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¿Dónde quedó la seguridad?


Santiago Archila Correa es estudiante de Derecho y Economía en la Universidad de los Andes, tratando de escribir desde una selva llamada Congreso de la República. Coordinador de UNICD Bogotá. Aquí su columna "¿Dónde quedó la seguridad?". Para contestar la columna envíe su propuesta a periodicoeluniandino@gmail.com.


Bogotá atraviesa una compleja situación de orden y seguridad. Ya no podemos ignorar que es una cuestión más allá de una simple percepción. La seguridad debe ser un tema común no una bandera política, como se ha tratado de vender desde hace muchos años por partidos como el Polo y la Colombia Humana que han tildado la focalización y trabajo de este frente como guerrerista. La seguridad es un valor democrático del cual se desprenden múltiples beneficios para la calidad de vida de los ciudadanos. El problema surge en la falta de atención de la Administración Local que en opinión personal se centró más en tomarse fotos para Twitter en vez de buscar una solución eficaz a la inseguridad que ha ido creciendo exponencialmente desde mediados de la pandemia.


En efecto, en semanas pasadas la capital vivió 48 horas catastróficas en las cuales la balacera en un sector focalizado de la ciudad fue protagonista. A causa de estos escenarios falleció un policía en el sur de Bogotá tras requisar a dos sujetos que intentaron hurtar una bicicleta. Otro ejemplo, fue el intento de robo que sufrió el hijo de un diplomático en el norte de la ciudad, quién resultó herido. Pero esto no se trata de una casualidad, no se trata de un oscuro fin de semana, hablemos de cifras. En el último año, los homicidios han crecido un 39%, el hurto a personas un 21% y el hurto a motocicletas un 25%. Aunque el hurto a comercios descendió un 13% es válido resaltar que estas cifras se reportan luego de un año de cuarentenas y cierres de establecimientos en gran parte del año.


¿Qué dicen las autoridades? Aunque se dejara de lado el argumento de que la inseguridad capitalina sea un tema de simple percepción y se reconociera de forma institucional la problemática, aún hay muchos temas que abarcar. Desde la Secretaría de Seguridad de la Alcaldía se reconoce que desde inicios de la pandemia las dificultades económicas en poblaciones vulnerables son la principal causa para el aumento de la delincuencia común, es decir, el robo de celulares, bicicletas, vehículos y el microtráfico. Esto conlleva a un crecimiento exponencial en la venta ilegal de armas de fuego y la presencia de armas blancas registradas en requisas cotidianas.


De ahí, vemos que la ciudad está inundada de armamento ilegal que está costando decenas de vidas, por lo que volver a transitar las calles es un dolor de cabeza para los bogotanos. Al revisar los reportes de seguridad se pierde cualquier tipo de esperanza, mientras que en épocas prepandemia los homicidios estaban en una tasa de 11 por cada 100.000 habitantes, hoy recae en 14 por cada 100.000 habitantes. El sicariato y la violencia en asaltos, a plena luz del día, se está normalizando en una sociedad que de por sí crece con desensibilización frente a la muerte y la delincuencia.


Por más que las autoridades hayan anunciado varias medidas para combatir el crimen urbano, todo lo planteado parece ser insuficiente. Se habla de la llegada de 1.500 policías nuevos para incrementar la presencia de pie de fuerza, la inteligencia y control sobre zonas comunes de delito, pero hasta el momento no se siente ningún alivio real que pueda luchar contra este tipo de economías ilegales que han vuelto a Bogotá, nuevamente, una ciudad salvaje. Hace falta un mayor trabajo entre la Administración Local, el Gobierno Nacional y la Rama Judicial.


Pues, nace de ahí otra problemática, la falta de conexión entre la Policía, la Fiscalía y los entes judiciales hacen que delinquir sea una profesión de bajo riesgo, al permitir que las personas procesadas por robo o asaltos “comunes” vuelvan con rapidez a las calles sin ningún control que impida la reincidencia. Mientras se siga premiando de está forma la delincuencia no se podrá romper la cadena que genera la inseguridad y se vuelve una batalla extremadamente difícil de ganar para las autoridades.



Lo cierto es que los bogotanos estamos cansados de la falta de atención para ciertos temas vitales por parte de la Alcaldía. La inseguridad está disparada y ya no es el temor de contagiarse al momento de caminar por las calles lo que nos aterra, es momento de sentar cabeza y empezar a trabajar por un plan que muestre resultados reales y a corto plazo. La capital pide a gritos una reactivación después de año y medio de cuarentenas y virtualidad, pero el primer paso para lograrlo es que la Administración ponga todos sus esfuerzos, trabaje en equipo con el Ministerio de Defensa y devuelvan la tranquilidad a Bogotá sin ninguna bandera política de por medio.


Insisto. La seguridad debería ser un tema común, por el bienestar de todos. La falta de atención de la Alcaldía Mayor a la inseguridad está pasando factura y sólo seguirá trayendo miedo, víctimas y muertos. Ahora pregunto, alcaldesa, ¿dónde quedó la seguridad que nos prometió en campaña? Es hora de trabajar por y para Bogotá.

Por: Santiago Archila Correa. Estudiante de Derecho y Economía en la Universidad de los Andes, tratando de escribir desde una selva llamada Congreso de la República. Coordinador de UNICD Bogotá.


*** Esta columna hace parte de la sección de Opinión y no representa necesariamente el sentir ni el pensar de El Uniandino.


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