• El Uniandino

Caminante de Utopías



En una charla con un viejo amigo, el nombre de Jairo Enrique Portillo surgió en medio de la conversación.

-¿Y ese quién es?

-Es mi tío abuelo, el man ha hecho de todo en la vida. Ha sido sindicalista, tiene título de economista, fue bibliotecario, profesor, caminante, activista; de todo un poquito.

-Vaya, suena como un mero personaje.

Su nombre salió de nuevo en varias ocasiones. Cuando le conté a Jaimes que estaba leyendo Delirio de Laura Restrepo, me pidió mirar la parte de atrás del libro en la sección de Agradecimientos, para encontrarme, de nuevo, con el nombre de su tío.

-Venga, ¿y su tío qué?


-Lo que le digo, parece que ese man ha vivido no solo una sino como tres vidas.- respondió Jaimes riéndose.

Así que un día me dirigí a la casa de su tío, con la bendición de Jaimes mismo, que se ausentó a la entrevista por una falsa alarma de virus, y me dejó a mi suerte con una persona desconocida y a la cual le guardaba profundo respeto y curiosidad.

Don Jairo, como me le dirigí desde el primer momento en cruzar palabra, vive en un apartamento sencillo en un edificio del centro de Bucaramanga. Al verlo, me causó impresión. Sus facciones son pesadas, su piel está manchada por el sol y un corte de hoja de papel sería suficiente para atravesarla completamente, tiene un ojo muy atento y el otro se mueve con dificultad debajo de una cuenca algo desfigurada y su dentadura es igual de perfecta que la de un anuncio de televisión. Iba vestido con una camisa a rayas de botones de colores pálidos y un pantalón holgado que le pasaba los tobillos, usaba medias con sandalias de deslizar y revisaba un reloj que cada quince minutos se ponía para luego volverlo a quitar.

Le pregunté a don Jairo si alguna vez alguien le había hecho una entrevista. Al principio, pareció no recordar hasta que vio de reojo un libro que lleva su nombre en la portada.

Dicho libro desembocó en la primera parte de nuestra conversación. Fue integrante de un grupo de caminantes, Ecoverde, y a petición del líder de ese grupo, escribió en forma de versos cada una de las caminatas que realizó el grupo para celebrar los diez años de su fundación. Don Jairo me mostró su libro y me asombró que la mayoría de los versos cargaran una profunda melancolía, sentimiento que no lo asociaría siempre con el caminar por el medio de la naturaleza.

La portada del libro es la delineación de Santander en un mapa, y en el medio, por dónde iría la división del cañón del Chicamocha, hay un saurio mitad vivo y mitad esquelético, representando Santander en sus dos grandes ecosistemas, árido y rocoso hacia el este; y hacia el oeste, la vegetación densa que viene del Magdalena medio. Según él, estaba en versos porque en prosa no le generaría la suficiente atención y que en versos, al menos, los amantes de la poesía -que en ese entonces eran mucho más- leerían aquel libro. Y fuese por inercia, o por voluntad, no se olvidaran del manjar vegetacional que es el departamento.

-Don Jairo, tengo que serle sincero, yo vine aquí porque con Jaimes hablamos mucho de usted y porque me causa demasiada curiosidad saber de dónde conoce a Laura Restrepo.


-Tome nota.- Me dijo.

Pero «ese tome nota» y esa impaciencia curiosa tuvo que esperar que el café que tenía en la cocina se calentara, y lo acompañara de nuevo a la sala de estar. Al mirar de reojo, pude ver a través de una puerta entreabierta una habitación organizada pero sin tanto empeño. La cama a medio hacer y una mesa de noche atiborrada de libros y agendas, un escritorio con más hojas arrugadas arrancadas de cuadernos que espacio libre, y un rosario colgado en el pomo de la puerta. Al regresar, empezó a contarme sobre sus años de juventud. Pude ver unas fotos viejas en el corredor al entrar, había varias de una mujer, quien asumo fue su esposa o su madre, y algunos retratos de la familia. De joven tenía el pelo negro, tan negro que el tono sepia de la impresión ni siquiera podía reducir su contraste y sonrisas más amplias que las que me brindó en todo el tiempo que pude acompañarle.

En una de esas fotos estaba sentado en las escaleras de un edificio, junto con otros dos hombres. Hacía sol y se sentía la humedad seca de Barrancabermeja y su cercanía al Magdalena. Se veía a un Jairo joven y feliz. Le pregunté sobre quiénes eran sus acompañantes. «Eran dos de mis mejores amigos», respondió a secas.

El uso del tiempo pasado me dio a entender que era mejor no preguntar más acerca del tema e intenté apagar disimuladamente la grabación que recién corría en mi teléfono, porque presentía que algo delicado se venía, y no estuve equivocado.

Don Jairo estudió Economía en la UCC de Bucaramanga, en donde fue profesor luego de regresar de Barranca, mucho después de mudarse al pueblo al lado del río y trabajar en Ecopetrol. En sus tardes de ocio devoraba libros en la biblioteca municipal, donde se hizo amigo del bibliotecario, Ezequiel Romero. Pasaron muchas tardes juntos y Ezequiel se volvió uno de sus mejores confidentes. Don Jairo me dijo que no había un solo día con Ezequiel en el que no lo hiciera reír sinceramente. Noté que se le estaba formando un nudo en la garganta al hablar y buscaba con sus ojos las fotos en la pared. Se le cristalizó la mirada y estuvo cerca de desbordarse en sentimiento al contarme sobre la tarde en el que una voz suave pero fría lo llamó al teléfono de la biblioteca, en donde esperaba a Ezequiel.

-¿Aló, Jairo?


-Sí, con él.


-Jairo, ¿está sentado ahora mismo?


-Sí, ¿qué pasó?


-Jairo, Ezequiel se murió.


Don Jairo me contó acerca de la tarde del funeral y de cómo cargó el ataúd a lo largo de la plaza principal de Barrancabermeja con unos zapatos de punta angosta y de tacón grueso haciéndole callos en los dedos y en el talón. Al llegar a casa, esa noche después de la entrevista, al revisar mis apuntes, don Jairo no mencionó ni un solo detalle de cómo se sintió ese día o a quién vio. Se limitó a describir el clima y la suave brisa que lo arrulló al salir de la iglesia, de cómo la gente iba vestida de negro y café, y del carácter reflexivo e indiferente y apersonal de las plegarias que elevaba el padre, en su túnica blanca e impoluta sin un solo rastro de la lluvia.

En honor a Ezequiel, don Jairo ocupó su puesto y cada vez que veía aquel teléfono en su escritorio un escalofrío bajaba sin restricciones por su espalda.

Pasó más de quince años como bibliotecario. Un día, una joven Laura Restrepo, acompañada de una persona apellidaba Núñez y que decía que era familiar del mismísimo García Márquez, entraron a la biblioteca.

Núñez entró a la biblioteca con el pecho inflado y con caminar omnipotente, se recostó en el escritorio de Jairo y se presentó, y cuando fue a presentar a Laura le dijo con confianza en su reciente descubrimiento «Le presento a Laura Restrepo, la mejor joven escritora que hay en este país.»

-¿Ese tipo Núñez en serio era familiar de Gabo?


-Mijo, en ese entonces todo el mundo era familiar de todo el mundo.

Don Jairo prosiguió a contarme acerca de las novias oscuras de Barrancabermeja, que era a como se les apodaban a las mujeres comprometidas con hombres que frecuentaban los múltiples prostíbulos del pueblo.

-De ahí ella sacó el nombre de la novela [La novia oscura] y por eso es que yo aparezco ahí en los agradecimientos. Ella me pidió el favor de que le echara ese cuento y la ayudara a echar un ojo a las bibliografías.


-¿Y le asombró que ella lo mencionara en su libro?


-La verdad sí, es que eso se lo pudo haber dicho cualquiera que viviera allí.

Prendí de nuevo la grabación.

En sus años en la biblioteca, don Jairo conoció a aspirantes a escritores, políticos, damas de compañía, filósofos, abogados y veteranos de guerra. Pudo compartir con los mejores amigos que ha tenido en su vida y su libreta de contactos parece casi infinita. En diferentes momentos de la conversación, cuando le preguntaba acerca de un libro o de un poema exhibido encima del librero, había una historia con una persona completamente diferente a la anterior de la cual él se acordaba a la perfección, con detalles precisos, incluyendo los no favorecedores. Fue entonces cuando me llegó la idea a la mente, quee su retiro temprano y su condición actual, de libro de historias y agenda de contactos caminante no hubieran sido posibles sin todas las personas que hacen parte y llenan esas páginas. No paró de mencionar nombres, gente que hace parte de X o Y familia y que esas familias se reconocen por ciertos motivos y por distintos medios, empresas y casas emblema de Barrancabermeja y él los recuerda todos a la perfección.

Don Jairo terminó su café cuando empezó a mirar con curiosidad a la parte superior del librero de la sala de estar. Intenté seguirle la mirada, hasta que sus manos hablaron por él mismo. Tomó unas hojas de papel artesanal y me las dió para que les echase un vistazo.

-¿Quién escribió esto?


-Un amigo cercano, Gabriel LaTorre, me regala un poema cada navidad.

El papel en el que están escritos los poemas era suave y rugoso al tacto, como el de una pared de yeso recién pintada con un rodillo, plagada de esos pequeños grumos tan característicos, y la tinta era de una pluma. No lapicero, ni algo remotamente común, sino una pluma, de esas que sirven incluso como un cuchillo, de las que hay que untar con tinta y tener cuidado de agarrar bien por el mango y de no pulsar tan fuerte para no dañar de más el papel. Hice todo lo que pude para no pensar que tanto esfuerzo suena un tanto pretencioso para dar un regalo.

-Perdone mi curiosidad don Jairo, pero, ¿quién es Gabriel?


-Es sociólogo… ¿Psicólogo? No recuerdo muy bien su título. Pero hoy en día su hermano está en Suecia porque era de izquierdas y le tocó irse en el período de Virgilio Barco porque lo tenían amenazado.

De los poemas de Gabriel hubo un verso que cautivó mi atención.

(...) «Lector caminante en un itinerario de utopías.»

Era el último verso de un párrafo de cinco. En los anteriores hablaba de sus pasos como caminante y activista ambiental, de las cosas que han compartido juntos y de diversas referencias varias que no me atreví a preguntar. Lo quijotesco de ese verso me sigue acompañando al leer cualquier cosa remotamente similar a un futuro perfecto, y pensar de que de una forma u otra estoy metido en ese círculo vicioso de imaginarnos utopías y de regresarme forzado a la realidad con lo decepcionante que es en muchas formas nuestro mundo, y porque Bucaramanga, según Gabriel LaTorre, es el sitio de encuentro para los Quijotes sin cuartel.

Empezamos a hablar acerca de lo que un día llegó a ser Santander, la república cafetera que fue arrebatada por los paisas y que la migración masiva de santandereanos a Antioquia lo hace pensar que algunos municipios, como Barbosa o Rionegro, fueron en realidad nombrados en honor a los municipios santandereanos que abandonaron esos migrantes, y de cómo las muchachitas Antioqueñas de la época querían casarse con los dueños de las minas de oro. De cómo las inversiones antioqueñas con las minas de oro, las únicas que no fueron saqueadas por los españoles, al estar en medio de «to’ ese monte», de cómo Barranquilla surgió como ciudad portuaria, y de cómo los santanderes perdieron la delantera por el abandono de las novedades. Todo eso me lo dijo, junto con una cantidad absurda de detalles, en menos de quince minutos, adicionando temas de razas, lenguajes y similitudes. No me quedó duda que la historia es lo favorito de ese hombre. Hablaba sobre lo que algún día fue, y esa cualidad tan característica de que conocer el pasado sea casi lo mismo que predecir el futuro, con las típicas esperanzas de un hombre mayor, de esperar a que las generaciones que él no verá hagan las cosas bien de vez por todas; son algo que estoy seguro que a cualquier amante de las buenas historias le gustaría escuchar.

Me fui a las seis de la tarde del departamento de don Jairo, con la promesa de regresar junto a su sobrino a conversar y tomar un café. El viaje a casa se hizo largo, extenso, siguiendo los consejos de don Jairo mismo, de mirar a través de la ventana del bus y poniéndome a imaginar cosas que debieron haber sucedido de manera distinta. El sol se puso lentamente al fondo del paisaje, en medio de las montañas y la poca luz que quedaba la recibí de frente. El calor me abrazó antes de que se disipara por completo, y al llegar a mi parada y caminar, la llovizna que recién caía me llevó de nuevo a aquel día en el que murió Ezequiel, y pensé en mi mejor amigo.

Lo llamé por teléfono, se encontraba bien, aunque extrañado de recibir mi llamada.

Pensé de nuevo en Ezequiel y de cómo don Jairo habló sobre él.

Cualquier cosa es mejor que le digan «siéntese» al tomar el teléfono, que quedarse con las ganas de escuchar la voz de alguien cercano.


Por: Andrés Felipe Araque


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