• El Uniandino

Ansiolítico

Piense que está en el espacio exterior. Piense que el cohete lo dejó a la deriva en

aquella estación y que nadie de la tripulación se ha dado cuenta de su ausencia.

Mire a la Tierra desde lejos. Asómbrese de la vista, de su vista. Mire con detalle su

casa. Vea su cama, veáse a usted mismo; y todo lo que hace, es, y siente. No deje

de mirarse nunca. Al cabo nadie le creerá que usted mismo se está viendo.


Recuerde con nitidez ese día. Vea de lejos cómo se levantó llorando. Vea que fue el

primer día del inicio de una silenciosa costumbre. Ese día en específico se despertó

llorando por el ardor en su pecho por el roce de sus uñas en un tic inconsciente por

buscar aire en sus sueños, que se le acaba, que está muy lejos, y que sus ansias le

resequen la garganta. Usted se ve a sí mismo, imperturbable, ininterrumpible,

imprevenible. Usted es su propio espectador. Usted recuerda ese día con claridad

porque desde entonces no hace nada más que pensar en él. Piensa en las

preguntas, en las secuelas, en las persistentes dudas, en su mísera pequeñez. Y

que desde lejos, donde ahora mismo está, esta se hace cada vez más grande.

Usted recuerda que cuando era joven, ese día, pensaba que la sensación era una

bota que apretaba su pecho, cuando realmente lo que sentía era el peso de un

hueco. El peso del vacío. Sin embargo, usted no lo sabía. Usted se abruma por la

sensación, le da miedo. Hay una presencia, un algo. Un eso. Es algo que desde

antes sabía que sentía pero que al fin se ha vuelto insoportable, y no sabe si eso le

hace sentir mejor, o aún más asustado. Tiene miedo que cuando llame a su madre,

quien lo escucha llorar, cuando llegue a la habitación donde está sentado en la

cama, con lágrimas balanceándose por su barbilla, y la mirada fija en el cuadro

colgado de la puerta, ella se asuste de nuevo. Usted creía que eso le da órdenes,

que le dice que es insuficiente, que es inútil, que es ingenuo. En ese entonces cree

escucharle que no debería nunca bajar la guardia en caso que algo venga, aunque

nunca antes haya esperado nada. Es un círculo vicioso, interminable, un uróboro. La

cosa es que usted todavía no se da cuenta que mirándolo desde arriba, en el

espacio, desde un tercero; bajar por una escalera en espiral se ve idéntico que

andar en círculos. Usted solo sabe que lo hace, más no sabe que tan hundido se

encuentra. Recuerde que en ese entonces usted había dejado de comer y que

dentro del cuello están carrasposas sus cuerdas vocales. Las campanas en el fondo

de su laringe están quemadas por el ácido. Lo que le quema son las consecuencias

de su propio silencio.

Ese día su madre lo miró aterrorizada porque nunca lo había visto tan indefenso.

Nunca, incluyendo cuando usted era un recién nacido, ella lo había visto llorar tanto.

Mientras llora, el hueco sigue ahí, que en ese entonces era una bota, y lo seguía

pisando, y si miraba hacia abajo, a su pecho, podía ver en el hueco su reflejo, como

en un estanque en calma, que le recuerda que usted se está convirtiendo en su

vacío.

De algún sitio, ese día, usted sacó fuerzas y pidió una cita. Usted fue, a la semana

siguiente, y se sentó en un sofá blanco y tenía muchas ganas de llorar. Y todo lo

siente presente. Todo viene.

Frústrese porque no podía lidiar consigo mismo por dentro ni mucho menos era

capaz controlarse y le tocó dejar entrar a un externo. Llore porque cree que no tenía

nadie con quien hablar, que empezó con el nudo en la garganta por ya no poder

hablar consigo mismo como lo hacía antes, sin entristecerse y que le doliera lo poco

de corazón que intentaba salvaguardar, que se sentía sucio porque su moral le

impedía creer en una intimidad por la que tenía que pagar. ¿Por qué tan válido es el

consejo, y qué tan genuino es el afecto de alguien a quien le pagan por conversar?,

¿qué tanto se podría confiar en un desconocido que hace una profesión de

convencerse en la gente? Empútese porque le tocó pagar para buscar una

conciencia. Empútese porque le tocó pagar para encontrar empatía. Empútese

porque se siente sentía inútil y que quebrarse frente a otra persona nunca ha sido

su preferencia. Empútese porque la bota, el hueco, lo que sea que a estas alturas

sea esa mierda, lo obligó a ser vulnerable una vez más y porque recuerda como

terminaron las otras veces en las que se arriesgó a hacer algo así.

Usted se enternece con su propio ser de aquel entonces porque mucho antes de

estar fuera de este mundo, le tenía miedo a la recomendación más favorable. Usted

desconfiaba del tratamiento a un desbalance químico en su cerebro. Usted

deconfiaba, aún más, a que no una, si no dos profesionales, le dijeran que tenía que

zamparse unas pastillas para poder siquiera considerar hacer ese estanque un poco

más pequeño. Se forman otras espirales; más dudas, más peso, más huecos. Usted

entonces pensó en las pastillas. En las pepas. En las tabletas. Las pastas. Los

comprimidos. Le aterrorizaba saber que la mejor -para usted, la única- forma en la

que intentará ser feliz es obligarse a estar drogado la mayoría del tiempo. El

estanque por un momento no se ve tan profundo. Entonces, dentro de toda la duda,

a la fuerza, decide humildarse.

Usted se tomó la primera pastilla en Navidad. El día siguiente fue un martirio

mientras el cuerpo se le acostumbraba. Sentía temblor en el cuerpo y veinte días

después el sexo ya no era lo mismo. El placer ya no era tan placentero y el dolor le

dejó de doler menos. Todo se siente supremamente insípido. Existir era más fácil,

era más monótono; gris, llevadero. Entonces recuerde qué hizo cuando ese hilo se

rompió.

Le llegó una mala noticia. Cometió un error. Pensó de más, o quizá pensó de

menos, pero perdió. Y por ende perdió su poco control.

El hueco le habla.

Despelúquese. Hágase daño. Vomite. Golpéese.

Ese día, el día de la recaída, usted aguantó la respiración en la ducha debajo del

agua caliente y solo buscaba el aire cuando la vista empezaba a apagarse. Así el

aire sabía mejor, le llenaba. Había algo que le sabía bien, que le llenaba. Tenía

miedo que el resto de su vida fuera siempre así. Tenía miedo de perpetuamente

tener miedo. En la ducha, en esos chorros de agua inconsistente, usted sentía que

se hundía. El hueco lo consume. ¿Sabe usted qué se siente estar hundido, y ver

que las palabras que salen de su boca se vuelven burbujas, que flotean a su

alrededor? El agua está hirviendo. ¿Qué se siente que sus gritos de auxilio sean

en un lenguaje que solo los peces comprenden y que sin embargo todos lo

hablen? Usted cae dentro de sí mismo. ¿Por qué al acto se le trata con tanto

respeto y quien planea no puede parar de sentirse como un payaso? ¿Al caso

lo soy? Usted cuando piensa es un acantilado. ¿Por qué pensar hace tanto

ruido? Y hay días, en los que por más que quiera, no puede dejar de caer. Y todo

no deja de pesar.

Ese día, al salir de la ducha, buscó las pastillas, se tomó siete veces la dosis, y

regresó debajo del chorro. Al empezar a sentirse mareado notó que se le olvidó

cómo respirar, y que su vista empezó a hacerse un túnel, y que sus ojos, de

repente, funcionaban através de respiraciones. La sangre pasaba palpitando por la

parte de atrás de sus córneas. Sentía hormigas en el pecho. Veía cada una de las

gotas caer. Entonces salió de la ducha, se secó, se despidó, y esa noche le dió más

pabor que nunca la posibilidad de que así fuese siempre, y que alguien más supiera

lo que acabara de pasar. Ese día pensó en que, bien sea en el espacio, o en un

estanque, la única manera de salvarse era aprender a flotar. Al día siguiente tendría

que volver a pedir cita. Aquella vez las pastillas lo noquearon de manera diferente.

Al otro día despertó con un texto de dos hojas en arial once, sin espacios. Un texto

por corregir del que no recordaba nada más allá del que no recordaba nada. Ni si

quierla haberlo presentido. El texto era un texto crudo, también algo inmaduro. En

vez de un escrito se sentía como un grito, una arenga al borde de otro ataque de

pánico.

Ese día usted pensó en su editor, que probablemente lo odió mientras leía aquel

adefecio.

El nombre del texto era Ansiolítico.

Ahora, desde tan lejos, aquel texto se siente como una pequeñez. Usted tampoco

recuerda el día en que fue publicado, si es que algún día lo fue. Desde aquí, desde

el espacio, de lejos, al verse tan pequeño, pareciera que todo carece de

importancia. Y quizá eso lo ayude.



 

Por: Andrés Felipe Araque