e incluso de desconocidos con los que no planeamos charlar nunca, pero que observamos en búsqueda de algo más: encontrarnos, vernos reflejados, lo que somos o nos gustaría ser.



La moda y el internet se han vuelto el medio de expresión de nuestras subjetividades, que toman formas y se modifican como usuarios de una red social. Es el performance contemporáneo y cotidiano. La imagen digital tiene el poder de seguir perpetuando concepciones binarias de género por las que el dedo pasa y se desliza. Es importante analizar lo que es puesto en las redes sociales en el día a día, y ver cómo reflejan y alimentan la construcción social de género. Particularmente, yo he encontrado poder en las nuevas plataformas de streaming porque han dado paso a narrativas innovadoras sobre género en series que se promocionan y se viralizan por medio de redes, tal es el caso de Generation, Euphoria y Sex education.


No hace falta introducir a la serie británica, pero al entrar la curiosidad más mínima, basta con ver los primeros cinco minutos de la última temporada para darse una idea de su contenido: escenas sexuales sin más filtro que la canción I think we're alone now.


Nunca dejará de hacer falta hablar de educación sexual; pero, más allá de algo tan obvio en su propuesta, lo que parece más disruptivo son las representaciones masculinas. Especialmente, la pareja de hombres compuesta por Eric y Adam representan –sin verbalizar y desde dos estéticas completamente diferentes– lo que es ser hombre. Por un lado, Adam refleja lo tradicionalmente masculino y, por otro, Eric una masculinidad menos tradicional. El segundo se expresa de forma extravagante, mediante prendas con colores vivos, estampados llamativos; explora el uso del maquillaje y los tacones. A pesar de parecer una relación que imita los roles de género masculino-femenino, la dinámica de la pareja se opone a esto ya que Eric no obedece a lo que se espera del arquetipo femenino: suavidad y pasividad. Tampoco se habla nunca de su expresión estética como sinónimo de no identificarse como hombre.


El desarrollo del personaje de Adam, que explora con dificultad la vulnerabilidad de las emociones, muestra los efectos colaterales de haberse formado como hombre desde un hogar y contexto muy machista. Dentro de ese proceso, Adam explora el maquillaje, aunque no se apropia de él. La vestimenta de ambos personajes, como la forma en que la usan, es una propuesta performática con la que la serie busca transformar lo socialmente percibido como masculino, llegando a impactar en el continente americano y europeo gracias a las plataformas digitales.


Además, el éxito de esta serie es a nivel mundial y plataformas como Instagram le dan espacio a la expresión de la propia identidad. Al compartir imágenes de Adam, Eric, o cualquier celebridad de internet, estamos comunicando un parecer y promoviendo, en este caso, una postura frente a lo que para nosotros es el género.


Ese lenguaje, que también está en las publicaciones propias, las imágenes de nuestro feed, la publicidad no solicitada, es la construcción social de género de la que hablaba Judith Butler. Ella proponía que el género era un entendimiento colectivo que se daba a través del lenguaje común y de comunicación no verbal dentro del performance por medio del cuerpo. Premisa que era difícil de entender por ese lenguaje que parecía tan secreto en la época, tan intrínseco en el performance de Butler y que es hoy en día la imagen ordinaria y digital. La diferencia es que, ahora, tiene un súper poder: el de viajar alrededor del mundo en un segundo y tener un impacto, y la muestra de eso es Sex Education. Pero para una comprensión más cercana, ese perfil de Instagram desconocido por el que pasamos a diario y la oda al ego que nosotros alimentamos en ese lugar son un performance que hace parte de algo más grande que no se debe subestimar.


Por otro lado, hay que tener en cuenta que lo digital tampoco es un mundo de fantasía, sino que se encuentra en un plano real de una sociedad llena de intereses económicos. Por eso no hay que perder de vista que las imágenes ordinarias de internet suelen ser las que más buscan influenciarnos para comprar y, detrás de muchos usuarios de internet, puede haber un equipo de publicidad y marketing. También este plano real está impregnado de machismo y misoginia, a los que la cultura del entretenimiento ha tenido que servir hace mucho más tiempo que el internet. Las imágenes del mercado, que quieren entrarnos por los ojos como sea, suelen retratar el binarismo de género de forma tradicional o las identidades diversas desde lo más estereotípico. Basta pensar en celebridades famosas por haber sido hiper-sexualizadas –y después marcadas de locas– como Britney Spears, cuyos casos ya se han desenmascarado como abuso y explotación; o reflexionar sobre todas las películas de parejas lésbicas que están dirigidas por hombres heterosexuales blancos, como La vida de Adele (spoiler, también hubo abuso), que retratan de forma no realista las relaciones para complacer al público masculino.


Estamos en un momento crucial de cambio, en donde el éxito de Free Britney y Sex Education en las redes sociales muestra una mirada crítica e interesada por el performance que se da en este espacio. A pesar de poder regresar a lo presencial, seguir volviendo a lo digital y negarnos a una cotidianidad sin ello debe ser la búsqueda de una transformación desde el performance. Es importante comprender las construcciones sociales desde allí, en la imagen ordinaria que navega en un mundo sin fronteras, cuyo poder no podemos ignorar solo por ser paisaje cotidiano. En especial las que conciernen al género, al tener un impacto en nosotros como individuos y estar involuntariamente plasmadas en todos nuestros movimientos, capturadas en pantallas y parpadeos.


 

Por: María Fernanda León Ayala