• El Uniandino

Volvió la vida al campus


Son las 7:40 de la mañana y una ligera lluvia cae lánguidamente sobre la ciudad. El cielo está encapotado y los cerros ocultos tras una capa de neblina. A pesar de la hora, no son pocas las personas que, bajo el amparo de sus sombrillas, caminan cuesta arriba por la ligera pendiente que conduce a la universidad.


Andrea Bautista es una de ellas. Lleva la sudadera negra y amarilla que identifica a los entrenadores del Centro Deportivo y, con tinto en mano, camina tranquilamente hacia el Edificio W. Andrea es entrenadora en el gimnasio y, como muchos, hacía año y medio que no venía a la universidad.




—Volví hace una semana. Yo sé que la casa es cómoda, pero hay que venir, hay que venir al gimnasio, a la piscina, a verlos a ustedes, a conocerlos y a entrenarlos.


—¿Cómo ha sido el flujo de estudiantes?


—Entran mucho nuevos, los primíparos llegan a conocer el campus y se enamoran. El problema es cuando pasa un mes, ahí ya les da pereza ir hasta allá. Pero hay gente que se queda, a los les gusta ir al gimnasio o a la piscina a las 6 o 7 de la mañana, y así es durante todo el día.


—¿En cuanto estamos de aforo?


—El gimnasio tiene 4 salas, por cada sala se tienen 10 personas de aforo, por mucho. Entonces cuando eso se llena entre 40 o 50 personas se nota bastante porque quedan en lista de espera.


—¿Qué es lo que más extrañabas de Los Andes?


—Mis compañeros. Hablar, ahora estaba hablando con mis gatos todo el día. Yo vivo en Funza y me encanta venir acá, creo que se me nota. Me da mucha felicidad venir, me gusta mucho la universidad y me gusta mucho mi trabajo. Lo amo.




Abelardo Londoño es el dueño de El Mono, la papelería que desde hace 15 años atiende uniandinos. Comenzó como vendedor ambulante y fueron las mismas necesidades de los estudiantes las que lo llevaron a comprar el local donde actualmente se encuentra.


—La pandemia fue tan dura, tan dura. Me cambió la vida, me cambió la manera de vender, de tratar a los empleados, mi manera de ser… Yo no estaba acostumbrado a hacer lo que el gobierno me dijera sino lo que yo quisiera. Yo creo que eso nos cambió a todos de una forma u otra.

—¿Han venido muchos estudiantes?


—¡Sí! Gracias a Dios. Yo estoy muy feliz de verlos porque a todos se nos compuso la situación de una forma u otra y ustedes le compran a todos los negocios, al de la calle, al del almacén. Yo estoy muy agradecido porque nosotros sin estudiantes no somos nadie. Esto en la pandemia era un desierto y ahora mire la alegría, ustedes están y ahora todo está abierto. Es muy diferente.



Pasa el mediodía y el rector Alejandro Gaviria atraviesa el Edificio Navas apresurado hacia una reunión. La primera pregunta que le hacemos tiene que ver con la logística del regreso.



—Ha superado las expectativas, ayer tuvimos 3500 estudiantes, esperamos que lleguen más. Veo que, a diferencia del semestre pasado, la gente quiere venir. Acabo de estar en el Centro Cívico, están felices, hay un pequeño renacer.


¿Cuál es el aprendizaje de la pandemia para lo que viene?


—Todo nos sacudió un poquito y creo que tenemos que, como universidad, cambiar ciertos temas. Especialmente la forma en que se imparte el conocimiento, la forma en que interactuamos en el campus, y darle a la presencialidad un mayor significado.


¿Personalmente cómo se siente?


—Yo estoy feliz, no puedo decir otra cosa. Estuve en este campus en los últimos 3 meses y siempre utilizaba la misma frase: era fantasmal. A veces daba una vuelta solo y se sentían los pasos, la soledad, el silencio de un espacio que está hecho para la interacción. Es un renacer, es volver a la vida, es ver lo que hacemos como educadores volver a surgir.



Eddy Sotelo se dirige al Centro Cívico, donde estará apoyando la entrega de tintos gratis que está organizada por la universidad. Nos invita a pasarnos un rato, para hacerle frente al frío de la mañana. Al proponerle la entrevista, lo piensa dos veces, pero luego de conseguir autorización de su jefe sigue la conversación con confianza.


¿Cómo cambió tu trabajo con la pandemia?


—Nosotros veníamos en época de pandemia como una semana al mes, más o menos, ahora venimos todos los días en horario normal.



¿Qué le dirías a los estudiantes?


—A los estudiantes les digo que bienvenidos. Que nos sigamos cuidando, eso sí, pero que es una alegría verlos acá, es una alegría volver.


Liliana se recuesta sobre Pablo. Están sentados en las bancas del Lleras y a esta hora, 10 minutos para las 9am, el flujo de estudiantes comienza a acrecentarse. Ambos están en segundo semestre y estudian Derecho. Cuando nos acercamos para pedirles la entrevista, Pablo acepta con una sonrisa y Liliana, que es de pocas palabras, como la describe Pablo, asiente. Ella es de Cúcuta y él viene de Valledupar. Se conocieron en virtualidad, y hasta hace unos días finalmente pudieron verse en el mismo lugar.



—Hace poco tuve mi primera clase presencial y el aforo se llenó: tuve que verla virtual fuera del salón… Esa fue mi primera experiencia presencial— dice Pablo entre risas.


Hoy, la cosa cambió.



Por: Stephanie Vargas Rojas, Camila Barreto Cortés




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