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La condescendencia del “primer mundo”: Oscar a la mejor película internacional

Cada dia la legitimidad de los Oscars es más cuestionada, desde debates acerca de la representación de las minorías hasta escándalos que involucran corrupción y acoso sexual y relaciones cercanas con figuras ahora infames como Harvey Westenin. No obstante, su relevancia es indudable y sus decisiones son una brújula de lo que es o no considerado “buen cine” en el imaginario colectivo. Por lo tanto, creo que hoy más que nunca se hace necesario cuestionar a fondo sus prácticas. En particular, llama mi atención la forma en la que se ha desarrollado la categoría a “mejor película extranjera” y las recientes nominaciones en las últimas entregas de películas extranjeras a la categoría de mejor película me dan la oportunidad perfecta.



Las expresiones artísticas calificadas como menores, solo existen porque hay una expresión percibida como mayor, esto aplica naturalmente para el cine. No es que exista un cine inferior, si no que hay una industria predominante, en este caso la proveniente de Estados Unidos, que todo lo permea. Por ello, todo lo diferente o mejor todo lo extranjero corresponde según esta cosmovisión a una categoría uniforme en la cual cada problema individual es político, y todo lo valioso adquiere un valor colectivo. Es por ello que surgen categorías de premios al cine como: “mejor filme internacional”, o “mejor película de habla no inglesa”, me llama la atención en particular las dinámicas de los Oscar frente a estas categorías.


En primer lugar, el nombre que tenía el premio popularmente conocido como premio a la mejor película extranjera hasta un sorprendentemente reciente el año 2019 era: “Academy Award For Best Foreign Language Film”, el cual discierne desde siempre una otredad; nótese que aunque el criterio es “habla no inglesa”, se prefiere referirse a “extranjero. La palabra extranjero reclama la necesidad de distinción de no solo de lo ajeno, sino también de lo no hegemónico en la industria que se encuentra fuertemente dominado por los productos estadounidenses. Estas connotaciones distinguen dos cines: aquel cine con C mayúscula, el cine universal que no requiere aclaraciones y lo demás, que debe leerse siempre teniendo en cuenta su origen, pues en estos casos siempre será un elemento semántico intrínseco. Parece mínimo, pero incluso los mismos premios son conscientes de esto: el cambio de nombre a la categoría por “Academy Award for Best International Feature Film”, en un intento conjunto de múltiples políticas por parte de los organizadores por darle al evento un aspecto de inclusión superficial.


Sumado a lo anterior, se evidencia un discurso condescendiente frente al cine al extranjero. Desde sus inicios, la categoría fue constituida como honorífica, y se reconocía que otros países pese a estar en la ruina tras la devastación producida en la Segunda Guerra Mundial produjeran cine. Para aquella época, parecía sorprendente que en particular los perdedores de la guerra (p.e Italia) aún entre tanta miseria tuvieran espacios para él arte, pero más sorprendente era que el producto fuera decente, y era en particular el reflejo de miseria lo que se premiaba, por ejemplo en El limpiabotas (Sciuscià). Esa fue la ideología que dio nacimiento a la categoría, que aún hoy sigue vigente, de forma que parece impresionante la existencia de industrias cinematográficas extranjeras con productos aceptables, al punto en que merece ser premiado . No obstante, como ya dije este cine es apenas aceptable, estos productos no son ni de cerca comparables a los estadounidenses, mucho menos en aspectos técnicos: rara vez son consideradas películas extranjeras para participar en categorías como mejor cinematografía, mejor mezcla de sonido, mejor vestuario y maquillaje, entre otras. Pero la mayor muestra de la idea de insignificancia del cine extranjero es que, desde la primera entrega de los Oscar en 1929, hasta hoy día –93 entregas después– tan solo 12 películas extranjeras han estado nominadas a la categoría de mejor película y dos han ganado la categoría (Parásitos y El último emperador) . Para el criterio de los premios, aun la mejor obra maestra de todo el resto del planeta, apenas le puede hacer frente a la mejor película proveniente de la industria dominante.

Ahora bien, es permitida en dicha categoría la financiación total de las películas por parte de Estados Unidos o Reino Unido, pero no la producción. De modo que, los premios aun cuando tienen una preocupación superficial por que los filmes nominados estén separados de la industria estadounidense o del Reino Unido en cuanto a lo artístico, avalan la subordinación económica de las industrias cinematográficas de los otros países. Por lo cual, amplía la brecha de inequidad para que los productos independientes de toda financiación extranjera primermundista lleguen a ser reconocidos. Adicionalmente, parece existir un mensaje de benevolencia detrás, en el cual, a la luz de los Oscars, las otras naciones no predominantes no podrían financiarse sin ayuda de las naciones predominantes de la industria y por ello la intervención de estos países en dichos filmes es permitida.


Adicionalmente, llama la atención que las temáticas nominadas giran históricamente entorno a los mismos temas (aunque para ser justa no siempre bajo el mismo tratamiento) dependiendo de la región del mundo. Por ejemplo, son predominantes los dramas sociales en el contexto latinoamericano (p.e Roma 2019, No 2013, La teta asustada 2010) , del Medio oriente- que también muestra una clara preferencia al cine bélico- (p.e Ajami 2010, Paradise Now 2006, Beaufort 2008) , o africano (p.e Tsotsi 2005, Yesterday 2004, Poussières de vie 1994) mientras que en Europa hay una tendencia a los dramas históricos, particularmente relacionados a las guerras mundiales. Lo anterior refleja dos cosas: una relación de poder que crea imágenes de naciones, grupos sociales y personas basados en los imaginarios dominantes y generalmente colonialistas, frente a en este caso industrias culturales que apenas generan resistencia. Por lo que para la academia estadounidense es fácil pensar y premiar aquello que proyecta su cosmovisión del mundo: por ejemplo, en latinoamérica violencia urbana, en medio oriente la guerra o África el VIH. Los Oscars leen al cine extranjero desde su conciencia occidental sobrena. En segundo lugar, estas lecturas generan respuestas de las industrias no predominantes en un esfuerzo por ser escuchadas por estos grupos, que replican, responden o subvierten, pero en todo caso perpetúan productos culturales que giran en torno a estos temas. La consecuencia de lo anterior es una imagen manipulada al antojo de los consumidores primermundistas o mejor una imagen violada, de lo que se categoriza como cine extranjero, ya sea latinoamericano, africano, oriental, etc.


Por lo anterior, creo que esta categoría merece ser replanteada y en mi opinión no se soluciona tan solo con dar reconocimiento a filmes extranjeros en la categoría de mejor película (como la academia ha pretendido de forma facilista). Por ejemplo, si bien Roma es un retrato de las luchas de una población históricamente discriminada e invisibilizada como las mujeres indígenas mexicanas, no deja de ser una apropiación de un hombre blanco millonario, como lo es Alfonso Cuarón. Por ello, aun cuando se le quiera dar visibilidad a estas personas, los problemas estructurales continúan, al igual que la cosmovisión respecto al extrangero, sigue estando allí la uniformización de las luchas: los problemas de los mexicanos, los coreanos, los Iraníes. No obstante, soy consciente de que es difícil resistir a estos problemas pero para mi el cambio empieza con revisar y reflexionar acerca de ellos. Es tiempo de dejar de creer que el buen cine es premiado solo en las grandes ceremonias y de que la industria nacional o latinoamericana no tiene nada que ofrecernos, a menos que sea protagonista en estos premios.


Por: Manuela Silva


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