• El Uniandino

Una infección de empatía

Durante este último y más reciente pico de la inagotable pandemia suelo encontrarme en charlas con personas conocidas quienes se han contagiado de COVID. Estas charlas repiten ese mismo patrón prejuicioso que se instauró desde el momento que nos vimos obligados a aislarnos: las personas se contagian por algún tipo de acto irresponsable. El mantra de quedarse en casa se convirtió entonces en un compás moral irrevocable.



Hoy, a dos años de ese primer confinamiento, encuentro en estas manifestaciones algo alarmante. Detrás de los grandes problemas de salud pública que han azotado a la humanidad -incluyendo al COVID, indudablemente- han existido una serie de intereses cruzados, que no han permitido combatir estas problemáticas de manera adecuada. Y aunque los juicios morales frente al Coronavirus pueden parecer inofensivos (“¿con quién te viste?”, “¿fuiste a una fiesta?”, “eso pasa por andar callejeando”), adquieren una dimensión aterradora si son evaluados en los contextos de otros padecimientos. Y es que si se examinan los comportamientos epidemiológicos de algunas enfermedades, nos damos cuenta que esos patrones que en teoría deberían ser azarosos, son, en muchos casos, direccionados con una intencionalidad macabra.


Quizá la estigmatización que existe detrás de algunas -o muchas- enfermedades sea una de las razones más determinantes para que aún su propagación sea descontrolada. Esto, en principio, puede sonar como una teoría conspirativa. No busco decir que haya un complot institucional que se encargue de darle continuidad a las enfermedades, para así alimentar los intereses económicos de algunos sectores económicos. El punto, al que espero llegar en esta columna, es que la concepción que se tiene sobre los ciclos epidemiológicos de algunas enfermedades están sujetas a una percepción ética que dificulta su investigación y tratamiento. La epidemia del VIH en los 80’s y 90’s todavía tiene repercusiones en el presente, en gran parte porque su contagio se asociaba (incluso hoy en día) con actividades de libertinaje en grupos que han sido marginalizados. El dengue, la leishmaniasis y otras enfermedades tropicales en el mundo, siguen siendo vistas como enfermedades selváticas desconocidas; incluso llegando hasta el punto de que en Colombia las personas que sufrían de estas enfermedades debían responder ante el ejército, por ser padecimientos comunes entre guerrilleros. Entiendo que el contraste puede ser muy violento para una persona que cree que no son comparables los juicios de valor que se hacen cuando uno adquiere una de estas enfermedades, a cuando la prueba PCR sale positiva. Sin embargo, ya hoy se reporta en diferentes investigaciones, como la vergüenza propia, derivada en muchos casos de los veredictos éticos de otras personas, como uno de los limitantes más importantes en la obtención de datos precisos durante la pandemia, que pudieron haber ayudado a entender el comportamiento de la enfermedad.


Le invito a pensar cómo sería su vida si en algún momento de convalecencia no hubiera buscado ayuda médica por miedo a ser juzgado. Imagine por un momento no poder asistir a una sala de urgencias, en medio de una terrible intoxicación, por el temor a ser estigmatizado por su selección alimenticia. De nuevo, entiendo la naturaleza extrema de la comparación; pero la realidad es que esa falta de empatía -más humana- que se tiene a la hora de entender las diversas naturalezas de las enfermedades, representa un obstáculo, casi infranqueable, para la construcción de sociedades más justas. La realidad es que detrás de la lucha del VIH o de muchas de las enfermedades tropicales, existe una lucha comunal, que tiene que ir más allá de los límites científicos, para enfrentarse a las construcciones sociales que limitan el entendimiento y tratamiento de estas enfermedades. Y aunque para algunos esto no resulte novedoso, creo, con seguridad férrea, que estamos en el momento coyuntural indicado para que estos temas ocupen nuestros pensamientos más recurrentes. Ahora que la salud pública es tan relevante en nuestra cotidianidad pasajera, es el momento indicado -ya de por si retrasado- para combatir los virulentos juicios morales.




 

Por: Felipe Aramburo Jaramillo, biólogo y Magister en Ciencias Biológicas de la Universidad de Los Andes. Actualmente investigador del departamento de Ingeniería Biomédica de la Universidad de Los Andes.