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La nueva cara de League of Legends

El tío Netflix es una caja llena de sorpresas y una de las últimas que nos trajo el año pasado fue Arcane. Esta producción de Riot Games y Fortiche es mucho más que una historia bien contada. A lo largo de este artículo, voy a abordar todas las cosas a resaltar de esta obra de animación que pretende llenar de vida el universo de League Of Legends, el cual cumple 10 años con el lanzamiento de Arcane.



Ya sea un juego popular o impopular, Riot Games ha mostrado que LoL puede trascender del gamer, convertirse en un producto para todo el público y esto es lo primero grandioso acerca de Arcane. Es decir, sea uno consumidor o no de esa droga llamada League Of Legends, esta serie nace, crece y se reproduce extraordinariamente como un universo fantástico –con un potencial semejante al de Harry Potter o Game of Thrones– sin necesidad de entender a la minucia el afamado juego.

Lo anterior pasa a segundo plano después de los primeros tres capítulos de la serie, y es solo la punta del iceberg. En mi opinión, hay dos cosas en particular que potencian la calidad de Arcane para convertirla de una buena historia, a una irrepetible: la narrativa y el desarrollo de los personajes, dos propiedades que se dan en su punto más alto, paralelamente, de principio a fin. Como crítico, creo que estas dos características de cualquier obra audiovisual son herramientas que para un director o guionista toma esfuerzo dominar, elementos que hacen la diferencia entre lo estándar y lo mejor. A continuación, les explicaré la razón por la que Arcane lo hace tan bien.

En primer lugar, la narrativa parte del recurso más básico que tiene cualquier artista que quiera contar una historia: comienzo, nudo y desenlace, pero como en todas las narrativas, se trata del cómo lo hacen y no del qué. A lo largo de la serie, esta producción expone el pasado, presente y futuro de los personajes en una interlocución constante de ellos mismos y, por lo tanto, con el espectador. Se pueden resaltar las transiciones presente-pasado que tienen los personajes, ya que son tan tangibles que pareciera que ni siquiera estuviera cambiando la línea temporal de la historia. Durante la obra, se encuentran los recursos narrativos para continuar contando un relato que fluye como un río a pesar de tiempo y espacio. Esto, a medida que continúa la narración, aumenta el entretenimiento e interés del espectador por continuar involucrado en lo que está sintiendo.

No obstante, siguiendo con el tema de la narrativa, las transiciones presente-futuro son aún más extraordinarias porque no son explícitas. Si se presta atención a los detalles de los símbolos que va soltando la serie, podemos ver cómo el guion nos entrega fragmentos que comunican pistas de lo que va a pasar sin que lo hayamos visto todavía. Vale la pena volverla a ver –o verla por primera vez– atento a estos acertijos que se van soltando, como migas de pan en la narrativa, para incentivar el suspenso, que va de menos a más exponencialmente en toda la animación.

Para finalizar con el análisis de la narración, el guionista de Arcane conecta sucesos en el presente de la historia y que acontecen en diferentes espacios geográficos haciendo que, en el diálogo, un personaje introduzca al otro. Esto es un recurso bastante entretenido porque, a mi parecer, demuestra el talento de un director para enriquecer la épica que su obra quiere contar. No todos lo usan; pero, cuando se hace bien, es divertido ver cómo diferentes personajes se hablan mientras el espectador cumple el rol de puente de interlocución, conectando ambos mensajes en el cuento.

En cuanto al desarrollo de los personajes, Arcane juega con personalidades cliché dentro de este género de fantasía y héroes, pero con su propia huella dactilar. A lo largo de la serie, estoy seguro de que podemos reconocer arquetipos como el típico perfil de héroe, el renegado que se quiere redimir, el psicópata, entre otros. No obstante, de nuevo se convierte en una cuestión del cómo y no del qué: estas personalidades a pesar de ser “clásicas” en el marco de este tipo de historia, van conectando con la trama y haciendo de los detalles el alimento para reconocer su identidad en la serie.

Un ejemplo claro es Jinx, mi personaje favorito. Ella no solo es el puente entre las dos “fuerzas” que se están enfrentando en la historia, sino que la trama en sí se puede entender como una parábola a este personaje. Capítulo a capítulo podemos ver cómo ella va creando con sus acciones una bomba de tiempo que, finalmente, ella misma explota en el último episodio. Para mí, ella es el personaje con más vida; tiene tanta, que cuenta con dos personalidades. Ambas se disputan su consciencia hasta el final. Durante el desarrollo de la serie, dentro de la mujer, presente y pasado están en una constante contienda; Powder vs Jinx, bien contra el mal en una sola mente que crece en la serie como si fuera Harley Quinn, pero bien hecha.

Para concluir con el tema del desarrollo de los personajes, siento que Arcane aprovecha al máximo una herramienta única de las obras de animación: los personajes no son actores, son creaciones que se están interpretando a sí mismas. Esto hace que, con un buen trabajo, se sienta mucho más empática e íntima la comunicación de sentimientos con el espectador. Fácilmente, la calidad de la animación es una de las principales razones por las cuales uno, como interlocutor de esta producción, se enamora de este tipo de productos audiovisuales.

No dependemos de la personalidad ya formada del actor, que se reconstruye en la actuación dependiendo del papel, sino de la calidad de la animación que, en este caso, Riot Games ha perfeccionado con Valorant y expuesto a todo el público con Arcane. Los personajes de esta producción están tan bien animados que sus expresiones –junto con otras características como la banda sonora– nos permiten apropiarnos de sus emociones con mayor pasión que otras series animadas.

Netflix ya confirmó la segunda temporada de esta serie y me reitero como un espectador que estará ansioso de ver qué nuevas historias trae consigo su estreno en unos meses. Vale la pena ver Arcane porque toma recursos ordinarios para hacer un producto extraordinario, al mejor estilo de Ratatouille. Es una montaña rusa de suspenso, acción y emoción que les garantizará, con altísima calidad, ese entretenimiento intrascendente para la consciencia que muchos buscamos en algunos momentos de nuestra rutina.




 

Por: Iván García Laverde