• El Uniandino

Lars von Trier, el torpe psicópata



A pesar de la torpeza del guión y la forma infantil con que von Trier intenta llamar la atención con una obra que cojea y da lástima, The house that Jack built (2018) nos permite pensar la forma en que nos relacionamos con el Otro y su valor en el Arte.


“Para tocar música con pureza debes tener un orden fuerte y preciso, con tu respiración, paz y la fuerza de Dios. Si eres honesto tu música lo será.”, le dice Bach a su hijo en una de las películas de Portabella. Este trabajo de honestidad y pureza del que nace el Arte, según Bach, es el que parece sugerir von Trier en su película. A través de su personaje y apoyado en filminas de Power Point, cuenta que los artistas que erigieron las catedrales góticas pusieron en su interior invisibles obras para que solo Dios las pudiera ver; vemos también que tras ahorcar a una mujer y terminar una de sus obras, es una cruz verde la que a sus espaldas ilumina la partida del personaje; o también el hecho de que la calle donde el protagonista guarda sus obras -hechas de cadáveres- está mal nombrada y, en consecuencia, oculta salvo a los ojos de Dios. A lo largo de este texto asumiré que el personaje de la película es Lars von Trier, porque sospecho que eso nos quiere decir él (en un momento de la película el personaje nos habla de cómo las obras representan los deseos de los creadores y el valor de los íconos, mientras nos muestra fragmentos de otras películas del director; pero además nos muestra, al decir que las pilas de cadáveres de los campos de concentración son una obra maestra, que von Trier no hablaba desde un enfoque formalista cuando dijo que entendía a los Nazis y admiraba su estética).



El personaje que plantea von Trier es un psicópata autodeclarado que no busca sino ubicarse en un espacio de excluido, de incomprendido y de genio. De forma misógina nos cuenta en cinco actos su placer por matar mujeres tontas y de paso nos intenta hablar de arte. Creo que ese espacio de excluido también toma valor en los mecanismos formales que usa von Trier: cuando nos habla de la infancia del personaje nos propone una primera persona que mira como un tigre y nos sugiere el incomprensible lenguaje de los animales. ¿Qué hay de cercano entre el lenguaje de los animales y el lenguaje de los excluidos? La exclusión de las subjetividades de alguna forma, como lo marcó Agamben en Lo abierto, como los bárbaros excluidos de las civilizaciones por su lenguaje, es una gran herramienta para deshumanizar y violentar; también así se formó la deshumanización de los extranjeros, de los negros, de los indígenas, del deseo de las mujeres, y solo en cuanto su lenguaje no fue entendible para los hoscos oídos del aristócrata europeo. Agamben se pregunta por nuestra seguridad sobre la ausencia de lenguaje en los animales y, en general, esa determinación de lo Otro; von Trier pareciera volcar esa afirmación sobre su moralmente criticado arte. Ponerse en esa posición de Otro en un mundo de consenso moral es ponerse en una posición de víctima y así lo hace cuando dice, por ejemplo, que causa un gran dolor la culpa que siente uno al nacer varón: “el hombre siempre es el culpable”, dice quejándose de esa injusticia debatible. El Otro, el no ciudadano, es el agente político en un lugar de consenso, y es ahí donde se para von Trier para recibir sus privilegios de víctima.



De alguna forma es importante pensarse ese lugar de Otro a través del cual nos habla von Trier, porque simultáneamente nos habla desde el lugar del psicópata que pide hablar aunque su lenguaje nos resulte en absoluto entendible, y en ese sentido el Arte tiene mucho por decirnos en su enmudecer. Es muy bello depositar el Arte donde nadie lo pueda ver, y el lenguaje del Otro, del psicópata, del animal, es uno de esos lugares donde el Arte se deposita para que solo a los ojos de Dios pueda florecer. No sé si von Trier se dio cuenta de que su película nada logra de estas cosas, gritando todo el tiempo que busquemos algún significado en su superficial repertorio de referencias, y por eso al final condena a su personaje a caer en el más profundo de los infiernos, pero es una lástima que una película que nos propone algo tan interesante sea, al mismo tiempo, una muestra de pretensión donde no cabe la honestidad sino solo dos horas de risas, de esas que cabrían en un film vacío si no nos doliera tanto.

Por: Nicolás Munévar Miranda