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  • El Uniandino

Expedición a Marte (Chía, Cundinamarca)



Tan solo 1.5 kilos


Recién ha llegado a casa. Acaba de terminar su tercer semestre y emprende el viaje desde Medellín, en donde estudia Ingeniería Aeroespacial en la Universidad de Antioquia, hasta Tuluá de donde es oriunda. Pronto su hermano menor cumplirá años, pero deberá ausentarse de la fiesta. Es breve el tiempo que Juliana Tangarife pasará con su familia al inicio de estas vacaciones ya que durante 15 días tendrá que estar en Chía.


Ahí, desempeñará sus funciones como oficial de comunicaciones en una misión análoga que simula las condiciones de vida en Marte. Ella, junto con otras cinco mujeres conformarán la tripulación Athenova, nombrada en honor a la diosa griega de la sabiduría, Atenea, y a las explosiones estelares conocidas como supernovas.


La misión tuvo lugar entre el 26 de octubre y el 3 de noviembre del año pasado y tuvo un detalle especial: las tripulantes aún no se conocían en persona, su única interacción fue en las reuniones virtuales para la planeación de la misión. Como se estableció por la organización anfitriona, la Fundación Cydonia, aparte de los implementos de aseo y ropa, cada oficial podía llevar el equivalente a 1.5 kilos en objetos de ocio y entretenimiento. “Si tuviera que llevar un solo libro a Marte, sería Un Punto Azul Pálido de Carl Sagan, que es por quien yo amo la astrobiología”, cuenta Eliana Álvarez, estudiante de biología de la Universidad CES y oficial de botánica y salud de Athenova. Resume un fragmento de ese libro que marcó su vida: “dice algo así como que todo lo que conocemos, todo lo que somos, las personas con las que hemos interactuado, las guerras y las religiones, todo, está en un punto azul pálido”.


La escritura del libro del célebre astrofísico y divulgador científico, fue inspirada en la imagen de la tierra captada por la sonda -que es una nave no tripulada- Voyager 1 en 1990 a una distancia de 6.000 millones de kilómetros en donde nuestro planeta azul nada en la inmensidad del negro universo.


Del punto azul pálido al planeta rojo hay aproximadamente 630 días, de ida y regreso, según estimaciones de la Nasa. Marte encabeza la lista de opciones viables para ser habitado por humanos, debido a su cercanía y al gran parecido que tuvo con la tierra antes de que los fuertes vientos solares arrasaran con su atmósfera y lo convirtieran en un desierto, como lo revelaron los datos de 2014 recolectados por la sonda MAVEN de la NASA.


Mientras se trabaja en las grandes expediciones interplanetarias, en la tierra se desarrollan misiones que simulan las condiciones que podrían presentarse en planetas como Marte o satélites cercanos como la luna. Estas juegan un papel muy importante en la solución a problemas de investigación, uso de herramientas y de factor humano a un costo menor. “Se necesitan para detectar qué tipo de dificultades pueden surgir en una misión espacial. Sencillamente lo que no funciona en la Tierra no va a viajar al espacio”, explica Lucía Loaiza, estudiante de ingeniería aeronáutica de la Universidad Pontificia Bolivariana y la segunda al mando, en la simulación, por su rol de oficial ejecutiva.


Incluso si en la tierra las simulaciones de misiones espaciales representan un menor costo, no dejan de ser una experiencia a la que pueden acceder muy pocas personas. Aún cuando se han hecho varias misiones análogas en otros países, estas suponen muchas restricciones: “pasaporte, transporte y visa. El ingreso al hábitat tienen un costo aproximado de $3500 USD. A la larga, termina siendo un alto gasto de dinero y acá en Colombia hay mucho talento y personas que quieren también aportar, pero por esas limitaciones económicas, a veces, no pueden”, resume Yael Méndez, microbióloga de la Universidad de los Andes quien ha participado de dos misiones análogas en el desierto de Utah, Estados Unidos, y es miembro directivo de la Fundación Cydonia que construyó el primer hábitat análogo en Colombia el HAdEES-C.


Ubicado en Chía, Cundinamarca, este será el hogar de la tripulación Athenova, la quinta misión análoga que se ha hecho en el territorio nacional. El impacto de la fundación Cydonia en la minimización de brechas para la investigación aeroespacial en la región, y el liderazgo de Yael Méndez, fue reconocido por la multinacional 3M quien la premió con su inclusión en la lista “25 Mujeres en la Ciencia Latinoamérica” siendo, la del 2022, la segunda edición de esta gala.


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El 13 de octubre la tripulación se reunió para finiquitar algunos aspectos de la misión. “Seis mujeres, 15 días, 178m2 y 36 litros de agua”, enunciaron las oficiales entre risas como si se tratara del opening de un reality show. Durante la reunión la comandante les muestra un video sobre los cinco domos que componen el hábitat HAdEES-C que incluyen dormitorios, cocina, esclusa, invernadero con baño, y un domo principal que contiene los laboratorios de ingeniería y geociencias más una zona de trabajo y de ejercicio.


El reto sería desarrollar sus actividades de investigación dentro del recinto que de día registra temperaturas cercanas a los 53°C y de noche 5°C (aunque el factor de la temperatura del hábitat es algo en lo que la fundación está trabajando en corregir para futuras misiones).


“Es imposible simular todas las condiciones de Marte pero [la tripulación] sí se enfrentará a las restricciones de recursos que vive un astronauta como el confinamiento; las limitaciones de acceso al agua —no van a poder bañarse y usarán un baño seco para las deposiciones—; el uso de electricidad es restringido; dieta de comida seca o deshidratada; contarán con 2 horas diarias para la comunicación con la tierra y siempre que salgan al exterior —a “Marte”— deben hacerlo con el traje Cóndor, que simula los que usan los astronautas”, explica Yael Méndez.


Mientras la misión de la Nasa, Artemis, llevará a la primera mujer a la luna, en Colombia, Athenova, también rompe paradigmas. “Seremos la segunda tripulación análoga, a nivel mundial, y la primera, en LATAM, en estar conformada enteramente por mujeres”, afirma Mariana Mejía, ingeniera de procesos de la Universidad EAFIT y comandante de la misión. También es presidenta de la Asociación Colombiana de Mujeres en Aeroespacial (ACMA), que desde hace 2 años busca generar espacios para promover la equidad de género en la industria aeroespacial.


“Para la elección de la tripulación nunca fue un requisito ser mujer, de hecho ACMA no es una organización enteramente de mujeres. La idea no es, tampoco, negarle el espacio a los hombres”, cuenta Mejía.


La comandante explica que en los filtros de selección se le exigió a los postulantes un video en donde se demostraran el interés por el tema aeroespacial, la experiencia en investigación y la diversidad en las profesiones. “No queríamos que fuera un grupo enteramente de ingenieros o solo de científicos”, aclara. Aparte de Eliana, Juliana, Lucía y Mariana, la tripulación la completan Astrid Duque, estudiante de Ingeniería electrónica del Instituto Tecnológico Metropolitano —quien es la oficial de ingeniería— y Daniela Torres, estudiante de ingeniería electrónica de la escuela Colombiana de Ingeniería Julio Garavito, y oficial de ciencia en la misión.



La misión: una tripulación de colores


Desde el primer sol que marca el inicio de la misión, la primera en despertarse es Astrid Duque quien, aparte de oficial de ingeniería, es madre de tres hijos. Cambió las rutinas en su hogar por la fría mañana de Chía, pero no su costumbre de empezar temprano para que el día rinda. Después de Astrid se despierta Eliana, seguida de Daniela, Juliana y por último Mariana y Lucía.


No pueden quejarse que la comida deshidratada de astronauta es mala si es Lucía la que cocina. “En este horno microondas hemos hecho pan, pizza y empanadas. Cuando cocino arepas les hago ‘las rayitas’ de la parrilla para que se sientan en casa”. Desde que tiene memoria, la oficial Lucía ha sido una gran admiradora de la dotes en la cocina de su mamá y su abuela. A los 18, cuando empezó a vivir sola, puso a prueba sus habilidades culinarias —las mismas que durante los 15 soles de la misión alimentaron y alegraron a la tripulación.


El tablero colgado afuera del laboratorio de ingeniería dicta la orden del día. Tan pronto terminan de desayunar las oficiales se ponen manos a la obra. Aparte de Atenea, tres diosas griegas han sido invitadas y otorgaron su nombre a las líneas de investigación que deberán desarrollarse durante la simulación. En el domo del invernadero reina la diosa de la tierra Gea: el experimento que “busca poner a prueba tres polímeros especializados en controlar la toxicidad del suelo árido, facilitar la absorción de nutrientes y controlar la proliferación de plagas. Estos polímeros están siendo desarrollados por la compañía Ocean Technologies Group” explica Eliana Álvarez, la oficial de botánica.


Nike, la diosa de la velocidad y la fuerza, irrumpe el silencio con su rumba aeróbica y pone a la tripulación a bailar en el domo principal mientras que con un holter y sensores miden las señales corporales sobre los efectos físicos del confinamiento. Los datos recopilados serán estudiados, por un grupo de expertos de la Universidad CES, junto con los exámenes de salud que se realizaron las tripulantes antes de la misión y los que se harán tan pronto como rompan la simulación.


Por último, la diosa del alma, Psique, hace uso de la inteligencia artificial y “el gorro de la tía clementina” —como le llama la oficial Astrid al recubrimiento usado para fijar la serie de electrodos alrededor del cráneo encargados de los encefalogramas de las tripulantes mientras que a diario registran sus audiovideos y la frecuencia cardiaca con el holter de Nike— para el estudio de sus emociones a lo largo de la misión.


Aparte de las tareas designadas por las diosas del Olimpo, la tripulación debe hacer diez exploraciones en el terreno circundante y poner a prueba la versión 1.5 de los trajes Cóndor que se componen de una batería que regula el intercambio gaseoso dentro del icónico casco de una astronauta.


Salir del ambiente, o en términos aeroespaciales, realizar un EVA (actividad extravehicular, por sus siglas en inglés) requiere que la tripulante pase cinco minutos en la cámara de despresurización.


“La esclusa es el lugar que conecta la estación con el exterior, ahí deben pasar por procesos de presurización y despresurización. Marte es como una olla a presión de vacío, el cuerpo humano debe someterse a esto antes o de lo contrario los órganos se quedan sin oxígeno. La idea es simular esto también aunque en Chía no haya cambios en la condición atmosférica”, aclara Yael Méndez, mientras da un tour por el hábitat posterior a la finalización de la misión.


Una vez en el exterior, las tripulantes deben realizar una actividad de manipulación de canicas y dados en cuadrantes dibujados en el suelo. Allí deben contabilizar la probabilidad de obtener cierto resultado al lanzar los objetos al azar. Este ejercicio se realiza para dar cuenta de la idoneidad de los experimentos con el traje puesto.


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A lo largo del día, Daniela Torres ha estado pendiente de las temperaturas al interior del hábitat. Trabajar a 57°C no es óptimo para la salud de ninguna oficial —o de ninguna persona— y cuando el ambiente alcanza tal temperatura las tripulantes tienen que resguardarse en el túnel que comunica los dormitorios con el domo principal, el cual goza de buena ventilación.


Mariana Mejía por su parte, se encarga de supervisar la hidratación de su tripulación verificando que se consuman los litros de agua designados para cada una por día. En la medida en que las temperaturas descienden, aprovechan para cumplir con la agenda propuesta. Cada que algo sale bien y se cumplen con las misiones diarias, Mariana otorga un premio en forma de chocorramo a sus oficiales. “Me interesa mantener la moral alta de las chicas porque sé que esto no es nada fácil”, cuenta la comandante.


Además de investigar, la tripulación se ha repartido las tareas de mantenimiento y aseo del hábitat, que suelen desarrollarse al son de un buen vallenato, música decembrina o reguetón, muy a pesar de la oficial Torres quien difiere de los gustos de sus compañeras.

Las risas traspasan los muros de los domos, atardece y la apretada agenda permite espacios para que las 6 oficiales puedan descansar mientras pintan con las acuarelas olvidadas de las tripulaciones anteriores. Cuentan las anécdotas de su día y, de a poco, abren las esclusas de sus vidas para permitir la visita de aquellas que paulatinamente dejan de ser extrañas.

En la Estación Espacial Internacional que se mantiene orbitando el planeta tierra, el programa The Behavioral Health and Performance de la Nasa constantemente evalúa la salud mental de los astronautas y sus tiempos de ocio —destinados a actividades como grabar Tik Toks en el espacio, practicar deportes o interpretar algún instrumento—, temas que no son menores para el buen desarrollo de las misiones.


Por su parte, en el HAdEES-C de Chía las oficiales inventan un juego en el que discuten el color más representativo de cada una. Por mutuo acuerdo concluyen que Astrid irradia un color rojo, Daniela el morado, Eliana el verde, Lucía el azul, Juliana el naranja y Mariana el amarillo. El retrato de la tripulación y sus colores reposa fuera del laboratorio de ciencias junto con el resto de las obras. Algunas veces, antes de dormir, las voces de las tripulantes resuenan en los alrededores cuando corean en las noches de karaoke. Luego cierran la jornada y se despiden con un escueto buenas noches y el olor de las aguas aromáticas que la oficial Astrid Duque lleva a la cama de cada una.




El legado: último sol


Son las 9:00 a.m. y el clima no puede ser mejor. El cielo está pintado de celeste y el viento susurra entre los árboles. La esclusa abre por última vez: ya no es necesario pasar por la cámara de despresurización, la tripulación ha culminado su misión en Marte y han terminado la simulación. Tras acomodar las maletas en el salón llamado “Luna” de Casa Tibaná, en cuyos terrenos se ha construído el hábitat, se reúnen en un cálido abrazo grupal.


La satisfacción del deber cumplido y el fin de las aventuras de Athenova las conmueve hasta las lágrimas. Su dicha no se compara a la que sienten cuando se dan cuenta de que los huevos batidos del desayuno no son del polvo de huevo deshidratado que reposa en el domo de la cocina del que fue su hogar en planeta rojo simulado. Brindan con jugo fresco y celebran por los chocorramos que Yael les tenía preparados para recibirlas.


Los chistes internos, los juegos de palabras y las anécdotas —como la vez que se encontraron una zarigüeya en la cocina— son apenas una muestra de lo que fue vivir 15 días en el hábitat. “Las expectativas de ser seis mujeres desconocidas conviviendo juntas nos generaba una gran preocupación por lo que siempre no han dicho del ‘tema hormonal’ que nos hace supuestamente volubles y creo que esta tripulación ha demostrado que es cuestión de estereotipos”, comenta la Comandante.


Han pasado 59 años desde que la primera mujer, la rusa Valentina Tereshkova, viajó al espacio. Tras ella otras, 75 las mujeres han seguido sus pasos. La cifra, sin embargo, es bastante diciente sobre las brechas que hay todavía en el mundo de la exploración espacial. Son 567 los varones astronautas que han viajado al espacio hasta la fecha. La diferencia es aún amplia y los estereotipos siguen dictando quien debe ocupar estos espacios.


“Cuando iba a elegir mi carrera le comenté una amiga que iba a estudiar ingeniería aeroespacial a lo que ella me contesto ‘yo la estudiaría si fuera niño’. Me parece curioso como ella cree que no va a tener las mismas posibilidades por ser mujer”, recuerda Juliana Tangarife quien cursa tercer semestre de ingeniería aeroespacial. De a poco, Athenova es un esfuerzo por igualar la cancha.


¿Y ahora qué sigue? La primera misión en la agenda de la tripulación es divulgar la importancia de estas misiones en el contexto nacional. “En un taller sobre cohetes que realicé a niños les pregunté si quisieran dedicarse a esto y ellos respondieron ‘no porque soy colombiano’ y eso no puede seguir pasando, la información de que esto es posible debe estar a su alcance para que se permitan soñar”, comenta Daniela Torres. Las espera una rueda de medios en Medellín y un par de talleres con jóvenes en donde las tripulantes darán fe de que le han cumplido el sueño de ser astronauta a las niñas que fueron unos años atrás, o al menos en su versión análoga.


Por el lado de la ciencia, las diosas griegas de las líneas de investigación deberán hacer un par de paradas antes de retornar al Olimpo. Mientras que las investigaciones y desarrollos esperan su momento para ser aplicados en el planeta rojo, en la Tierra ya tienen su lugar en la resolución de problemas que aún enfrentamos los terrícolas.


Gea, y los polímeros usados en los suelos áridos de la huerta, se proyecta como una posible solución para aquellas comunidades que habitan zonas cuya producción agrícola es limitada por las condiciones del terreno. Nike continuará con su estudio del cuerpo humano en condiciones adversas para desarrollar prótesis y para el entendimiento del efecto físico en humanos bajo tales escenarios. Por último, Psique y su programa de reconocimiento de emociones va a permitir que en un futuro se pueda entrenar inteligencia artificial en el entendimiento de una parte de la complejidad humana.


Pronto cada una estará de vuelta en su vida terrícola. El hábitat HAdEES-C estará a la espera de las nuevas historias que traigan las futuras tripulaciones. La esperanza para el gremio es que estos proyectos encuentren un terreno fértil en Colombia y contribuyan a articular un ecosistema aeroespacial en el país.




 

Por: Miranda Bejarano

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