• El Uniandino

El Principito en Bogotá – 80 segundos de perfecta sincronía

Nos introdujimos al corazón de la obra para observar desde adentro cómo un par de sketches, unas partituras y una idea escénica traída desde Perú se transformarían en una ópera como pocas en la ciudad.



“¡Importante, importante!”, nos repetía Paxto Escobar –editor y periodista– en el salón Mallarino del Teatro Colón mientras nos enseñaba las famosas “W” que debe contener toda forma de noticia. Pero yo vagamente presté atención allí, la mía estaba puesta en Daniela Rivera, soprano y protagonista de la ópera El Principito, que estaba sentada justo a mi lado derecho repasando sus notas para el ensayo que se venía. Daniela, junto con otros 30 cantantes líricos, le dio forma a la obra que se estrenó el 16 de diciembre en el teatro. Ella me robó la atención no por el hecho de estar ensayando sus partituras, ni tampoco por sus crespos locos, sino por su impresionante pasividad y concentración. Quizá, en su lugar, muchos habríamos estado al borde de un colapso nervioso, pero todo lo que vi en ese momento fue una energía que estaba, en su totalidad, dispuesta a dar todo lo posible en sus manos para que esta creación saliera impecable.



La Principita


Daniela se levantó y se ubicó en un sillón con forma de trono localizado en el centro de nuestro salón, como si lo inconsciente de las cosas también estuviera en pro del éxito de este proyecto.

Afuera, lo nublado ya le hacía cortina a la lluvia. Pero nosotros, adentro, nos derretíamos de la angustia al escuchar a Daniela contarnos la historia detrás de esa llamada que le confirmó su futuro como “Principita” de la obra, luego de unas audiciones en las que ella nunca tuvo esperanza alguna:

–La noche anterior el chico con el que salía me dijo que quería estar solo y que teníamos que decir adiós– dijo –y yo había contado con él para hacer mi mudanza al día siguiente. Entonces, estaba llorando la ruptura; pero recuerdo que, esa tarde, hacía un sol espectacular que me consoló–.

Después, la respuesta a una de las preguntas que me ayudó a entender un poco cómo logra tener esa tranquilidad para afrontar un momento como este.

–La familia – afirmó – siempre me trae al lugar donde debo estar.


El centro de comando


Tras la entrevista, visitamos un lugar especial ubicado a dos calles del teatro: una casa colonial que solía ser la sede de la Alcaldía muchos años atrás y que ahora es el centro de comando de Sandra Díaz, la encargada de confeccionar y materializar los bocetos de vestuario del director de arte de la obra.

En medio de hilos flotantes, asistentes de Sandra con telas en las manos y en los pies, y máquinas de coser voladoras, nos encontramos con ella y conseguimos quitarle un par de minutos de su tiempo. Resulta que no solo estaba trabajando para El Principito y sus diseños, sino que también estaba al frente de la confección de más de cien vestidos requeridos para la ópera que se estrenó paralelamente a la del Teatro Colón, Tosca de Giacomo Puccini en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Contrario a lo que se pensaría, su equipo no es tan grande. Son apenas tres personas asignadas por proyecto, y eso hace su labor aún más asombrosa y retadora. Al preguntarle por su opinión frente a los diseños recibidos por parte de Lorenzo Albani –director de arte de El Principito–, contestó que muchos de los bocetos, en realidad, eran complicados de entender; pero a su vez la comunicación con Lorenzo siempre fue magnífica. Aclara que no siempre es así con todos los directores, y que esto les permitió, entre ambos, llegar a los vestidos que ya se estaban cocinando en el cuarto de atrás.


Su respuesta es precisa cuando se le pregunta sobre cómo se preparó para recibir las ideas iniciales de Lorenzo. –Pues en este medio ya a veces es mejor no sorprenderse. Es un reto cada vez. Algunos pensarán que es solo hacer ropa. Pero en este mundo siempre tendrás un reto diferente conceptualmente–.


Tercer llamado


Es martes 14 de diciembre y llegó la oportunidad de ver el primer y único ensayo general antes del gran estreno. La alegría se percibe en el aire porque, finalmente, se materializará todo un mes de ensayos, pruebas y quehaceres en dos horas de ópera pura. Llegué cuarenta minutos antes y ya había fila.

Logré colar a mi novia porque sentía que debía hacer parte de esto. Los dos somos artistas escénicos y, cada vez que hay una oportunidad de presenciar algún proyecto artístico en las tablas del Teatro Colón, no dudamos en ser partícipes. La idea de poder vivir este evento a su lado y verlo junto a ella por primera vez, era un imperdible para mí. Entre un respiro y otro, ya estábamos sentados en toda la mitad del teatro, listos y dispuestos a ver este gran consolidado de ideas y arte. Hicieron el tercer llamado, como es protocolo; y empezó enseguida.

Ver a todas estas personas con las que pude hablar días antes, en escena, logrando unas notas musicales que te dejaban perplejo, era algo distinto, algo que no se siente todos los días. Un coro de niños –o quizá de ángeles–, junto con una banda sonora en vivo ubicada en la parte baja del teatro, creaba a su antojo y diversión un ambiente envolvente que le permitía no solo a sus compañeros de escena, sino a nosotros, los espectadores, entrar en ese mundo que la mayoría hemos leído solo en los libros. Gracias a ellos, a los directores, a los escenógrafos, a los mismos espectadores y a toda la comunidad que componía este colectivo hermoso y pasajero, se logró ese alcance artístico que merece la historia de El Principito.

Mi momento favorito: ver caer el sol; y es que no sólo el público, sino todos –actores incluidos– se quedan quietos durante ochenta segundos mientras esta enorme roca realiza su trayectoria de la esquina superior izquierda a la esquina inferior derecha, en perfecta sincronía.


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Por: Oscar Salazar Barbosa