• El Uniandino

La crítica más amada y odiada de Colombia


“Yo siempre he sido fervorosa, persistente y un poco obstinada y terca también”

-Podcast Mujer Vestida




La habitación en la que creció Vanessa Rosales, en Cartagena de Indias, era un mundo paralelo dentro de la ciudad caribeña. Allí, la escritora, periodista y crítica cultural uniandina –que estará en el Tercer Congreso Mujeres que Inspiran de Uniandes WIB – coleccionó por muchos años en el piso y las paredes afiches, fotos, libros y CDs de los íconos que ahora reconoce como sus influencias artísticas y estéticas: Carlos Gardel, Pink Floyd, The Doors, Kurt Cobain, Frank Sinatra y la banda por la que le decían Rose, Guns and Roses. Su pasión por el rock empezó en cuarto de primaria. “Llegaba todas las tardes del colegio a pedir en Radioactiva que pusieran por favor Another Brick in the Wall”. Sus gustos nunca fueron comunes entre sus contemporáneos. Por eso desde muy pequeña no logró adaptarse a las dinámicas grupales. Tampoco cumplía las expectativas de belleza caribeña, no era morena ni mucho menos atlética o tropical. Era una adolescente gorda y pálida. Su cabello era largo y crespo, tan oscuro como el firmamento que en las noches adorna la ciudad amurallada. No estaba a la moda, nunca se pintaba las uñas y solo le gustaba vestirse de negro. Tampoco parecía del caribe por sus alergias al polvo, a los hongos, a los mosquitos y a los ambientes húmedos. Lo que más la distinguía en su adolescencia era su espíritu revolucionario. “Andaba con un Che Guevara grandísimo colgado del cuello” cuenta. Le apasionaban los temas de raza, injusticias sociales y la izquierda política. “Estaba absolutamente convencida de que debía participar o activar la revolución”. Por eso, muchos años después las personas de Cartagena se extrañaron cuando la mujer revolucionaria se dedicó a la moda. “Un amigo mío del colegio creó una consigna muy cómica: del Che a Channel. Y fue lo que sucedió conmigo”.


Vanessa exploró de forma prematura la literatura. Siempre supo que quería ser escritora y se caracterizó por ser una lectora voraz. Leyó a Shakespeare a los 11 años con diccionario en mano. A los 14 a Borges y a Gabriel García Márquez. Cuando a los 15 empezó a leer a Nietzsche, el colegio llamó a sus padres preocupado por la inmensa pasión con la que Vanessa le pidió al profesor que por favor la dejara dictar las clases sobre dicho filósofo. Vanessa hablaba mucho en público, le gustaba debatir todo a su alrededor y hacía muchos comentarios incendiarios. Por el que más la recuerdan quienes la conocieron en su adolescencia es cuando en una izada de bandera dijo: “Este colegio definitivamente padece de pequeñez mental”. La voz crítica que caracteriza a Vanessa Rosales siempre ha desatado simpatías y antipatías por igual. En los últimos años de colegio, un cura empezó el rumor de que ella era satánica. Nunca fue exageradamente gótica ni ciertamente metalera. Los comentarios de los curas y profesores respondían más a la forma en la que Vanessa se refería y problematizaba la religión católica en un colegio de creencias muy tradicionales. “La acusación de satanismo me molestó profundamente porque era una manera muy facilista de categorizar a una niña que era simplemente rocanrolera y muy cuestionadora”.


La habitación en la que Vanessa vivió su época universitaria en la ciudad de Bogotá se convirtió en su refugio. En ese lugar los carteles de Héctor Lavoe, Rubén Blades y Octavio Paz la ayudaban a escapar de la atmósfera grisácea, del frío de las distantes e indiferentes conductas bogotanas y del caos capitalino. Estudió filosofía en la Universidad de los Andes, lugar que aparenta llegar hasta Monserrate, donde hay que caminar, subir, perderse, hasta llegar a lo que parece un bosque en la mitad del centro de Bogotá. Un día en clase de Kant de siete de la mañana, en medio de la humedad y después de muchos recorridos empinados, pasó algo que cambió por completo el rumbo perdido que llevaba Vanessa. “Me di cuenta de que ninguno de esos seres que habían registrado ese pensamiento filosófico era mujer y ninguno había parido. A mí me parecía insólito que hubiera esa ausencia de mirada y voz femenina en una disciplina tan significativa para mí” cuenta. Ese momento, más que llevarla a terminar estudiando historia, fue un llamado hacía encontrar una voz, una perspectiva y una mirada femenina en un mundo tan masculinizado como al que siempre se había querido dedicar; el de las letras. Cuando se cambió a historia, Vanessa dejó de encerrarse en sí misma y empezó a interesarse por escribir sobre lo que estaba a su alrededor. Recuperó la fascinación que tenía desde la niñez de cómo la música y la estética se entrelazan, se enriquecen y generan vivacidad material. Se convirtió en reportera de la cultura juvenil de Bogotá en Cartel Urbano, lo que finalmente la llevó al periodismo sobre moda.


Vanessa también cumplió el sueño de vivir en Buenos Aires y de disfrutar de una cultura con la que siempre había tenido gran afinidad, gracias a su abuelo quien la rodeo del tango, del cine y el rock argentino. En ese país realizó la maestría en un periodismo a la antigua en compañía del periódico La Nación, en donde se encontró con muchos de los prejuicios que hay frente a la moda como un tema superficial que no es digno de atención. De todas formas, con mucho esfuerzo y persistencia, empieza allí a escribir sobre vestimenta, estilo y moda con sus connotaciones históricas y culturales. Al volver a Colombia, Vanessa se encontró de nuevo con que no encajaba con sus pares. En el Hay Festival, llevado a cabo en Cartagena, le sucedió algo que le recordó a esa mañana en clase de Kant. Descubrió un mundo dominado por lo masculino, en donde se pretendía que ella ejerciera un rol que no estaba dispuesta a complacer. No fue un tema de ser ignorada por ser atractiva porque jamás estuvo dentro de los estándares de belleza, era algo más. “Era la noción de que para ser realmente escritor se tenía que ser varón, se debía tener pene. Eso me dolió, me hirió profundamente y me hizo convencerme aún más de que debía sustraerme de ese camino de la literatura convencional, de que la moda debía ser mi conducto”.


Vanessa es becada por Parsons School of Design para realizar una maestría que parecía estar hecha a su medida, Fashion Studies, un campo que estudia la moda desde las ciencias sociales y el pensamiento crítico. “Para mí Estudios de Moda fue un sueño hecho realidad porque fue el momento en el que pude realmente consagrarme al estudio intelectual de la moda, que era algo que había hecho más por instinto y por olfato” cuenta. Por ese motivo llega a Nueva York, un escenario de muchas historias que su madre le contó sobre los 70, sus años de juventud y descontrol, cuando usaba guantes de cuero y caminaba entre los edificios de Manhattan. Relatos en los que despertaba su curiosidad las descripciones que ella le hacía sobre la moda extravagante de las personas de la gran manzana. Vanessa ocupó una habitación pequeña en compañía de su hermana Amelia en la que se reflejaba ese lado artístico y estético que les heredó su madre. En las paredes había fotografías, carteles, ilustraciones, todas enmarcadas y organizadas. En los estantes; libros y más libros, dispuestos por colores y casi luchando por entrar todos en los pequeños espacios que tenían. Allí pasó mucho tiempo leyendo a Elizabeth Wilson, Caroline Evans, Valerie Steele, Rebecca Arnold y Agnes Rocamora, fundamentales para los estudios de moda. Adentrándose en este campo que se alimenta de diversas disciplinas, perspectivas y temáticas con la libertad de navegar el conocimiento de forma amplia, desdibujando límites y fronteras, lo que le permitió llegar hasta lo más profundo de su más grande pasión: la moda.


Las noches en Cartagena son tan oscuras como el cabello de Vanessa, que se le pega a la cara por el viento y le nubla la vista. Camina descalza en la playa sin quemarse los pies como no lo hace nunca en el día. Se detiene a observar la luna, tan lejos de las luces que alumbran la ciudad y acompañada de las estrellas que sutilmente adornan el firmamento. El cielo es el escenario y la luna crea un espectáculo hermoso, misterioso y al que Vanessa siempre se ha sentido particularmente atraída. Irónicamente, es en este el momento del día cuando más la inunda un miedo profundo que desde muy pequeña la acompaña: el miedo a desaparecer de repente en medio del mar y de la oscuridad. La idea de que el mundo continúe sin ella después de la muerte es lo que le ha planteado la gran pregunta sobre el sentido de la vida. Cuestión que en su preadolescencia la llevó al judaísmo, en la adolescencia a la filosofía y en su temprana adultez a leer todo el nuevo testamento de la Biblia. Ha estado siempre en una búsqueda de respuestas que estén más allá de ella misma y más cerca de la fuerza que la luna ejerce en ella como en las olas del mar. Vanessa se sumerge en una soledad que le permite estar en un constante estado de reflexión, quizá por esa necesidad de navegar sus preguntas de forma no convencional. La moda es el lugar desde el que Vanessa mira el mundo. Es una orilla que siempre ha reconocido como privilegiada, en donde el agua le toca los pies y tiene un panorama amplio de la marea, del paisaje, del conocimiento. Allí ha anhelado sobre todo el horizonte en donde parecen confluir el mar y el cielo, borrar esa delgada línea entre el estudio de lo terrestre y lo que va más allá de la superficie. La escritura es el medio desde el cual busca llegar a un confín muy personal y muy femenino. Como si mirar el punto infinito del oleaje en la línea del océano permitiera ser más expansivo de ideas escribe en Mujer Incómoda, su bitácora de viaje, su más grande logro y hasta ahora el principio de su obra literaria.



Bogotá es una tarde fría, es la ventana de un carro llena de lágrimas y manos que se refugian en cafés, abrigos y otras manos. Vanessa sola en la librería, se abriga vestida como siempre de negro, está sentada en una pequeña mesa con sus delgadas piernas cruzadas. Hay una fila frente a ella en la que esperan jovencitas con gabanes rojos, pantalones amarillos y cabellos castaños. Vanessa, monocromática como Bogotá, llena de luces los ojos de las coloridas mujeres que, como ella en algún momento, ansían conocer la autora de las palabras que iluminan sus caminos aún inciertos. Hablan de ella, de su inteligencia, de cómo en su libro su escritura es diferente. Todas comparten adquiere una nueva forma más poética, abstracta y sensible. Está enfrente de ellas, se para, las saluda, les da las gracias. Tener a alguien a quien admirar que viva acá, que sea de Colombia, que sea mujer y esté viva es un privilegio. “Estamos cansadas de leer feministas de otros continentes y de otras épocas. Llegaste a nuestra vida en el momento en que necesitábamos a alguien como tú” le dice Erika, estudiante de artes plásticas, a Vanessa. Los ojos se achinan y hay sonrisas detrás de los tapabocas. “Que estas páginas sean un encuentro en la singularidad de mi propia, bella, libre, incomodidad” firma Vanessa R. los libros con letra larga y cursiva. Ahora son las primeras palabras, escritas con su puño y letra, del libro “Mujer Incómoda”, que sin duda impulsa el cambio en esas jóvenes diversas que encuentran valentía y belleza en sus palabras.


Vanessa vuelve a Cartagena y escribe “Guardas todos los rasguños de Cartagena, abstractos y concretos, como conservas su fealdad y su hechizante belleza, todos ellos suman una sensación de insuficiencia que caló temprano en tu interior; como una zozobra tenue, un malestar ante la propia presencia”. La revolucionaria es glamurosa, delgada, alta y elegante. Usa labial rojo y su sonrisa es coqueta. Deja ver su piel blanca con faldas cortas y escotes. Su cabello ahora es liso, aún negro al igual que sus vestidos y pantalones de cuero. Se encuentra entre las playas, plazas y coloridos edificios coloniales que la vieron crecer. De nuevo se enfrenta al desafío de no cumplir las expectativas, esta vez intelectuales, que se tenían sobre ella. “Ella siempre va como en contravía” dice su madre. La indignación de algunas personas de allí frente a su contraste de las ciencias sociales con la moda para ella es una traducción de “una encarnación significativa del pensamiento patriarcal, católico y filosófico occidental que es racionalmente instrumental y bastante cimentado sobre algunos principios masculinos”. Lo que ella tanto criticó en su adolescencia y temprana adultez. Del Che a Channel hay solo un paso e incluso son en esencia un mismo camino que se pisa y se contradice. El caribe al igual que lo femenino es fusión y el pensamiento crítico lo que crea la simultaneidad del ser. El camino híbrido por el que transita Vanessa Rosales la llevó a ocupar una posición incómoda y que no sea sorpresa que la hayan nombrado más adelante como “La crítica más amada y odiada de Colombia”.

Por: María Fernanda León Ayala




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