• El Uniandino

Jugando con Drácula y remodelando la figura del vampiro


La noche ha sido históricamente motivo de miedo. Es un instinto básico de supervivencia temerle a lo que no podemos ver, a lo desconocido y a lo que, a veces, ni siquiera podemos comprender. Pero ¿acaso el miedo puede romantizarse? ¿Podemos abrazar a la oscuridad si el mundo y el medio así nos lo plantean? De las muchas criaturas que habitan entre la penumbra podríamos decir que la que más se ha arraigado como mito y dentro del colectivo general es la figura del vampiro, y, particularmente, la de Drácula. Aunque a ciencia cierta se desconoce el verdadero origen de la leyenda, la conclusión más acertada es asumir que proviene del popurrí de varias culturas. Es innegable que la representación de estos seres mantiene como característica principal el operar en las sombras; la oscuridad, más que una aliada, es una extensión de estas criaturas. A pesar de que históricamente es impreciso determinar el punto exacto de aparición del vampiro, en el marco del cine la historia es totalmente diferente y su primera representación se relaciona con la novela más conocida sobre estos seres: Drácula de Bram Stoker.


Nosferatu (1922), que nace como una adaptación no oficial de Drácula, es una aproximación algo extraña respecto a la figura del vampiro. El conde Graf Orlok es un ser pálido, delgado, encorvado y con dos colmillos frontales unidos en su boca; es más un monstruo que un humano. Este ser encarna a un demonio sediento de sangre que nace directamente del miedo al inframundo y lo inhumano, rasgos que se masifican gracias a la estética torcida y lúgubre del expresionismo alemán. Sus ambiciones racionales se ven opacadas por sus deseos bestiales, y es precisamente por eso que muere al final, condenado por su naturaleza bebedora de sangre que permite ganar tiempo para que el sol salga y lo desintegre al instante.


Esta primera aproximación, pese a que cimienta ciertos rasgos que se fundirían dentro de la representación del vampiro cinematográficamente, no es el molde más acertado ni el primero que llega a la mente para describir a estas criaturas; por el contrario, Drácula, de 1931 –con Bela Lugosi en el papel del conde–, se apropia de estos elementos funcionales de Nosferatu y los combina con características fisiológicas más antropomórficas y fieles a la obra de Stoker. Con esta película la belleza se convierte en un rasgo que se adhiere al vampiro; es un hombre encantador que ya no caza como bestia, sino que seduce y juega con la mente antes de atacar. La maldad también evoluciona y se humaniza; y, aunque su característica fundamental siga siendo la oscuridad, su forma se adapta con los tiempos. La historia no varía mucho, pero la representación genera nuevos matices para el espectador.

El vampiro se americaniza con Salem's Lot (1979), una adaptación de la novela homónima de Stephen King. Salem's Lot es, en muchos aspectos, la reinterpretación de Drácula dentro de Estados Unidos, pero no es una calca que no le aporta nada a la construcción de este ser. Kurt Barlow, el antagonista vampírico, regresa al aspecto monstruoso de Nosferatu mediante rasgos como la piel de un tono gris azulado. A pesar de que la figura retoma sus inicios, su concepto se vuelve algo menos extraño; el vampiro ya no es esa alejada criatura que habita en un lejano castillo en medio de las montañas de Transilvania, en lugar de eso es un ser secreto que puede venir disfrazado como un vecino o un conocido. El mal ya no es exclusivo de lo sobrenatural; lo que se creía conocido y seguro se torna un peligro potencial. La vida del vampiro en Salem's Lot es, en su fachada, la de un ciudadano normal, pero que en las noches cambia y revela su verdadera naturaleza letal.


Luego, en 1992, el mundo conoció a la que, tal vez, sea la adaptación más popular de Drácula: la versión retratada bajo la visión de Francis Ford Coppola. En este largometraje el vampiro transforma su sensualidad y capacidad seductora en energía; su encanto sexual contrasta con su faceta violenta pero nunca llega a ser disruptiva con la misma. En este punto la atracción supera al miedo y se posiciona como un deseo prohibido que se trata de satisfacer en contra del precepto de autoconservación. Las nuevas víctimas del conde buscan ser poseídas –a pesar de saberse las presas de su depredador– debido a que él cuenta con un magnetismo inquebrantable.



En Entrevista con el vampiro Brad Pitt encarna el lado que resulta más relacionable del vampiro. Esta cinta hace un gran trabajo al mostrar la perspectiva del no muerto. La belleza está oculta bajo el velo de un personaje conflictuado, que poco a poco pierde su humanidad, y se centra en cómo esa realidad en la que vive solo lo condena a padecer en desdicha. El rol de Claudia –una niña convertida en vampiro que es interpretada por Kirsten Dunst– representa, en principio, la pureza que se puede alcanzar y la felicidad ideal que parece oculta en este mundo; la niña recuerda que, por más oscuro que todo se encuentre, el amor florece de nuevo. Sin embargo, esa pureza se deteriora y sufre de la verdadera muerte que viene con ser inmortal: el desprendimiento de valores y desenfreno casi salvaje que consume al vampiro y lo lleva hacia el desinterés, consecuencia de no tener algo para apegarse a la vida. Aunque Claudia sufre lentamente de todos estos males, quien lleva esa repercusión de forma más evidente es Louis (Pitt). La muerte de la niña es el paso final que este vampiro debe afrontar antes de realmente dejar de ser humano. Por otro lado, Lestat –el compañero y transformador de Louis, y quien es interpretado por Tom Cruise– es una fuerza, es la realidad en carne y hueso: fría, cruel, pero al mismo tiempo segura y estructurada. Gracias a esta cinta al mito se le añade la característica del compañerismo y se plantea que los vampiros pueden crear sus propias comunidades, con reglas que les permitan existir a la sombra de las personas. En Entrevista con el vampiro se nos muestra que el personaje solitario adquiere la necesidad de pertenecer a un grupo, una familia.


En el 2008 dos cintas de gran importancia para la representación del vampiro se estrenaron. Ambas exploran una temática singular con diferentes perspectivas: el amor entre el humano y el vampiro. Let the right one in nos pone en el lugar de Oskar, un niño de Estocolmo con una vida escolar compleja y que sufre matoneo de parte de sus compañeros. Oskar es un niño afligido, violento y tienes rasgos inquietantes en su personalidad. En paralelo un vecino extraño y su “pequeña hija”, Eli, muestran comportamientos extraños. Poco después el espectador descubre que en la zona comienza a haber una ola de asesinatos peculiares a manos de este hombre. Oskar, casi por azar, se relaciona con la niña, quien comparte con él ese aura extraña, y poco a poco descubre que ella es un vampiro. El terror que siente se ve entremezclado con la idea de conocer más sobre su naturaleza. El punto más acertado del largometraje es ubicarnos en la posición de un niño, pues su inocencia no le permite comprender las atrocidades que una criatura así lleva a cabo para sobrevivir. Por el contrario, Oskar se centra en ver otros valores bajo esa mortífera superficie.


La siguiente película tal vez sea la más popular entre lectores jóvenes, pues Crepúsculo y su saga continúan estableciendo que el vampiro y el humano pueden amarse. Estas películas realizan exploran el tema desligándose de los géneros estereotípicamente asociados a los vampiros. El terror no protagoniza esta cinta, en lugar de eso el romance adolescente se apodera de los chupasangre. Las cintas, sin embargo, no caen en ser pretenciosas, pues son autoconscientes de lo que son y darse cuenta de eso es su mayor ventaja. La saga se aprovecha de los clichés románticos y los entrelaza con vampiros. El drama juvenil está presente, pero con un trasfondo fantástico. El miedo se ve en la saga reflejado en que los vampiros, ahora que conviven entre humanos como cualquier persona, mantienen motivaciones más personales en su comportamiento y, a pesar de que obedecen a sus instintos, su mente también juega un rol importante en cómo ejecutan sus acciones. Bella –protagonista de la saga– percibe a los vampiros enemigos como seres imparables, que quieren acabar con ella, y lo único que puede hacer es confiar en que los Cullen –familia de chupasangres que está a su favor– puedan protegerla de esa amenaza. El vampirismo, así, termina siendo una característica, en lugar del arquetipo de personaje que comienza siendo.


El poder del cine yace en que logra convencer a su audiencia de que una criatura temerosa puede tener el potencial de ser un sujeto susceptible a la romantización. La historia se reescribe; la cúspide del vampiro llega con la sátira que surge gracias a estos cambios. Drácula pasa de ser el temible conde, solitario y seductor, para ahora enfrentar problemas de padre en Hotel Transilvania. ¿Qué ejemplo es más claro sobre cómo lo monstruoso puede cambiar y ser relacionable hasta llegar a ser la causa de sonrisas y alegría en niños? Las películas transforman pensamientos, lo visual tiene un impacto gigante en el colectivo social y prueba de esto es la transformación del vampiro, que demuestra que hasta el estereotipo más oscuro puede transformarse en una de las características más queridas por el público.


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Por: Santiago Patiño