• El Uniandino

Buscando a Nemo y la forma en que nos enseñó a sentir terror por las niñas

Si Buscando a Nemo fuera alguien, ya sería mayor de edad. Se estaría graduando del colegio o habitaría en alguna universidad –si es que ir al colegio o ir a la universidad fuera propio de alguien como Buscando a Nemo–. Pero no sabemos quién es Buscando a Nemo, no sabemos mucho de ¿él? y ni siquiera podríamos decir con certeza si nos cae bien. Y, sin embargo, saber que ya es mayor de edad nos hace pensar muchas cosas. Nosotros también lo somos y hay algo de Buscando a Nemo que nos conforma: algo hay de su educación que se comparte con la nuestra. Saber que Buscando a Nemo lleva tanto tiempo por fuera nos recuerda que nosotros también llevamos un buen rato creciendo, asimilando el mundo. Preguntarse por Buscando a Nemo es preguntarse por algo de nosotros.



No es tan estéril la pregunta. Podemos saber de dónde viene Buscando a Nemo, dónde nació y quiénes alimentaron tal cosa. Podemos, por ejemplo, preguntarle a su director, Andrew Stanton, de dónde cree que viene Buscando a Nemo. Y él nos podría responder, como ya lo ha hecho en el pasado, que viene de imágenes de su vida: que de pequeño le gustaba ir al odontólogo a ver una pecera como la que vemos en la película en el consultorio de un dentista, y que cuando veía los peces en la pecera sentía que los peces, como Nemo, pertenecían al océano y a él querían volver. Esta imagen nos hace pensar en Darla: Darla, como Andrew, va al odontólogo con la ilusión de ver los peces y, como Andrew, siente un gran aprecio por ellos. Sin embargo, Andrew tiene la misma ilusión que el héroe de la película: que los peces vuelvan al océano. Darla es la villana en Buscando a Nemo y busca, por el contrario, volverse dueña de los peces para amarlos, en su casa y lejos del mar.


¿Qué hace que Darla haya terminado siendo la villana en Buscando a Nemo? ¿Por qué estuvo destinada a causarnos terror, cuando parece paralela a la escena del niño que, empático, fantasea con devolver los peces al océano? Hay algo curioso en ese ser villano de Darla. Ella no es mala: a diferencia de Sid, el villano de Toy Story, Darla no es un personaje que busque activamente hacer daño a los peces, como Sid a los juguetes y, muy por el contrario, lo que motiva a Darla a hacer daño es justamente su gran amor por los peces, el emocionante y descontrolado amor que siente por los peces. Darla es la villana porque no es empática con los peces, podría decir alguien; porque Darla no se da cuenta de que hace daño y los quiere en un término egoísta sin preguntarse por el bienestar de ellos y busca, por ejemplo, hacerlos moverse a su gusto cuando sacude la bolsa de plástico en la que Nemo finge estar muerto. Pero Darla, de forma simultánea, busca entender a los peces y estar en sus zapatos de forma activa en lo que vemos de la película, cuando la vemos decir que es una piraña y que vive en el Amazonas, al tiempo que hace la mímica de morder como muerde una piraña, de hacer pasar por su cuerpo la potencial vivencia de la piraña. A diferencia de Sid, que busca hacerle daños a los juguetes, causar terror a su hermana a través de tal sufrimiento, Darla busca de forma activa ser cercana a Nemo y a los demás peces.


Es posible, incluso, preguntarse si Darla siente terror de sí misma. Hay algo muy complejo en esa relación de Darla con los peces y que nos oculta la película. Este desocultar de Darla es muy peculiar, sobre todo si pensamos en lo usual que es en Pixar un desenvolvimiento de los villanos, a través del cual nos damos cuenta de que no lo son tanto, de que también ellos esconden un entramado de conflictos en los que son los héroes de su propia historia. Sin embargo, en el caso de Darla, tal desenvolvimiento es mudo y, al serlo, abre un espacio infinito de interpretaciones, en el que podemos imaginar que Darla, en su búsqueda de tener un pez –para cuidarlo, observarlo, mutilarlo, quererlo (?)–, en su gran amor por los peces, carga, por ejemplo, con una inmensa culpa por haber asesinado a su anterior regalo, el pez que posa muerto en la foto a través de la cual nos enteramos de la existencia de Darla. Darla, quien ama con vehemencia a los peces, es también quien los asesina.


Esta confrontación entre el amor de Darla por los peces y la mano torpe con la que los trata puede encontrar su paralelo en la literatura colombiana. Puede recordarse la mujer que nos entrega Pilar Quintana en La Perra: la mujer que carga con la culpa contingente de haber visto a un niño ser tragado por el mar, para ser devuelto muchos días después, muerto y pútrido, entre el oleaje sobre la arena; y que, simultáneamente, en ese luto y esa culpa –que es particularmente social y adjudicada por los demás– no puede traer niños a este mundo a cuidarlos como no pudo cuidar a aquel niño de su infancia. Al igual que en Buscando a Nemo, tal relación de culpa se desarrolla a través de su mano dura, de la torpeza con la que lava la loza y se le caen los platos, con la que se descuida de su perra que se pierde entre la selva o la ira que la inunda y que la lleva a al violencia hacia el ser que cree deber cuidar.


Este enorme conflicto –tal vez exagerado por la exégesis– que crece –o puede que crezca– en el interior de una Darla que se nos oculta, cobra relevancia ante los reclamos recurrentes en su momento a los productores de Pixar. “Pixar has a girl problem” dice un reportero del Times magazine. Tenemos, entonces, una matriz de historias que tiene una forma particular de relacionarse con las niñas, como han hecho notar varios críticos en el pasado, y que nos propone, en esta producción, una nueva ventana a su forma de entender el mundo, y a las niñas en él. En su experiencia con los peces, con unos agentes que Stanton desea salvar sin poder lograrlo, ese deseo insatisfecho es mutado en Darla, no en un héroe que logra realizar su deseo fallido, sino como la escenificación de un mal que entorpece tal fantasía. Y no solo lo escenifica a través de una niña, sino que, además, usa una imagen de maternidad malévola como conductor de ese terror que siente Stanton. En palabras de Jaqueline Rose (2018) “la maternidad es ese espacio en el que alojamos o enterramos la realidad de nuestros propios conflictos, de lo que significa ser plenamente humano; es el último chivo expiatorio de nuestros fracasos personales y políticos, de lo que está mal en el mundo, eso que las madres tienen por tarea enmendar, una tarea, como es natural, irrealizable”, y es en ese espacio en el que Stanton propone, en un orden simbólico, tal sentimiento de incapacidad que guarda desde niño, tal tarea irrealizable que Darla entorpece.


Ya han pasado más de dieciocho años desde el estreno de Buscando a Nemo. Dieciocho años de sentir terror por Darla… por Darla pero ¿por quién más? Hay un dato muy particular en la realización del personaje: Darla es el nombre de una de las productoras de Pixar y en honor a ella está creado, y es particular que toda esta carga simbólica que tiene Darla en sus hombros, en sus pequeños hombros de niña, esté también puesta, desde el concepto y la carga simbólica del nombre, en una compañera de trabajo de Stanton. ¿Sobre qué Darla hemos puesto nosotros, en estos dieciocho años, el temor de nuestras tareas irrealizables? ¿Sobre qué imagen de imposible maternidad nuestra inmensa culpa?


Por: Nicolás Munévar