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La denuncia de acoso en Los Andes que cuestionó las relaciones de poder y el punitivismo


Unos meses atrás, una denuncia por redes sociales acusó a Juan Carlos Rueda Azcuénaga, entonces profesor de cátedra del departamento de Humanidades y Literatura, por conductas inapropiadas hacia sus estudiantes. La publicación impactó al departamento, generó la movilización de algunas de sus estudiantes en la forma de un Comité de Género y abrió el debate sobre una cuestión más compleja: ¿cuándo y para qué sancionar?


El Uniandino retomó el caso para intentar arrojar luz sobre la discusión, abajo los hallazgos de nuestra reportería.


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¿Qué pasó?: De una denuncia anónima al boicot de una clase


“En el departamento de Literatura de la Universidad de los Andes sigue dando clase un ACOSADOR y un potencial ABUSADOR”. Así abre la denuncia anónima publicada vía Instagram el 15 de abril de este año, donde se habla de un presunto profesor acosador en ese departamento de la universidad. La publicación continúa: “Este sujeto se aprovecha de su posición de poder para acercarse a sus estudiantes mujeres [...] Les hace invitaciones fuera del ámbito académico que muchas veces implican alcohol y sustancias psicoactivas”.


Un mes después, el 13 de mayo, vendría una segunda publicación: “Con todo el miedo del mundo, decidimos dar el nombre del acosador de Literatura (sic). No queremos empezar ningún proceso formal porque tenemos miedo”. Se trataba de Juan Carlos Rueda, entonces profesor de cátedra del departamento y quien se encontraba a cargo de la clase Seminario de Edición 2.


Ambas denuncias corresponden a hechos ocurridos en años anteriores y señalan a Rueda de, entre otras cosas, enviar mensajes de WhatsApp por el grupo del curso a medianoche, invitar a sus estudiantes a espacios con consumo de alcohol y sustancias psicoactivas y aprovechar su poder dentro del ámbito editorial para “acercarse a sus estudiantes mujeres, ganar su confianza, y establecer conversaciones personales que rayan en lo íntimo”, según se lee en la primera denuncia publicada en abril de este año.


Después de que ambas publicaciones sobre Rueda se hicieran públicas, los estudiantes que estaban tomando clase con él en el semestre 2021-1 decidieron dejar de asistir a las sesiones restantes y la comunicación con el curso quedó reducida a correos electrónicos.


En ese mismo periodo surgió “Las locas del desván”, el comité de género de las estudiantes del departamento de Humanidades y Literatura, y se abrió una investigación institucional para determinar si había responsabilidad por parte del profesor. Una vez Rueda llevó a término su contrato en el primer semestre de este año no se le renovó para el siguiente semestre y actualmente no está vinculado a Los Andes.


“Él creó un grupo de Whatsapp para la clase, pero luego empezó a enviar mensajes en la noche y hasta en la madrugada. En esos mensajes hubo ocasiones en las que se dirigió de una manera muy extraña a una estudiante. También hubo una vez en que muy tarde, tipo 1 de la mañana, habló de onanismo y masturbación”, nos dijo Abraham Castillo, que en su momento hacía parte de la clase dictada por Rueda cuando sucedieron parte de los hechos denunciados.


Andrea Bárcenas, compañera de Castillo en la misma clase dictada por Rueda, relata algo similar: “Lo que más me afectó fue que creó un grupo de WhatsApp en el que escribía a toda hora y todos los días, hasta los domingos. Hablaba de temas que para mí eran incómodos, como la masturbación”.


El exprofesor Rueda rechazó la invitación de este periódico a comentar sobre el caso que lo involucra.


El Uniandino cuenta con una copia completa del chat en cuestión, cuya autenticidad hemos verificado de forma independiente. En él se evidencia que era común para Rueda escribir por fuera de los horarios de clase o establecer conversaciones personales que no tenían relación con el contenido del curso.


A lo largo de los meses, y en numerosas ocasiones según se evidencia en el chat, Rueda ignoró preguntas que hacían los estudiantes sobre la clase y en cambio creó discusiones alrededor de temas personales.


El 18 de marzo del 2020, por ejemplo, el entonces profesor cambió drásticamente el tema de conversación, que seguía un hilo sobre editoriales y libros, con el siguiente mensaje: “Quiero compartirles que hoy cumplí 8 días sin salir de casa, solo para hacer mercado para mi madre, y ya estoy mal!! Estoy desesperado!!! (sic)”. La conversación terminaría a las 0:33 am del día siguiente, una vez los estudiantes dejaron de contestar, y sería el mismo Rueda quien empezaría un nuevo intercambio de mensajes horas más tarde.


En otra ocasión, el lunes 6 de abril de 202o, el entonces profesor inicia una conversación a las 5 pm con el siguiente mensaje: “Hay alguno de ustedes que esté despechado en estos días? (sic)”. Después de que ciertos estudiantes respondieran, Rueda continúa: “Les quería proponer que hagamos entre todos una playlist de despecho… Pero no sé si para las dos despechadas sea un aliciente o todo lo contrario… Podríamos hacer un ejercicio colaborativo de curación de contenidos… (sic)”.


Con el paso de los días, como se evidencia en los meses de conversaciones que revisó El Uniandino, se volvió usual que Rueda conversara sobre asuntos personales, tanto de él como de sus estudiantes, en el grupo de WhatsApp. Normalmente, el profesor los abordaba empezando con recomendaciones de poemas, canciones o citas sueltas de autores no relacionados con el curso. Esta práctica de acercamiento personal utilizando el contexto de la clase ya la hemos cubierto extensivamente en esta ocasión.


“Edición y fin del mundo”, como se llamaba el grupo de WhatsApp, fue creado por Rueda el 12 de marzo del año pasado. En el transcurso del primer mes desde la creación, el profesor escribiría hasta siete veces pasadas las 10 pm.


La conversación a la que hacen alusión las personas que hicieron la denuncia sucedió el 9 de abril del 2020. En medio de una discusión sobre el lanzamiento del libro Tu cruz en el cielo desierto, de la escritora Carolina Sanín, el sentido de la conversación se desvió de la práctica editorial en tiempos de cuarentena al erotismo. Cabe resaltar que el libro en cuestión aborda justamente ese tema, y la mención inicial no fue hecha por Rueda.


Es Rueda, sin embargo, quien insiste en el asunto: “Lo erótico o la masturbación, desde el punto de vista que lo estamos analizando, el editorial, no me parece que le añada mucho al libro, o sí? (sic)”, empieza diciendo el profesor. La conversación pasa de tener tres estudiantes participando a solo uno. Y es el profesor quien la mantiene viva: “Ya se me iluminó el cerebro, tengo una idea para justificar la importancia del erotismo en este momento! pero cómo lo justificas tú? (sic)”. Y luego más adelante: “Y creo que lo del placer por masturbación no necesariamente deba ocultar y suplir lo ‘verdaderamente’ erótico, tal vez se pueda pensar como una promesa no? (sic)”.


Finalmente, el único estudiante que contestaba los mensajes del profesor deja de participar. Entonces Rueda envía 4 mensajes más insistiendo en continuar: el primero pasados 7 minutos, el siguiente pasados 23 minutos, el tercero pasada una hora y el último inmediatamente después, a las 7 pm. A las 10 pm un estudiante retoma la conversación y, en menos de un minuto, Rueda se encarga de continuar el chat hablando sobre temas relacionados con el erotismo y la masturbación.


Una conversación sobre estrategias editoriales en cuarentena, que estaba directamente relacionada con el contenido de la clase, termina siendo personal y se extiende hasta la madrugada del día siguiente. Es claro, como se evidencia en el chat, que Rueda no solo permite que el contexto cambie, sino que activamente fomenta ese cambio e insiste en continuar.


Aunque el semestre 2020-1 se acabó en junio de ese año, el grupo fue mantenido por el profesor quien durante meses siguió enviando mensajes.



Navegar las zonas grises: ¿cómo entender el abuso que no es físico?


Para Carolina Moreno Velázquez, doctora en Derecho y asesora del protocolo para casos de maltrato, acoso, amenaza y discriminación (MAAD) en temas de género, dinámicas como la propiciada por Rueda son, por decir lo menos, problemáticas: “Constituye una falta disciplinaria y es una conducta que no debe ocurrir en el campus de ninguna manera. Ni siquiera crear grupos de WhatsApp con los estudiantes, y menos [tener] conversaciones que están por fuera de la clase”.


Por otro lado, para la psicóloga clínica Diana Quant, el tema radica en las estructuras de poder en la relación entre profesor y estudiante. “Si hay una jerarquía, si hay una relación de poder, si hay una relación de dependencia, a pesar de que las dos personas sean mayores de edad, sí hay un elemento de coerción”.


Estas visiones son persistentes en los casos que involucran violencia de género, y El Uniandino ya ha cubierto historias similares en el pasado que se pueden entender de esa manera. Lo diferente en este caso es que las acciones de Rueda son tan cotidianas, según las fuentes que entrevistamos, que muchas veces pasan de agache.


[Lea Abuso y acoso en medicina]


Así lo explica Sofía Jiménez, integrante del comité de género “Las locas del desván”: “Son temas tan estructurales, donde los hombres se permiten hacer comentarios en cualquier ámbito”. La psicóloga Quant ratifica esta idea, y añade que el abuso no sucede únicamente cuando existe violencia física: “Cualquier situación que te ponga en incomodidad, que te genere miedo a la devaluación social, a que la persona te diga [constantemente] ‘no está pasando nada’ o ‘esto no lo malinterpretes’, podría estar tipificada como abuso”.


Moreno comparte una perspectiva similar. Según ella, “muchas formas de violencias basadas en género no requieren violación o penetración. Es decir, tocamientos inapropiados, manifestaciones de lenguaje inapropiado, comentarios sobre tu cuerpo, sobre tu sexualidad, sobre tu identidad [...] no hay que llegar al acto grave de la violación para decir que hubo una violencia basada en género”. Además, hace énfasis en lo complejo que pueden resultar las relaciones entre profesores y estudiantes. “Estas relaciones no están mediadas por la autonomía y la libertad, porque es tu profesor, y te queda difícil decirle que no pues enfrentas una mala calificación, o que se tomen medidas en la clase”.




Pensar en las víctimas por encima del proceso


Aunque el Comité MAAD de la Universidad de los Andes nos dijo que no puede pronunciarse sobre situaciones específicas, también reconoce que muchas veces las instituciones se han reemplazado por las redes sociales para denunciar violencia basada en género.


“Históricamente, el escrache surge como una vía ante las múltiples barreras económicas, culturales, jurídicas e institucionales que existen ante las denuncias de este tipo de violencia”, nos respondió ese comité por correo electrónico. “Estas barreras, que van desde la normalización de estas conductas, hasta una evidente ineficacia y revictimización en las vías dispuestas para tramitar estas denuncias por el Estado, son un punto de trabajo constante por parte del Comité MAAD y la universidad”.


Jiménez ofrece una perspectiva práctica: “Para mí era muy importante que las víctimas tuvieran lo que quisieran hacer. Si querían abrir un proceso legal o disciplinario, que tuvieran todas las herramientas. No darle al profesor argumentos por errores que pudiéramos cometer”. Para la integrante de “Las locas del desván”, “a las víctimas hay que acogerlas en el espacio en que decidan manifestarse. Ellas querían advertir a las futuras estudiantes y a las que estaban en la clase con el profesor. Uno tiene que pensar qué está buscando la víctima. Ellas no querían un proceso, dejaron bastante claro eso”.


Por su parte, la especialista Moreno cree que es fundamental que estos procesos tengan siempre acompañamiento para la víctima independiente de que haya una denuncia formal o no. “Eso es un compromiso muy grande. No todo es denuncia, es ver los mecanismos que hay para proteger el bienestar de las víctimas, los protocolos no solo son lo punitivo o sancionatorio, también son la parte resocializadora y de bienestar de las personas en la comunidad”, añade.


El comité MAAD nos explicó que, entre otras cosas, las víctimas no se acercan a su protocolo porque a veces no es el mecanismo que responde a sus intereses o porque consideran que reproduce las lógicas de un sistema judicial, que en muchos casos revictimiza y es ineficiente.


Aunque MAAD ha hecho esfuerzos para que la ruta oficial sea “suficiente, rápida y segura” y su vía se vuelva un “verdadero acompañamiento”, lo cierto es que el problema es tan crítico que el protocolo en sí mismo no es suficiente, y espacios como “Las locas del desván” se vuelven vitales. “Esos espacios son muy útiles, y creo que esa rabia colectiva que sentimos nosotras es una manera de aliviarnos y de sentirnos juntas. Son espacios de solidaridad entre mujeres donde nos sentimos sin autoridad y sin poderes tan grandes como la institución y son un primer filtro importante orientado a las víctimas”, finaliza Jiménez.



Por: María Paula Agudelo Carrasquilla y María Fernanda Alarcón



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