• El Uniandino

El arte de habitar un tren


Cuando vi “El tren” (1975), de Romare Bearden, recordé el viaje que hacía todas las mañanas a la misma hora. Caminaba hasta el lugar en el que tomaba un bus con mi mamá a diario, yo para ir al colegio y ella para ir a trabajar; pero no era solo yo, eran todas las personas que recorrían el mismo camino, a quienes aprendí a conocer en cada viaje, los que se subían más adelante y los que se bajaban. Mi mamá y yo aprendimos a conocer a dónde iban y de dónde venían, y verles se sentía como estar sentadxs todxs en una sala mirándonos como gente que se conocía de toda la vida, esa fue la primera sensación que me evocó este collage.



“El tren” habla de una reunión en una casa y los rostros ocupan gran parte de la imagen, es lo que primero vemos de las personas reunidas. Los ojos se posan en quien ve la obra como miradas familiares, como si le estuvieran viendo de frente y le conocieran. El uso de distintos recortes en algunos de los rasgos da el efecto de haber sido ligeramente alterados por la memoria. La sensación que generan las cosas sobre la mesa –el pedazo de patilla, el tazón, la niña sentada en las piernas de la señora, la proximidad de todos– es de cercanía. A lo lejos, en la ventana, se ve un tren andando.


Bearden, Romare. The train. 1975. MoMA, Nueva York. Web.


“El tren” es un collage de Romare Bearden, un artista afroamericano estadounidense que vivió su infancia entre Carolina del Norte y Harlem, en ambos lugares los trenes hacían parte del paisaje. Bearden también estuvo parte de su infancia en Pittsburgh, ciudad del norte, en la casa de su abuela materna entre zonas industriales. Para el artista, los trenes significaban no solo la migración negra de los estados del sur al norte, sino también el viaje cotidiano de la casa al trabajo y del trabajo a la casa de las comunidades negras que habitó. Su obra habla de esa cercanía, de la cotidianidad de los trenes que aparecen con mucha frecuencia en el horizonte cercano y que son un elemento constante en su arte, encontrándose en sus collages, pinturas, música y su poesía.


En esta obra, el tren de la ventana marca una línea horizontal que compone al paisaje como un fragmento. A simple vista se notan distintas texturas, colores y formas en los retazos que se amontonan unos sobre otros. Sobre este collage ya realizado se utilizó el fotograbado, que es una técnica para obtener impresiones en relieve mediante el uso de un molde. El nombre de la técnica viene de la creación de dicho molde, pues en él previamente se da la transferencia fotografías, las cuales, al ser reveladas por la luz y limpiadas por un solvente, forman el negativo en relieve de la imagen a imprimir. Con esta técnica Bearden pretendía agregarle nuevas profundidades, texturas y colores a la obra, como un gran mosaico, simulando así las colchas cubiertas por capas de retazos de tela –o quilt– hechas por las mujeres afroamericanas a lo largo de todo Estados Unidos –denominadas quilters–. Dice Elsa Brown en su artículo African-American Women's Quilting: “las quilters afroamericanas no parecen interesarse por un esquema de color uniforme. Ellas usan varios métodos de experimentación con el color para crear impredecibilidad y movimiento. Un color fuerte puede yuxtaponerse con otro color fuerte, o con uno débil; los colores claros pueden ser usados junto a colores oscuros o ponerse juntos una vez y nunca más. Las comparaciones son hechas entre colores similares u opuestos al mismo tiempo en la misma colcha.


El contraste es usado para estructurar y organizar.El collage y los trenes encapsulan esta naturaleza fragmentaria, diferentes personas y sus diferentes historias en un espacio en el que ahora están juntas así no hubieran pensado en estarlo, como recortes en un collage, que han sido sacados de sus imágenes para hacer parte de una nueva construida a pedazos. También en la improvisación, que es de una gran influencia africana en las músicas norteamericanas, todxs tienen una voz y esa voz no se repite, son como los retazos únicos de tela que se amontonan en las colchas. “Mediante las corrientes de improvisación y variación que alimentan sus raíces, estas conservan siempre su verdor; se perpetúa su vitalidad. Pues dos personas no entonan un mismo fragmento en idéntica forma. No se puede hablar de una versión estándar de ellos. Como en el jazz, cada una lo interpreta a su manera. Se intercalan variaciones de tempo, de ritmo, de melodía, de timbre”, dice Néstor Ortiz Oderigo, teórico y difusor de la influencia africana en las músicas y lenguas de América. Cada colcha es única, como cada elección de color hecha por las quilters, y esa impredicibilidad y movimiento es la que se ve en la obra de Bearden. Sin irnos demasiado lejos, las cantadoras de bullerengue de origen africano en la costa caribe colombiana improvisan los pregones, se canta de una cotidianidad inmediata en la que todxs tienen cabida. En el tren, personas provenientes de diferentes lugares están metidas en un solo lugar, sin embargo, no hay caos, sino diversidad, convivencia con el otro en sus múltiples formas.



El tren representó también el traslado. La migración en masa del sur a las ciudades del norte que, a pesar de las condiciones de profunda violencia e injusticia por las que pasaban las comunidades negras, significó también encontrar un espacio en lo público, la unión y el activismo. Los trenes significaron el traslado de un extremo al otro, pero también el viaje cotidiano de ida y vuelta. Los vagones y las estaciones se volvieron un espacio de sujeción a las dinámicas de ciudad y producción. Los horarios del cuerpo se ajustaron a las jornadas de trabajo y a los horarios de partida y llegada de los trenes. Este espacio, entonces, ya es cotidiano y el viaje no representa una salida, un escape, o una búsqueda de sí mismo. La experiencia del viaje es, en este caso, una reafirmación de lo local más que una búsqueda de lo extranjero, porque no solo se va, sino que también se vuelve todos los días. Los trenes están ahí atados a la vuelta de la esquina de la casa y ya hacen parte del imaginario comunitario. La escena de la reunión en la casa bien podría ser la de un vagón. Hay personas sentadas al frente que ya no son extrañas porque son o se parecen a las mismas que salen a trabajar en la mañana y vuelven al barrio en la noche en los mismos recorridos. El tren se vuelve una segunda casa, otra parte del cuerpo y de la vida.


Es interesante pensar a los trenes en este contexto como un espacio democrático, así como para nosotres lo sería el transporte público en muchos lugares del país, buses que para muchas personas no son una opción, sino un espacio necesario que se convierte en una reunión diaria. Sería ingenuo pensar que su efecto en las comunidades negras no representó ninguna opresión como en nosotres el muy cuestionable transporte público, pero la apropiación y transformación de este espacio es crucial para el ejercicio de resistencia.


Por: Sara Jiménez Serge




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